¿Quién manda aquí?
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¿Quién manda aquí?

05/11/2018
Actualización 05/11/2018 - 12:38

La cancelación del proyecto de Texcoco es un mensaje. Más que el ejercicio de un deber o una responsabilidad de gobierno, un manotazo sobre la mesa. La racionalidad o pertinencia de la decisión no es lo importante. Tampoco sus costos y consecuencias. El daño al erario, el atropello a derechos y contratos, el retraso en el desarrollo de capital físico para el país, es poca cosa frente a la necesidad de restaurar la autoridad política de la Presidencia. Lo relevante es dejar claro que el próximo presidente no será un florero. El coscorrón en forma de una cuestionable consulta es una advertencia: el poder se va a usar para ejecutar el libreto de la cuarta transformación; no habrá concesiones al adversario; quien se oponga en el camino, se enfrentará al pueblo. El libro sobre la mesilla tiene respuesta: aquí mando yo.

Tiene razón Andrés Manuel López Obrador en reivindicar la primacía de la política. La captura de las instituciones por parte de los intereses de poderes privados es una de las causas más evidentes de la crisis que padecen las democracias contemporáneas. Los intereses privados se han apoderado gradualmente de los procesos de toma de decisiones públicas. La enorme influencia que ejerce el dinero en la conformación de la representación, la deslocalización del poder como efecto de la globalización, la hiperespecialización de las élites políticas, la corrupción, los sesgos contramayoritarios de los gobiernos limitados, la debilidad de los sistemas de rendición de cuentas, entre otras derivas del modo liberal de la democracia, han terminado por fomentar arreglos institucionales plutocráticos. Entrampado en el soliloquio de los expertos, sin diálogo social ni formas de legitimación más allá del periódico refrendo electoral, el Estado se ha puesto al servicio de las minorías: reducido a su mínima expresión, ausente en las relaciones económicas y sociales, sin incentivos ni capacidad para remediar la concentración de privilegios.

La captura institucional y la arrogancia tecnocrática son responsables del agudo deterioro de la legitimidad democrática. Ahí cuaja el caldo de cultivo de la desigualdad. El espejo en el que toman forma las “utopías regresivas”. La muestra visible del elitismo antipopular que margina a los más y, por tanto, destruye la convivencia. En esa crítica, sin duda, acierta López Obrador. El Estado no puede estar atenazado por intereses parciales, sometido al círculo vicioso de la corrupción, arrodillado ante la falsa ilusión de los equilibrios virtuosos o de la vitalidad autocorrectiva del mercado. La existencia misma del Estado como espacio común, exige reivindicar a la política como el instrumento preponderante de la decisión pública. Desatar las manos de la autoridad para que pueda calibrar los intereses que interactúan en una sociedad abierta. Situarse como eje que reconcilia la libertad con la justicia social.

Pero López Obrador se equivoca en su aislamiento y, en particular, en la pauta de conducta con la que pretende ejercer su incuestionable legitimidad de origen. La autonomía de la política, la separación del Estado de los intereses parciales, es el resultado de un gobierno efectivo, tal y como sugiere uno de los ensayos compilados en ese libro que, al parecer, tiene en la cabecera (¿Quién manda aquí?, Debate, 2017). Y un gobierno efectivo y democrático no es aquel que ejerce el poder político a partir de la jerarquía o la confrontación, sino el que dirige los esfuerzos colectivos a través de la inclusión y la cooperación. Es aquel que construye una mayoría social para formular e implementar políticas de forma sostenible en el tiempo, no para arrogarse la potestad de imponerse en todo y en contra de todos. El que dialoga para convencer, para encontrarse a mitad de pasillo, para argumentar sus posiciones. El que no entiende la técnica como la necedad de un grupúsculo de privilegiados, sino como un arsenal cognitivo e intelectual útil para superar las resistencias que inevitablemente impone la realidad.

En democracia, la pregunta sobre quién manda se responde en las urnas. La otra, la pregunta sobre cómo se manda, se resuelve por el derecho y en los derechos. En el racional de la previsibilidad frente al capricho, de los límites indisponibles frente al arrebato, de la certeza frente al abuso. Es el gobierno a través de instituciones por encima de la contingente voluntad de los hombres. La condición de mando que reduce los riesgos de la falibilidad humana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.