Opinión

Rockefeller y Slim, un siglo después

Le faltan muchos innings al partido en que se ha embarcado Carlos Slim como para decretar que el ingeniero ya perdió el juego. La semana pasada, con la decisión de vender activos, América Móvil pudo haber sorprendido a unos, y haberles parecido derrotado a otros, pero antes de sacar conclusiones convendría recordar lo ocurrido en Estados Unidos hace cien años.

Retomo la versión de Daniel Yergin en su libro The Prize (Free Press, 2008), quien en pocas palabras ilustra, para términos de comparación, el dominio del mercado energético que tuvo John D. Rockefeller, así como el resultado de la drástica medida a la que su compañía fue sometida:
En el más grande juicio antimonopolios, en 1909 una Corte federal dio la razón al gobierno de Estados Unidos (EU) y ordenó la disolución de Standard Oil. El expresidente Theodore Roosevelt, uno de los promotores originales de la demanda, celebró el fallo diciendo que se trataba de uno de los más grandes triunfos para la decencia en su país. Standard Oil apeló ante la Suprema Corte, pero en mayo de 1911 se confirmó el veredicto: a Standard Oil se le dieron seis meses para disolverse.

La tarea era gigantesca pues se trataba de un imperio de escala enorme. “La compañía transportaba más de cuatro quintas partes de todo el petróleo producido en Pensilvania, Ohio e Indiana. Refinaba más de tres cuartas partes de todo el crudo de EU; era propietaria de más de la mitad de los carros tanque; comerciaba más de cuatro quintas partes del queroseno doméstico y la misma proporción en queroseno de exportación; vendía a los ferrocarriles más del 90 por ciento del aceite para su lubricación… ¿Cómo iba a ser desmantelado todo eso?”, se pregunta Yergin.

Como se sabe, Standard Oil se dividió en varias partes. La más grande fue Standard Oil de Nueva Jersey, con casi la mitad del valor neto y que más tarde se convertiría en Exxon. Standard Oil de Nueva York, con nueve por ciento del valor, se convertiría en Mobil. Standard Oil de California evolucionaría a Chevron; también de ahí surgió Amoco, y otras empresas más que destacan hasta el día de hoy.

Conviene citar las palabras de Yergin cuando habla de los ganadores de ese reacomodo: “Justo antes de la disolución, uno de los consejeros de Rockefeller pensó que éste debería vender algunas de sus acciones de Standard Oil, ya que asumió que el precio estaba en lo más alto y que con la disolución las acciones tendrían que bajar. Rockefeller se negó. Y tenía razones para ello. Las acciones de las compañías que surgieron fueron repartidas proporcionalmente a los accionistas de Standard Oil de Nueva Jersey. Si el dragón había sido desmembrado, sus partes valdrían más que el todo. Un año después de la disolución de Standard Oil, el valor de casi todas las acciones de las nuevas compañías se había duplicado (…) Nadie salió mejor librado, o se hizo más rico, que el hombre que era dueño de la cuarta parte de estas acciones: John D. Rockefeller”. No por nada en 1912, en campaña de nuevo rumbo a la presidencia de EU, Theodore Roosevelt se quejaba diciendo que: “no es de extrañar que ahora la plegaria en Wall Street es: ‘Oh Misericordiosa Providencia, danos otra disolución’”.

Insisto, creo que es muy pronto para dar por derrotado al ingeniero. Por lo pronto, tras el anuncio de América Móvil, Slim ganó casi 10 por ciento en la bolsa.