Crecimiento sin inversión, es pura ilusión
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Crecimiento sin inversión, es pura ilusión

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Crecimiento sin inversión, es pura ilusión

17/05/2018

Si algo quedó acreditado durante la Gran Recesión que irrumpiera en 2008 fue la necesidad de intervenciones “externas” al mercado para impedir que el mundo cayera en una depresión profunda. En Estados Unidos se optó por un agresivo manejo monetario, sin hacer a un lado del todo el recurso del gasto público deficitario.

Tardíamente pero al final con decisión, en Europa se decidió actuar del mismo modo y su banquero central se declaró dispuesto a hacer lo que fuese necesario para impedir la quiebra de la Unión y, en especial, de la Zona Euro. Lo mismo hicieron los ingleses, a su siempre pérfida manera, ahora metidos en un hoyo de confusión que no es producto directo de su recuperación sino de la conversión del miedo en fuerza política de reacción y regresión, como ocurre con el tristemente célebre Brexit.

Antes, frente a lo que parecía ser un tsunami devastador, en este “Extremo Occidente” del globo, en Brasil pusieron al Banco del Desarrollo Económico y Social a refaccionar y salvar actividades de todo tipo, junto con arriesgadas medidas contra cíclicas por el lado del gasto público.

Dentro de estos reconocimientos, a veces herméticos porque implican aceptar que el Estado forma parte de la solución, hay uno que ahora debe ponerse de relieve, al calor de una recuperación titubeante que a no pocos suena como una ola larga de crecimiento sumamente bajo.

Se trata de una fórmula simple de aplicar pero muy difícil de aceptar, máxime en tiempos de comprensiones miopes: sin inversión no hay crecimiento, salvo en plazos muy cortos.

De existir capacidad instalada ociosa, se puede tener una recuperación sostenida en el consumo público y el privado que pueda desprenderse de los impactos del primero. Esto, sin embargo, dura poco y, de continuarse, puede llevar a descalabros mayores en los precios, la balanza comercial y la confianza.

En México, la inversión privada lleva ya varios años creciendo aunque no al ritmo requerido para aspirar a crecer al doble de lo registrado en los últimos treinta años en torno a 2 por ciento anual. Si se quiere crecer más, al doble como se ha sugerido, es necesario contar con coeficientes de inversión cercanos a 25 por ciento, lo que no puede lograrse sin un concurso activo y congruente de la inversión pública.

Esas tasas de crecimiento de la inversión privada, sin embargo, alentadoras cuanto insuficientes, en vez de llevar a los conductores de la política económica a plantearse una pronta recuperación de la inversión estatal, parece haberlos llevado a la conclusión contraria: Si lo que se necesita para crecer es que la inversión pública recupere su dinamismo, magnitud y composición de antaño, contengámosla.

El país al revés pues; ni cómo llevar a la práctica metas como las señaladas porque para los que mandan el problema no es la falta de crecimiento y empleo sino un crecimiento económico mayor y una absorción creciente y sostenida de empleos con la búsqueda de ocupaciones dignas y decentes.

Suena grotesco, pero el largo silencio de los grandes privados sobre este enredo conceptual y político puede llevar a pensar, a más de uno, que lo que aquí manda es una coalición estabilizadora contraria al crecimiento, al menos el que le urge a la sociedad para trazar un curso de desarrollo diferente, por próspero y justo.

Es decir, un bloque articulado por la satisfacción de los menos y la esperanza de los de en medio de que alguna vez les llegará el momento. Al final, una apuesta contra el futuro.

Para crecer es indispensable invertir en cantidades y ritmos convenientes, también contar con la inversión estatal, su banca de desarrollo y una apertura efectiva a la formulación participativa de los proyectos de inversión. Sin un programa nacional de inversiones, la nave no va a ir a ningún lado. No hay rumbo ni futuro.

Antes de jugar al boomerang con López Obrador, como lo sugiere el señor Ocaranza en Forbes, los empresarios deberían admitir lo elemental: Nadie los va a seguir en sus pulsos de propaganda o contención del enemigo, si no dan muestras de una disposición cooperativa y generosa para el desarrollo, que no ha dejado de significar crecimiento con redistribución (ver, Antonio Ocaranza Fernández, “IP y sociedad: el divorcio que beneficia a AMLO” Forbes, 07/05/018).

De esto se trata y de esto quieren oír hablar las vastas capas damnificadas por unos procesos que no han podido dar cuenta de poseer capacidades de inclusión económica y justicia social.

La “normalización” del horror contra la que nos advirtiera hace unos días el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, pasa por los túneles y corredores de una economía contrahecha y un poder autista. A cuyos personeros no parece importarle mayor cosa el porvenir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.