Opinión

Rick’s Café: El western clown

10 febrero 2014 5:0 Última actualización 05 agosto 2013 5:10

 
 
José Felipe Coria


 
De tan deteriorado, es imposible tomarse en serio al western. Por eso, en la era post-apocalíptica, post-zombis, revive El llanero solitario, la serie radiofónica creada en 1933 por George W. Trendle y Fran Striker, en la que un abogado enmascarado decidía hacer justicia por propia mano en territorio donde abundaba la injusticia. Acompañado por su fiel Toro (Tonto en el original; un indio potawatomi), se dedicaba a deshacer entuertos. La serie radiofónica dio paso a una televisiva entre 1949 y 1957. Eran los tiempos dorados del western en el cine clásico que permitieron la compañía de este personaje enmascarado en la pantalla chica. Rompió con el molde del héroe vaquero tradicional; representó una sobreidealización de la etapa expansionista de Estados Unidos. Próximo al racismo evidente, se salvaba sin duda por una cierta condescendencia en la que Toro destacaba, cierto: desde una perspectiva por completo paternalista como conciencia moral del héroe.
 
 

El paso al cine fue temprano: una atracción de matiné. Primero en 1938 como serial film de quince capítulos del viejo y ya extinto estudio Republic, bajo la dirección de William Witney & John English con el título de The Lone Ranger. Un año después, el mismo equipo hizo otros quince capítulos: The Lone Ranger Rides Again. En 1956 tuvo su primer largometraje en forma, The Lone Ranger, de Stuart Heisler. Dos años más tarde tuvo una especie de secuela; de hecho una nueva aventura para mantener vivo al personaje: The Lone Ranger and the City of Gold, dirigida por Lesley Selander. O sea, que el personaje era el rey de los westerns serie B. Su limitado éxito y el desplazamiento que tuvo el género con la aparición de Clint Eastwood y Sergio Leone en los 1960, no le impidió una resurrección bajo el lema de “la historia jamás contada del hombre detrás de la máscara y de la leyenda detrás del hombre”: precisamente La leyenda del llanero solitario (1981, William A. Fraker), un anti-western puro vapuleado en su momento por la crítica, y marcado por un escándalo de demandas entre viejas estrellas que compraron los derechos y el estudio ITC que se aventuró a hacer un film absolutamente pasado de moda. Así que parecía la tumba perfecta para un anacronismo de medio siglo de existencia. Sólo que en los tiempos posmodernos hay lugar para todo, en especial para los resucitados, los zombis, lo cínicamente demodé.
 
 

Por ello los estudios Disney compraron la franquicia: El llanero solitario (2013, Gore Verbinski) recicla a los personajes de la serie, villanos incluidos, y cuenta más o menos la misma historia del film de Fraker: el malvado Butch Cavendish (William Fichtner) embosca a unos rangers, sobreviviendo sólo John Reid (Armie Hammer), rescatado por Toro (Johnny Depp). A lo largo del film intenta convencerlo de que la única justicia a la que tiene acceso el hombre contemporáneo (de 1856), es la hecha con propia mano y que usar balas de plata basta y sobra para matar wendigos, o malos espíritus, que en este caso se apoderan del ferrocarril y no del presidente Ulysses Grant, como en el argumento de hace tres decenios.
 
 

Si antes el tono era ligero, ahora de plano es clownesco, cual corresponde al estilo Verbinski, famoso por sus tres Piratas del Caribe. En consecuencia, todo el film debe mirarse y sentirse como una especie de chiste visto desde la óptica de un western falsamente violento en lo visual, aunque en lo conceptual resulte por completo caricaturesco evitando las muertes evidentes o a cuadro. En consecuencia, todo funciona como hecho por un clown (o sea, Depp mismo): la cara pintarrajeada como cuervo de la muerte simpática, la alimentación del pájaro muerto en cada plano como rolling gag disfuncional, los apartes sobre la naturaleza fantástica del caballo Plata, los juegos con las explosiones como si fueran pastelazos, los diálogos que simplemente engordan el metraje y que se pretenden lo profundo clownesco al hacer que Toro hable de forma graciosa en cada primer plano, la exactitud de payaso para caer sobre trenes en movimiento sin inmutarse. Por supuesto, el tono clownesco existe desde el inicio en el que un niño (como alter ego del espectador), interroga al Toro sobreviviente en un diorama para contar lo visto llevándonos de la mano ocultando datos aquí y allá, haciendo saltos temporales, adelantando secuencias, planteando un principio para cambiarlo a lo largo de la historia y acabar caminando hacia la nada en Monument Valley. Como buen clown que tras decir el chiste se retira. Aunque nadie nunca se haya reído.