Opinión

Ríos de tinta

Había muerto el escritor más popular y querido del mundo. La rara flor de la unanimidad lo acompañó en su viaje al otro mundo, donde reposan los clásicos. No hubo medio de comunicación que no atendiera en un sitio de privilegio a la muerte del siglo, a la despedida de un escritor entre los escritores. Gil iba y venía entre las páginas y las pantallas dejándose asombrar por la ceremonia de los adioses.

Los presidentes del mundo entero tuvieron una palabra para decirle adiós a García Márquez. Gamés lo leyó en su periódico El País en una de las ediciones en homenaje al escritor colombiano. Barack Obama difundió un comunicado en el cual afirmó: “el mundo ha perdido a uno de sus más grandes escritores y a uno de mis favoritos desde que yo era joven”. Bill Clinton dijo que García Márquez capturó “el dolor y la alegría de lo común de nuestra humanidad en entornos reales y mágicos”. Dilma Russeff: “Su América Latina exuberante permanecerá marcada en el corazón y la memoria de sus millones de lectores”. Luiz Inacio Lula Da Silva: “extraordinario escritor, eximio periodista, un gran militante de las causas democráticas y un símbolo para todos nosotros”.

Hollande: “Maestro del realismo mágico, recreó en sus novelas barrocas y poéticas una América Latina soñada y dio a la literatura hispánica una de sus mayores obras maestras: Cien años de soledad”. Hollande sabía de qué hablaba, la despedida de García Márquez recuerda a los funerales de Victor Hugo, dos escritores que rebasaron los límites de su literatura para convertirla en parte del imaginario popular.

En esas iba y venía Gilga cuando cayó en una oquedad, y de las grandes. En la “Rayuela” de su periódico La Jornada, ese breve editorial puesto en unas cuantas líneas que definió al diario desde su fundación, leyó esto: “Siempre fuiste nuestro, de La Jornada, digo: maestro, amigo, compañero. Adiós, camarada Gabriel”. Gil se dio un manazo en la frente: ¿ya vamos a empezar? ¡Camarada Gabriel! Señores de la iglesia, perdón de la prensa de izquierda: no se trata de la despedida de un líder comunista, amigos, no del adiós a un político de las izquierdas, murió un clásico de las letras. Mecachis en veinte.

Diantres, de verdad ustedes no entienden nada; o peor, entienden que todo debe pasar por el cedazo (gran palabra) de la militancia, las banderas, los estandartes. Si algo enseñó o mostró García Márquez en su impresionante obra periodística es que el periodismo no debe militar en ninguna causa que no sea la calidad narrativa, la información, la investigación, en fon. Reglas que por cierto él mismo se encargó de romper porque le daba la gana y escribía con una prosa de dar vértigo.

Ciertamente, la cercanía y amistad de García Márquez con Fidel y Raúl Castro seguirá siendo para Gamés un misterio. Así las casas (muletilla claramente inmobiliaria), el clásico acompañó a la dictadura cubana a través de los años y de sus crímenes contra la libertad. También escribió con simpatía de Hugo Chávez, se trata de una pieza escrita como un Dios y publicada en Cambio en febrero de 1999. Por cierto, los presidentes de América Latina se despidieron del gran escritor con una retórica de zacate viejo y una demagogia de hierba seca. Aigoeii, ¿cómo ven la prisa y la prosa de Gil?

Al frente, Nicolás Maduro: “un amigo leal y sincero de los líderes revolucionarios que levantaron la dignidad de la América de Bolívar”. Rafael Correa: “tendremos años de soledad, pero quedan sus obras y amor por la Patria Grande”. El peruano Ollanta Humala lamentó “la partida del soñador y deseó su descanso allá en Macondo”. El uruguayo José Mujica dijo que América Latina perdía a un “compañero de utopías”. Ah, y Raúl Castro, el que dirige la orquesta de las revoluciones, las utopías, la lucha revolucionaria, le envió un mensaje a Mercedes Barcha: “querida Mercedes, el mundo, y en particular los pueblos de nuestra América, hemos perdido físicamente a un intelectual y un escritor paradigmático. Los cubanos a un gran amigo, entrañable y solidario”.

Cada vez que empieza la cantilena (gran palabra) de los pueblos de nuestra América y las utopías y todo ese lenguaje hirsuto que arroja a América Latina a la minoría de edad, Gil quisiera salir de ese cuadro de costumbres como alma que lleva el diablo.

La máxima de Bioy Casares espetó dentro del ático: “La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura”.

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