Opinión

Ricardo Trump

   
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Estamos conmemorando los doscientos años de que salió a la luz el libro Principios de economía política y tributación, de David Ricardo. Las vidas de David Ricardo y de Donald Trump tienen cierto parecido. Nacidos ambos de padres acomodados, se independizaron jóvenes y tuvieron éxito especulando (Ricardo en el mercado bursátil y Trump en el inmobiliario). Los dos se sintieron en la necesidad de publicar su fórmula para triunfar (Ricardo en forma de cartas y Trump con el best seller The art of the deal), y tanto uno como el otro terminaron dedicándose a la política y proponiendo reformas fiscales. Hasta ahí las semejanzas. En su forma de vida personal, en sus convicciones políticas y en su entendimiento de la economía, sus diferencias son enormes.

El tercero de 17 hijos en una familia sefardí que llegó a Holanda huyendo de la Inquisición, David Ricardo aprendió al lado de su padre los secretos de la Bolsa de Londres. Aunque fue desheredado cuando decidió casarse con una cristiana cuáquera, la habilidad adquirida le permitió aprovechar el boom de los bonos gubernamentales y volverse inmensamente rico.

Un buen día decidió apartarse por completo de los negocios y retirarse a escribir todo lo que había venido reflexionando al observar, desde tan privilegiado mirador, el mundo de las finanzas y el comercio. Entre otros temas le interesó estudiar los términos en los que Gran Bretaña comerciaba con sus colonias, en particular los efectos de los subsidios y las tarifas (a las que calificaba de extorsiones) en la asignación de recursos y en los niveles de utilidades.

Su destreza para el pensamiento abstracto y las matemáticas, sus conocimientos de química, geología y mineralogía, y el intenso diálogo intelectual con otros grandes pensadores, como Thomas Malthus, le permitieron escribir extensamente sobre muy diferentes temas. Lo hizo con tal tino que muchas de sus conclusiones, lúcidamente expuestas (como la ley de los rendimientos decrecientes de las inversiones), siguen considerándose entre los principios básicos de la ciencia económica.

En la última etapa de su vida fue un parlamentario caracterizado por la coherencia y claridad de sus argumentaciones, el cuidado de las formas y el respeto a la prensa (nada parecido a Trump). En la Cámara de los Comunes fue un crítico permanente del proteccionismo y un promotor incansable de las libertades personales, la propiedad privada y la liberalización de los mercados.

OJO WASHINGTON

Luego de dos siglos, su teoría de las ventajas comparativas, soportada ahora en modelos de gran sofisticación, continúa siendo el más aceptado marco de análisis del comercio internacional. David Ricardo deploraba el absurdo de ver al comercio entre naciones como rivalidad; él apreciaba que, al contrario, podía ser un juego de suma positiva.

Para ello, hay que entender que si bien se fabrican bienes a costos que varían de lugar a lugar, la ventaja absoluta entre lo que cuesta hacerlo no es tan decisiva como la ventaja relativa. Es decir, lo que interesa no es hacer algo más eficientemente, sino la habilidad para encontrar la forma más provechosa de intercambiarlo por otros artículos. Esto es más obvio si se toman en cuenta las diferencias de clima, recursos naturales, dotación de factores y tecnología.

Este razonamiento mostró la falsedad de los supuestos que sostenían el aislamiento y el proteccionismo: que lo mejor es manufacturar los artículos en los lugares en los que se consumen; que las naciones con distinto nivel de desarrollo no pueden comerciar entre sí; que hay que reducir al máximo las importaciones.

Ricardo enseñó que, paradójicamente, para un país avanzado puede ser ventajoso importar bienes, aún si los puede elaborar domésticamente con mayor eficiencia. En el mismo sentido, uno atrasado, aunque no tenga una ventaja absoluta en la elaboración de nada, puede exportar mercancías en que su desventaja comparativa es la menor, o puede importar aquellas en que su ventaja comparativa es la más grande. Si cada nación, en lugar de ponerse a producir todo lo que requiere, se especializa de acuerdo con sus ventajas comparativas, puede vender su excedente a mejor precio y comprar lo que necesita en mejores condiciones. Así, todos salen ganando.

Nada de esto ha entendido Trump. Cree que lo que conviene es volver al mercantilismo, cuando las economías se cerraban ante el 'peligro' del comercio externo. Sus ideas económicas están atrasadas ¡doscientos años!.

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