Opinión

Revolución e institución

23 noviembre 2017 5:0
 
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revolución mexicana

La Revolución Mexicana que se conmemora el 20 de noviembre fue una etapa terrible para los mexicanos. No tuvo nada de romántica. Fue una explosión popular de enojo, de destrucción, que arrasó con el país. La ira, la indignación, el revanchismo, en una palabra, el odio acumulado ante excesos cimbró a México. Una guerra civil terrible, que cobró la vida de sus propios líderes. Cuando niña, me resultaba muy confusa la historia de una lucha fratricida donde se mataban unos a otros, pero todos eran héroes. Duró once años, en medio de traiciones, con pérdidas de cosechas, de producción, de vidas humanas de uno y otro bando. La población civil sufrió hambre y escasez, miedo ante inciertos gobiernos, invasiones de tropas de diversa filiación que buscaban alimentos y un botín.

Por eso los mexicanos somos adversos a la violencia. Los costos fueron muy altos. Perdimos años de avances, y después, al emprender la reconstrucción, las heridas aún vivas, se apelaba al compañerismo revolucionario que nunca existió en el campo de batalla. Y se exaltó la Revolución como proceso creativo. Surgieron expresiones de todo tipo, culturales, educativas, sociales, políticas, para reconformar a la nación. Esa que perdimos por años. El nacionalismo revolucionario predominó como expresión ideológica en todos los ámbitos. A su amparo surgió un nuevo pacto social que se concretó en una Constitución y en gobiernos caudillistas que transformaron al país. En pocos años se pasó de una sociedad predominantemente rural a una urbana, se industrializó la producción, se fundaron instituciones para satisfacer las necesidades de la población en aspectos de educación, salud, seguridad social, vivienda, empleo, y el mundo habló del milagro mexicano.

El desarrollo estabilizador llegó a su fin, pero prevalecieron las instituciones. Esta aparente falsa dicotomía entre Revolución e Instituciones que tanta sorpresa causa a quienes intentaron entender el funcionamiento del sistema político mexicano por más de 80 años, tiene su origen en las contradicciones propias de un proceso armado y violento que debió reencausarse para conformar un país, que funciona a través de instituciones que garantizan el acceso de la población a mejores niveles de vida. Los mexicanos valoramos nuestras instituciones, es algo muy arraigado en nuestra cultura.

El problema es cuando éstas ya no funcionan adecuadamente. Cuando la amalgama ideológica queda vacía y sin sentido para nuevas generaciones, cuya vida se rige por otras realidades. Revolución e Institución como claves de la construcción nacional perdieron vigencia. Vuelve la violencia en forma de delincuencia organizada, financiada por el narcotráfico que se alimenta del mayor mercado del mundo, el de EEUU. Octubre rompe récord de asesinatos dolosos en México. Pagamos muy caro el sistema prohibicionista impuesto por los americanos.

No concuerdo con la visión de que el delincuente se forma por la pobreza y la necesidad. La desigualdad y la marginación son realidades dolorosas. Hay ciertamente situaciones desesperadas que pueden originar la delincuencia como escape momentáneo a una situación, pero no es lo que ocurre hoy en nuestro país. Es algo más complejo y más estructurado. Las ganancias del narcotráfico todo corrompen. Sociedad y gobierno. De una u otra forma. Y la impunidad, que se paga bien, añade el atractivo de que delinquir no tiene consecuencias. Hasta que llegan, de una u otra forma cobran facturas.

En un aniversario más de la gesta revolucionaria, hoy revestida de Buen Fin, la celebración se centra en el consumo. Y ante las limitaciones, las tentaciones no son despreciables. No importa cuanto dure, tienes acceso a lo que nunca pensaste lograr con tu esfuerzo. Esta confusión de lo que realmente es la vida y su disfrute explica que muchos jóvenes opten por formar parte de bandas, cada vez más violentas, que disputan mercado y se confrontan hasta aniquilarse. Declarada la guerra, no hay tregua.

Formar a los hijos, ante nuevos retos, no es fácil. Si además vemos cifras, en la ciudad de México casi 40% de los hogares los encabeza una mujer y en el país cerca del 30%, porcentajes que demuestran las familia ha cambiado. Por eso necesitamos nuevas políticas públicas con visión de género que apoyen a las madres trabajadoras. Muchas no cuentan con la red familiar para el cuidado de los hijos. Se requieren acciones de protección a los menores. Hay más guarderías, Hay más becas a niñas. Hay escuelas de tiempo completo, pero falta ampliar la red de acompañamiento a esas familias.

Por todas las carencias, ofende la corrupción y el enriquecimiento tolerado de políticos y servidores públicos. Hay empresarios involucrados en las redes pero el enojo va dirigido a quienes prometieron esforzarse por servir a los demás y solo aciertan a cobrar por dádivas, prerrogativas, contratos y licitaciones. Ningún partido está exento de culpa, porque es un tema sistémico.

Pese al desolador panorama, no existen soluciones mágicas. No lo fue la Revolución. No lo será un liderazgo populista que puede derivar en autoritarismo. En épocas de crisis surgen siempre alternativas y nuevos liderazgos. Ese es el reto hacia el 2018. Preservar libertades y ampliar seguridad. Tomar una decisión informada y no un voto de enojo. Nuestro destino común lo construimos todos. Son momentos difíciles. Con el Presidente Trump trabajando por su reelección, usando a México para esos efectos, con la amenaza de romper el TLCAN, sin razonar consecuencias. No importa el peso de la realidad, sino las percepciones. Ese es el riesgo que hoy enfrentamos ante el desgaste del binomio de Revolución e Institución. Volvemos a la reconstrucción. Que sea exitosa es tarea común de sociedad y gobierno. Se deben reorientar acciones para que las instituciones funcionen y se restablezca el Estado de Derecho.

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