Elección sin mandato
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Elección sin mandato

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Elección sin mandato

30/05/2018
Actualización 30/05/2018 - 13:09

Desde cierta perspectiva axiológica, la democracia electoral o procedimental no sólo sirve para elegir a las personas que nos gobiernan. Su función es más profunda. Las elecciones delimitan el mandato de la representación y de los gobiernos constituidos. Fijan los términos y condiciones de las renovaciones periódicas del contrato social. La mecánica democrática descansa en la confrontación pacífica de intereses y preferencias en un espacio legalmente confinado de argumentación pública. Agendas que compiten por prevalecer como contenido de las decisiones públicas. Pisos de exigencia para hacer valer las responsabilidades futuras.

Es difícil asir el clausulado que está en cuestión en esta elección. Más allá de la jubilación de la mafia del poder y la cancelación de sus privilegios, en esta campaña no se ha discutido prácticamente nada. No advierto un diagnóstico sobre los problemas capitales de nuestra convivencia. Mucho menos sobre los remedios posibles. Se ha debatido más sobre los antecedentes de los candidatos al Senado que sobre la agenda de la próxima legislatura. Mientras el candidato antisistema navega sobre las olas de la indignación, sus adversarios han sido incapaces de dar sentido a poco más de dos décadas de un modelo de desarrollo que se construyó a través de pactos graduales desde que se institucionalizó el pluralismo. Los candidatos postulados por los partidos que han tenido funciones de gobierno en las dos alternancias, rehúyen a defender la virtud de lo que hicieron, a advertir críticamente sus fallos, a trazar la ruta de sus correcciones. Son candidatos atrapados por sus circunstancias: uno no puede marcar distancia; el otro simplemente no puede definirse en nada. Uno no puede sacrificar la base de militancia fiel para seducir a los indecisos; el otro está paralizado en una amorfa coalición de ambiciones.

Cuando la democracia no fija mandato, el poder tiende a ejercerse desde la tentación de los personalismos. La habilitación para gobernar carece de marco de referencia alguno. Es una elección de personas sin nortes programáticos. Un tipo de contrato social en el que se transfiere la capacidad de mandar, pero que no contiene una contraprestación verificable. Con independencia del resultado, el triunfo de Andrés Manuel es ya la reducción de la elección a la opción entre su movimiento y los otros: él o la mafia. En esa simplificación binaria no hay espacio alguno para las exigencias de la razonabilidad, de la congruencia o de la verosimilitud. Es la pertenencia al bando lo que califica la virtud, más que la calidad de las razones que se ofrecen o la justificación de los fines que se persiguen. La descalificación moral del adversario para evadir las incomodidades de la confrontación. La traición o el sacrilegio como inhibidores de la crítica. El silencio como rendición frente a lo que parece inevitable.

En el procedimiento de la deliberación, dice Carlos S. Nino, se encuentra el fundamento ético de la democracia. Si algo la distingue frente a sus antítesis es que permite conocer, compartir o trasladar valores y fines. Más que un procedimiento de naturaleza electiva entre competidores, la democracia es una práctica social que permite intercambiar razones para delimitar el ámbito de lo permitido, lo prohibido o lo necesario. La calidad de la democracia, decía el profesor argentino, depende de lo que se discute y cómo se discute: en las condiciones de acceso de agendas y opiniones a los espacios de decisión pública; en los márgenes de libertad y posibilidades de participación de todos aquellos que puedan resultar afectados por una decisión; en la oportunidad auténticamente igual de cada uno de expresar sus intereses y justificar una determinada solución a un conflicto. En esa mecánica procedimental radica la propensión a la justicia de una comunidad humana.

Una sociedad que se rehúsa a deliberar, no tiene claro su destino, ni tampoco las cuentas que podrá cobrar. Pase lo que pase en la elección, el nuevo gobierno habrá satisfecho la demanda social con el recambio sexenal. De eso se trata, hasta ahora, esta elección: de sacar a unos o evitar que lleguen otros. Más allá de eso, no hay en ciernes un consenso explícito sobre lo que debemos cuidar o lo que debemos corregir. La de 2018 es una elección sin mandato. Una decisión sobre ellos o nosotros. Desafortunadamente, con eso nos hemos conformado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.