¿AMLO sin oposición?
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¿AMLO sin oposición?

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¿AMLO sin oposición?

06/06/2018

Las elecciones no solo resuelven quién gobierna. También asignan los bancos de la oposición. Distribuyen la porción de poder que cada competidor ostentará en el nuevo ciclo legislativo y de gobierno. La fuerza representativa desde la cual van a influir en las decisiones o en los vetos.

Desde 1997, los ciudadanos han recelado de los ejecutivos con mayorías absolutas en las Cámaras federales. Si bien los sistemas electorales de la transición dificultaron intencionalmente la conformación de mayorías monocolores, la gradual sofisticación del voto ha alentado el pluralismo y, en particular, la necesidad de pactos entre los distintos. En las últimas dos décadas, ningún presidente ha gobernado en solitario. Y, por cierto, no ha sido un período marcado por la parálisis ni por las crisis institucionales. Nunca hemos amanecido sin paquete económico y la Constitución se reforma profusamente, mucho más, incluso, de lo deseable. La nuestra es una democracia que dialoga, negocia y acuerda. Un régimen político que, pese a todas sus imperfecciones, ofrece a sus jugadores una eficaz arquitectura de incentivos a la cooperación. Una democracia en equilibrio, con oposiciones leales y moderadas, en las que no se gana o pierde todo para siempre.

Esto puede cambiar diametralmente. Si las fotografías de las encuestan se confirman, Andrés Manuel será el presidente más votado de la democracia mexicana. Pero es también probable que el impulso de su candidatura arrastre a su favor la elección del Congreso, con una mayoría holgada en la Cámara de Diputados y muy cerca del control del Senado. El factor de la concurrencia -la tendencia a empatar el calendario de las elecciones federales y locales- le reportará, además, varias gubernaturas y algunas mayorías en legislaturas estatales. Hay fuertes razones para pensar que no habrá voto dividido en esta elección, debido a que, entre otras cosas, ninguno de los partidos adversarios ha colocado esa modalidad de voto estratégico en la reflexión de los votantes. Por el contrario, se insiste ingenuamente en el voto útil para derrotar a Andrés Manuel, lo que presumiblemente compactará la decisión de sus seguidores: frente al riesgo de una coalición de facto en el desenlace del proceso, los electores ya decididos por López Obrador alinearán todas sus opciones de voto. Así, del calendario electoral más grande que el país ha experimentado, muy probablemente también saldrá el presidente con mayor representatividad democrática de nuestra historia reciente.

El riesgo mayor para la democracia mexicana radica en la combinación de un presidente con un bono democrático especialmente alto, mayorías absolutas en el Congreso federal, una fuerte presencia local y un partido vertical con tendencias corporativas, sin una oposición actuante que sirva para frenar o moderar sus probables impulsos personalistas. Bajo este escenario, la concentración de poder podría acelerar la mutación del sistema político mexicano en una democracia iliberal, en el sentido de la expresión de Fareed Zakaria: un régimen fuertemente centralizado, con elecciones periódicas e intensivo en formas de legitimación plebiscitaria, pero en el que los derechos y libertades sólo tienen vigencia formal. Una democracia vacía de derechos y sin contrapesos eficaces. La democracia del hombre fuerte que eclipsa el pluralismo.

El riesgo de la elección de 2018 es que el país se quede sin oposición por un buen número de años, o en los cálculos más optimistas, mientras el sistema de partidos se redefine. La evidente contracción de los tres partidos de la transición alentará nuevas escisiones. Muchas de ellas terminarán en MORENA. El ajuste de cuentas sobre el pasado será un poderoso inhibitorio al desplante contestatario. El Frente se fragmentará en partidos marginales, una vez descontadas las cesiones hechas por el PAN a sus aliados, con bajas probabilidades de derivar en una nueva organización o bloque político. El PRI perderá el vector presidencial y tendrá que definir las nuevas condiciones de su gobernabilidad. Los grupos internos, de unos y otros, disputarán la interlocución con el nuevo gobierno para sobrevivir, tal y como sucedió con el Pacto por México. Con una oposición desdibujada, atemorizada y en conflicto, Andrés Manuel paseará por el país como si la campaña no hubiere terminado.

El país debe reconstruir con urgencia a la oposición. Si esta no puede venir de los partidos existentes, tendrá que surgir de un nuevo movimiento que defienda las libertades, los límites y equilibrios de la democracia, la función de moderación de las instituciones. Una expresión política moral e intelectualmente honesta, programáticamente definida, capaz de dialogar y entenderse, sin rubores paralizantes para cuestionar o corregir. Una oposición que sirva de freno inteligente a los desplantes del carisma. Adversarios honorables que sean alternativas posibles.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.