Despedida de un militante
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Despedida de un militante

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Despedida de un militante

14/02/2018
Actualización 14/02/2018 - 11:36

Decía Freud que nuestra personalidad se define por reflejos inconscientes. Motivaciones que se asilan en el complejo mundo de nuestra mente. Deseos y contradicciones que tienen origen en algún lugar de nuestra experiencia y que, desde ahí, perfilan buena parte de nuestras conductas. Necesidades internas que cada uno busca satisfacer o suprimir. Memoria que significa a la vez autoafirmación y sentido de pertenencia. Recuerdos que cobran forma en la disposición personal de mirarse a sí mismo.

Alguna vez registré que la política es deber de las personas libres. Por alguna extraña razón (Freud diría que por una regresión autoinducida), asocio esa idea a un momento que no recuerdo con la precisión de lo vivido, pero que recreo a partir de una fotografía. Por un dato al reverso y la glosa de mis padres que la conservaron por mucho tiempo hasta que la hice mía, se trata de una instantánea tomada en 1983, en la efervescencia de los primeros pasos de la apertura democrática del país, en la campaña de Francisco Barrio a la presidencia municipal de Ciudad Juárez. La hice mía porque ahí, en un extremo, aparezco yo, de no más de seis años, rodeado de otros niños y un montón de bicicletas. Esa imagen sintetiza para mí la noción de que el ciudadano existe no en función del derecho concedido por el poderoso para exigir, participar o elegir, sino en la expansión de su capacidad moral como persona; en el impulso liberador al que se aferra todo aquel que toma en sus manos su destino; en la empatía que surge inevitablemente cuando unos se reconocen en los otros. El contraste de los tonos blancos y negros de aquella vieja imagen revela la enorme profundidad de las zonas grises de la política: la razón que no es evidente sino probable; la duda como predisposición personal para el entendimiento entre diferentes; la vitalidad pedagógica de la crítica y el argumento. La política que es el difícil equilibrio entre la confrontación y la concordia; el arte de hilvanar la unidad desde la parcialidad; la alternativa civilizatoria para vencer sin aniquilar. Esa fotografía es la imagen retrospectiva de mi consciencia sobre el PAN.

Pero la materia prima de la política es el poder y el poder seduce, obnubila, turba. Un día me preguntó mi hijo mayor qué es lo que más disfrutaba de la política. Un instinto de autocontención (o de vergüenza) refrenó la confesión sobre la motivación eficiente de esta profesión de vida. No recuerdo qué respondí, pero seguramente aludí –para salir del paso– a aquella fotografía. Seguramente no lo persuadí, pero de haber liberado el inconsciente reprimido, le habría dicho que el político vive atrapado en la dualidad entre ser amado o ser temido, como anticipó Maquiavelo. El poder de agraciar o de atemorizar son sus impulsos más básicos; el reflejo inconsciente de su subjetividad; las dosis de adrenalina que activan su organismo para mantenerse alerta, para sobrevivir, para evolucionar. Y es que el rasero del éxito en la política en estos tiempos (no conozco otros) se define por el carisma o la eficacia: la cualidad de suscitar admiración o la capacidad de provocar obediencias. En la médula de cualquier relato de la política, desde la libertad hasta la dominación, se encuentra el instinto primario de prevalecer sobre el otro. El impulso seductor del poder obliga al disfraz o al camuflaje, a la conservación o a la adaptación, al juego suma cero entre ganar o morir. Es la inercia de no soltar bajo ninguna circunstancia ese amasijo de privilegios en los que se ha convertido la vocación de la política. Induce a creer erróneamente que no hay política sin poder.

Me quiero reconciliar con aquella fotografía y le debo una respuesta más franca a mi hijo. Freud alcanzó a sugerir que habría que bordar en una ética de la autorreflexión: una mirada honesta, exigente, sincera en la vida personal, desprendida intencionalmente de lo que conforta, seduce y reprime. Podrá pensarse que esta introspección es en realidad el saldo de una disputa interna de la que quedé marginado. Muy probablemente sí. O quizá no di las batallas a tiempo o me faltó talento para encararlas. Quizás erré mis batallas, pero lo que tengo claro es que lo hablaré, pronto, conmigo mismo.

Dejo, después de 20 años, la vida partidaria activa. Pongo a disposición del PAN el escaño en el Senado que le pertenece, para que otros defiendan lo que por convicción yo no puedo. No renuncio a mi partido: el PAN es un sistema de valores que guía la forma de ser y de interactuar. Tampoco renuncio a la política: en una república, los ciudadanos tienen el deber de concurrir con otros para producir los bienes y atender los males. Sólo es una pausa indefinida para reencontrarme con el sentido de aquella fotografía.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.