Opinión

Rogue One: Misión cumplida

 
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Rogue One. (StarWars.com)

Enredada, lenta, la primera hora de Rogue One no despega. Se nota a leguas que Tony Gilroy, el director y escritor detrás de la magnífica Michael Clayton, entró de último minuto a parchar el guion de Chris Weitz y (se rumora) la dirección del joven Gareth Edwards. Lo que sorprende es que una pluma tan experimentada como la de Gilroy no haya podido limpiar y condensar la trama para que, en menos de 30 minutos, Jyn Erso (Felicity Jones) decida que robará los planos de la Estrella de la Muerte, el arma capaz de aniquilar planetas enteros, cuya destrucción es el clímax de Star Wars, dirigida por George Lucas. El resultado es una primera mitad que no sabe hacia dónde ir, en la que el espectador se siente zangoloteado de un lugar a otro, sin saber quién le es leal a quién, qué quiere cada personaje y cuándo acabará este largo preámbulo y empezará lo bueno.

Lo bueno, por suerte, es notable. En Godzilla, Edwards logró enmendar el rumbo, con un desenlace apocalíptico que estaba a años luz de su pantanoso arranque.

Aquí vuelve a conseguir un rescate similar. En el momento en el que Erso asume su papel de heroína para ir a la base del imperio en busca de los planos, aunque esté acompañada por un grupo tan reducido de rebeldes, Rogue One se vuelve no sólo una película muy disfrutable, sino la prueba de que el universo creado por Lucas se presta para historias de una tesitura distinta a las que, a lo largo de siete entregas, ha abordado la saga.

El final funciona porque evita caer en los vicios que acarrea gran parte de la oferta comercial. Olvídense del inofensivo universo de los superhéroes, donde ningún personaje muere: en Rogue One nadie está a salvo. Eso le da vigor a la batalla final y verdadero heroísmo a las hazañas de Jyn y compañía. Desde antes de que empiece la misión, Edwards ya da señales de grandeza cuando nos transporta a la guarida de Darth Vader, donde vemos al villano como nunca antes lo habíamos visto. Una vez que la nave titular aterriza en la base del imperio, Rogue One entusiasma y llena la pupila con imágenes asombrosas, tal y como el director hizo en Godzilla: gigantescos AT-AT’s disparan ocultos entre la maleza, naves rebeldes se despedazan contra escudos invisibles, malos y buenos se enfrentan en la punta de una torre de altura imposible. El despliegue visual, claro, valdría poco si la acción no fluyera. Por fortuna, las diversas tramas y objetivos se engarzan sin apuros: lo que el inicio tiene de enredado, el desenlace lo tiene de ágil y efectivo. Para un fanático de Star Wars, los últimos minutos resultarán inolvidables.

Rogue One no vuelve a los grandes éxitos de la saga para conquistar a la audiencia. No hay ecos, ni repeticiones de momentos conocidos: lo que vemos, hasta lo que no cuaja, se siente nuevo, distinto y atrevido, todo lo contrario a la timorata The Force Awakens, anclada a los mecanismos narrativos de la trilogía original. Edwards no parece impulsado por la nostalgia, sino por la innovación; por el deseo de jugar con el universo de Lucas, colocarlo en otros registros y hasta darnos momentos memorables de personajes que conocemos desde hace casi 40 años. Misión cumplida.

Twitter:@dkrauze156

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