El camino a la servidumbre
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El camino a la servidumbre

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El camino a la servidumbre

23/02/2018
Actualización 23/02/2018 - 15:39

Quiero compartir algunas reflexiones sobre “El camino a la servidumbre”, un magnífico libro que no pierde actualidad, a pesar de haber sido escrito en 1944 por Friedrich A. Hayek, filósofo y economista austriaco.

Debemos considerar que esta obra se publicó en el contexto de grandes pérdidas de libertades económicas, políticas e individuales, ante el crecimiento del socialismo y el fascismo en Europa. Increíblemente, a pesar de los desastrosos resultados de estos modelos de organización social, constantemente vemos nuevas amenazas a nuestras libertades —que duelen porque destruyen nuestra esencia.

Esta obra de Hayek inicia con un breve recuento histórico y plantea que hacia fines del siglo XVII, cuando las comunidades pasaron de ser organizaciones jerárquicas, sin movilidad social, a sistemas que permitieron a cada persona decidir libremente dónde desarrollarse mejor, se generó un impulso sin precedentes de la actividad económica y científica a nivel mundial.

Apoyado por la energía inagotable que representa la búsqueda del desarrollo personal, este sistema individualista tuvo un impacto notable en la prosperidad de todos los estratos sociales.

Sin embargo, pronto surgió el cuestionamiento de por qué algunos miembros de la sociedad generaban más riqueza que otros y llegaron las ideas colectivistas, que buscaron eliminar las diferencias de ingresos a través de decisiones arbitrarias en una economía centralmente planificada.

No es necesario hacer un recuento de los terribles resultados que trajo a la humanidad el colectivismo, pero vale enfatizar que en términos de producción y creación de riqueza el colapso fue inevitable.

En cambio, en los sistemas basados en la Libertad Económica, la sociedad —cada uno de sus miembros— decide qué, cómo y cuánto producir, con base en el mecanismo de información que brindan “en tiempo real” los precios de mercado. Este sistema asigna con rapidez los recursos a donde son más eficientes, en contraste con un sistema centralizado donde un burócrata puede tardar meses en decidir qué, cómo y cuánto producir y enviar a cada grupo de la población.

El planificador central también decide cuánto se debe pagar por los insumos, por los factores de la producción y por el bien final. Es ridículo pensar que una sola persona pueda tener acceso inmediato a la información y a los criterios tan complejos que se requieren para tomar estas decisiones. Todo esto, además de ineficiente, desmotiva el esfuerzo, la productividad y la iniciativa individual.

Resulta que además de ser económicamente ineficiente, la planeación central es incompatible con la democracia, porque para imponer las decisiones del burócrata se requiere suprimir, en gran medida, el Estado de derecho —algo que también nos recuerda Milton Friedman, con distintos argumentos, en un brillante ensayo.

Bajo un verdadero Imperio de la Ley, es fundamental que se reconozcan los derechos intrínsecos de los individuos, pero ¿cómo podría el colectivismo aplicar leyes generales si busca que personas desiguales tengan los mismos beneficios? ¡Legislará de manera diferenciada! Además, dado que las circunstancias cambian continuamente, el planificador central modificará, una y otra vez, sus prioridades, lo que implicará crear leyes repetidamente e imponerlas por la fuerza, creando autoritarismo y un caos generalizado.

El autor es receptivo a la idea de que es necesaria la seguridad económica para gozar de una verdadera libertad, por lo que considera adecuado un sistema de seguridad social, así como garantizar una protección económica mínima para que las personas puedan enfrentar tiempos adversos.

Sin embargo, indica acertadamente que el pago por la prestación de un bien o servicio debe ser en función del beneficio que genere a la sociedad. Si ese pago no lo determina el mercado, ¿entonces quién? ¿El burócrata con criterios subjetivos y humor volátil? El funcionario muy probablemente adoptaría criterios erróneos sobre lo que es útil para la comunidad y deprimiría la actividad económica, que es justo lo que ocurrió en la extinta Unión Soviética.

En función de los graves problemas que resultan del colectivismo, Hayek se pregunta quiénes pueden dirigir un sistema con tantas imperfecciones y concluye que tendrían que ser los miembros de la sociedad más primitivos, violentos e ignorantes, ya que personas capaces y educadas tendrán puntos de vista diferenciados y no seguirán el criterio del dictador.

Puesto que el colectivismo requiere unanimidad porque toda la sociedad se debe alinear a las decisiones de un tirano, el régimen tenderá a ser intolerante y represivo —justo lo que se ha vivido en los países socialistas—. Buscará censurar y controlar los medios de comunicación para desechar cualquier información contraria al mensaje oficial, lo que invariablemente conduce a la parálisis del pensamiento.

Por el contrario, la independencia, la confianza en uno mismo, la disposición a tomar riesgos, a defender nuestras convicciones personales, la tolerancia y la libertad, son virtudes sobre las que descansa una sociedad individualista. Estos son valores que debemos promover, porque hacen posible el desarrollo de las civilizaciones.

A casi 75 años de haberse publicado, este libro no pierde vigencia. Hoy son muchos los políticos irresponsables alrededor del mundo que ofrecen igualdad, “derechos sociales” y seguridades económicas que evaden la realidad e ignoran los verdaderos costos de sus programas de gobierno.

Estas políticas generan severas distorsiones en la economía, como desempleo a través de salarios mínimos —que no toman en cuenta la productividad del trabajo–, escasez con la aplicación de controles de precios, regulaciones que benefician a grupos afines a un líder, estatizaciones y cargas fiscales que paralizan la economía.

Con todo ello se destruye la cultura del esfuerzo y el espíritu emprendedor, lo que a la larga debilita la actividad productiva y genera una sociedad pasiva, apática, ávida de apoyos del gobierno y reprimida, lo que configura precisamente el camino a la servidumbre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.