Mi voto por el PAN
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Mi voto por el PAN

27/06/2018
Actualización 27/06/2018 - 14:08

El PAN era la alternativa natural a la continuidad del priismo. El rápido desprestigio del partido gobernante despertó la nostalgia por los gobiernos panistas. Y es que después de un periodo incuestionablemente exitoso de reformas, la realidad se encargó de demostrar que no es sostenible el arreglo que tolera corrupción a cambio de supuesta eficacia. El desastre local anticipaba que el relevo generacional no es, en sí mismo, sinónimo de renovación en las prácticas y actitudes políticas. Las crónicas de los excesos revelaban que, de alguna forma, la alternancia había resucitado esa vieja forma de entender al poder desde la lógica de los privilegios. El desparpajo generalizado era un síntoma visible de que el régimen había rehabilitado los códigos de connivencia entre los leales. La improvisación en la gestión pública, la apuesta a la desmemoria colectiva en las crisis, el retroceso institucional del país, abrían un espacio para que el PAN canalizara la sanción electoral al PRI. Era el PAN el cauce tranquilo y responsable a la emoción antisistema.

A pesar de que el PAN se había desvanecido en el Pacto por México y no había hecho mayor esfuerzo por reconocer sus errores y renovar su oferta política, amaneció en 2017 con una base territorial nunca antes imaginada, en franca disputa por la primera preferencia en la mayoría de las encuestas, con la mejor combinación de careos posibles para recuperar la presidencia. El éxito inesperado en las elecciones locales y la alta probabilidad de ganar la elección de 2018 tensaron las cuerdas del conflicto interno. Crecieron los incentivos a la lucha por el todo o la nada y, por supuesto, los impulsos a la ruptura. La ambición miopemente procesada de Ricardo Anaya cimbró la legitimidad de la jefatura del partido y la función imprescindible de arbitraje. En la destrucción de la vida institucional del partido perdimos la primera batalla por encabezar la tercera alternancia. La desinstitucionalización de la organización desquebrajó el consenso mínimo que hace posible la unidad. La inhabilitación de la pluralidad y de los contrapesos, las evasivas a los procedimientos democráticos, la coartada del frentismo, terminaron por desmoronar la mayor de nuestras fortalezas: la ejemplaridad del autogobierno, nuestra capacidad para competir intensamente sin riesgos de implosiones, la virtud del disenso que se pacifica en el veredicto razonado e incluyente. Y como bien diría el propio Ricardo Anaya, ese fue el error y todo lo demás son consecuencias. La eventual y muy probable presidencia de López Obrador no es sólo la consecuencia de los fallos del sistema. Es, sobre todo, creación de la incapacidad panista para situarse como opción, de nuestra sordera para escucharnos entre nosotros, de la indiferencia colectiva por conectar con las causas estructurales del descontento. Sí, López Obrador creció a costa del PAN. En el vacío de una narrativa convincente de cambio, en medio del sacrificio oportunista de nuestra identidad y sin entender cómo enfrentar el inminente reto de la desigualdad, Moena se apropió de la alternativa. Superó sus techos históricos por la ingenuidad frentista de que el miedo prevalecería finalmente sobre la indignación, que los votos priistas caerían en cascada para evitar la nueva versión del peligro para México, que el voto útil llevaría a los socios en hombros al gobierno. Extraña paradoja: López Obrador llegará a la presidencia gracias a todos aquellos que apostaron por reeditar el 2006.

Son públicas mis diferencias con la actual dirigencia. Disentí desde temprana hora de la ruta que mi partido emprendió. Pero votaré por el PAN porque es el único dique democrático al estatismo plebiscitario que desafía a la democracia liberal. No votaré por Ricardo Anaya, sino por el patrimonio ético que significa el PAN, por su lucha histórica, por su ejemplo de responsabilidad. Votaré por el partido que hizo posible las reformas y que sabe generar bienes públicos, en el gobierno y en la oposición. Mi voto será por ese partido que no confunde la autocrítica con el resentimiento revanchista sobre su propio pasado. Por esa organización que no reniega de sí misma con tal de cortejar a aliados de ocasión.

Votaré por los miles de panistas que están en la boleta, aunque en la mía aparezcan Alejandra Barrales y Emilio Álvarez Icaza. Por los panistas que se fueron con Margarita Zavala o a la lucha independiente, desde la desilusión sobre el partido que dejaron de reconocer. Votaré por la organización que le ha dado a personas honorables y sin militancia la oportunidad de servir a México. Votaré por el partido que formó a los muchos que hoy se fueron a Morena, con la esperanza de que defiendan allá, hasta el límite de sus fuerzas e inteligencia, la razón de la democracia y de la solidaridad, de la dignidad y la libertad. Votaré, como siempre, por la imperecedera idea de bien común de mi partido.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.