El sillón de las ambigüedades
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El sillón de las ambigüedades

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El sillón de las ambigüedades

10/10/2018
Actualización 10/10/2018 - 13:32

La fase de transición entre las dos administraciones no ha despejado ninguna de las dudas sobre la orientación del nuevo gobierno. El candidato sigue en campaña, su próximo equipo de gobierno no deja los mítines, el programa no se sacude de los slogans. La moderación que se esperaba del presidente electo naufraga en la persistente ambigüedad del movimiento “cachatodo”. Frente a los maestros, la cancelación inminente de la reforma educativa; en los foros de víctimas, las comisiones de la verdad y la justicia transicional; con los ambientalistas, la denuncia anulatoria del fracking; en las mesas empresariales, la promesa de que no habrá sobresaltos; en las giras de agradecimiento, el empoderamiento visible de los superdelegados; en los cuarteles, el reconocimiento de que las Fuerzas Armadas seguirán en tareas de seguridad pública.

Es difícil asir el mandato que Andrés Manuel López Obrador recibió de las urnas. Ahí radica, de hecho, una de las dificultades de la democracia representativa. ¿La oferta electoral del candidato ganador fija puntos de partida o los puertos de arribo? ¿La esencia de la democracia es habilitar a unos a tomar decisiones a nombre y por cuenta de otros o, por el contrario, lo deliberado en las campañas determina lo que necesariamente debe o no puede decidirse? ¿Los electores votaron contra el nuevo aeropuerto, contra el aumento de las gasolinas, por la reducción de sueldos, por la descentralización de las dependencias o por la reinstalación de los privilegios magisteriales? ¿Por todo o sólo por parte de ese paquete? ¿Los ciudadanos sancionaron al régimen de la transición por las expectativas no cumplidas? ¿Por un gobierno de izquierda moderada o por una versión populista? ¿Castigaron la política de seguridad y por eso cruzaron el emblema de una alternativa? ¿Por la salida del Ejército y la legalización de las drogas? ¿Contra el PRI o contra todos los partidos tradicionales? ¿Contra todo y a favor de nada en concreto a la vez?

Por supuesto que la oferta política importa y es relevante para decidir el voto y juzgar el desempeño. Pero la competencia electoral no es, como se pretende ver desde cierta ilusión racionalista, el espacio en el que se enciende el juicio objetivo de una colectividad sobre las posiciones en disputa. El ciudadano no es aquel sujeto hiperracional que pondera cuidadosamente costos y beneficios. El veredicto de las urnas está muy lejos de una simple decantación lógica de los argumentos falsos y verdaderos. Las pasiones y emociones influyen tanto o más que las razones en la decisión sobre quién gobierna y para qué gobierna. El peso del hambre, del enojo o la frustración en el balance químico de los comportamientos humanos.

El nuevo gobierno no sólo puede, sino tiene el deber de tomar distancia de sus propias ataduras. El proyecto de un país se construye en la convocatoria hacia los qué, pero sobre todo en la prudente selección de los cómo. En las elecciones se sancionan los fines, mientras que los medios se debaten en la compleja construcción de la ley, en la asignación de los fondos, en la prueba escrupulosa y constante de la pertinencia de las políticas.

Gobernar exige jubilar al candidato. Atarlo al mástil de la responsabilidad. Encontrar el equilibrio entre la idea popular y la política eficaz. Matizar la arenga en las restricciones que la realidad impone. Corregir el exceso, abrir paso a la duda, reconocer legitimidad a la razón opuesta. La acción de gobernar es incompatible con la permanente complacencia a los aliados, por muy numerosos que sean. Significa reportar victorias a las causas que los agregan, pero también propinar derrotas. Es el arte de desprenderse de las constricciones que inician en los más cercanos. La difícil tarea de persuadir a los suyos de que su emoción electoral debe conciliarse con las preferencias de los otros.

Andrés Manuel tendrá que lidiar con las expectativas. Levantarse pronto del cómodo sillón de las ambigüedades. Si no lo hace bien, no sólo dilapidará legitimidad, sino que abrirá la puerta a fuerzas radicales que acechan a las democracias. Debe voltear a ver la primera vuelta de Brasil. La amarga advertencia de que la frustración de una sociedad puede engendrar males mayores.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.