2017, el año que fue
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2017, el año que fue

27/12/2017
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méxico 2017
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Termina un año difícil para México, si es que para una nación como esta sea de algún modo posible distinguir entre mejores que otros. Y es que no somos un pueblo económico o políticamente aburrido. La nórdica apacibilidad no es lo nuestro. Jamás, quizá, hemos experimentado algo que se le parezca. Nos hemos acostumbrado a pasar de momentos complejos a unos mayores. Parece como si la persistencia de nuestras crisis, en plural, hubiese inhabilitado la sensación de vértigo del cuerpo social. Somos cada vez más inmunes a los tropiezos y a las adversidades. “La indiferencia del mexicano ante la muerte –decía Octavio Paz– se nutre de su indiferencia ante la vida”. En ese cosmos de la futilidad, apuestas de cara o cruz, de todo o nada, para encarar el destino. Es nuestra peculiar forma de impasibilidad frente a lo trágico. La resignación como virtud popular en las dificultades, alegaba Paz. Instinto de conservación que es negación, encierro, indolencia.

Somos vulnerables frente a todo tipo y magnitud de contingencia. La naturaleza es sólo uno más de nuestros riesgos. Así como un sismo pone a prueba la eficacia del Estado y la capacidad de organización de la sociedad, una amenaza tuitera de Trump compromete el valor del peso o una reforma fiscal externa estresa la confianza sobre nuestra economía. Somos un país en el que nadie puede prever razonablemente el futuro de su patrimonio o, incluso, de su propia existencia. Los resfriados son para nosotros pulmonías; los riesgos de la vida cotidiana, una variable estadística altamente probable. Nadie puede ofrecer la certeza de que una persona desaparecida podrá ser localizada, o que el asesinato de un periodista será ejemplarmente castigado. Sobrevivir es una prueba de resistencia diaria, sobre todo para los más vulnerables, para esos que no ven al Estado por ningún lado. Nuestros procesos de decisión política son auténticos juegos de azar: la incertidumbre natural de la competencia y el pluralismo democráticos no racionalizan las expectativas o moderan los impulsos, sino que derivan en conflictos por la recurrente deslealtad de los jugadores a las reglas, por la patrimonialización de lo público, por la corrupción que todo lo envuelve. En la debilidad de nuestras instituciones y la precariedad de nuestras rutinas cívicas, México se juega la vida cada seis años en un volado: otra dosis de mediocre continuidad o el precipicio, el pragmatismo vacío o el mesianismo radical, el tramposo grandilocuente o el rehén de lo establecido.

Y en medio de la vida y de la muerte sexenal, nuestra indiferencia: la incapacidad colectiva, empezando por lo político, para redactar las soluciones, echar a andar lo pactado, acordar los basamentos de nuestra convivencia. La transición hacia las fiscalías autónomas, atorada en la desconfianza o en el autointerés de conservar el régimen de tutela política sobre la impunidad. La reforma policial quedó secuestrada en incentivos parasitarios, sometida al pretexto de los pesos y centavos, como si no existieran alternativas gradualistas eficientes y costeables. El sistema nacional anticorrupción ha quedado paralizado por la nula voluntad política a realizar los nombramientos pendientes, en un momento especialmente delicado: el cierre de la administración y el proceso electoral. La obligación de modificar las reglas de contratación pública para adaptarlas al nuevo sistema, elemento indispensable para cerrar los márgenes de la interacción corrupta, sigue presa de la miopía del burocratismo. No fuimos capaces de sostener una conversación serena y responsable sobre el papel de las Fuerzas Armadas en el contexto de la expansión, pulverización y diversificación del crimen organizado, porque esa conversación no pudo superar la frustrante dicotomía entre las tensiones de la necesidad y el cuento apocalíptico del golpismo. En la adversidad del sismo y en los deberes de la reconstrucción, la clase política no hizo gesto alguno para corresponder la espontánea solidaridad de los mexicanos ni con la reducción del dinero público de los partidos ni la suspensión de la farsa de las precampañas de los candidatos ungidos por dedazos y autodedazos.

Toda nuestra historia, dice Paz, es la búsqueda constante de nosotros mismos, “deformados o enmascarados por instituciones extrañas”, ocultando detrás de máscaras los rastros de nuestras heridas. El 2017 es un nuevo recordatorio de nuestras dolencias e indiferencias. La esperanza de que podemos recuperar el sentido virtuoso de nuestra vida colectiva.

Twitter: @rgilzuarth

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.