Opinión

Rescatemos México

Vestidos de blanco y en silencio, cientos de miles de personas
-algunos medios de comunicación calcularon un millón- marcharon desde el Ángel de la Independencia hasta el Zócalo de la ciudad de México aquél 27 de junio de 2004 con una consigna muy clara: No más secuestros. La emoción se reflejaba en el rostro de los manifestantes. Emoción por participar y ser parte de un grito que se lanzaba con enorme fuerza hacia la autoridad federal -el presidente Vicente Fox- y hacia la autoridad de la ciudad de México -Andrés Manuel López Obrador.

Caminar lento, tomados del brazo, hermanados en una multitud en la que participaban hombres, mujeres, adolescentes, uno que otro niño acompañado por sus padres, y lo más interesante: amas de casa, empresarios, trabajadores, artistas, estudiantes, sin distinción alguna de clases sociales o profesión. A todos nos unía un solo reclamo social: No más secuestros.

Yo marchaba, aquel memorable día, en mi calidad de presidente de la Coparmex, tomado del brazo de los presidentes de otro gran número de organizaciones empresariales, como el Consejo Coordinador Empresarial, encabezado entonces por José Luis, El Chacho Barraza.

El Zócalo fue insuficiente para albergar a esa multitud, y muchos de los asistentes quedaron al final del camino en las calles de Madero, Cinco de Mayo, Avenida Juárez y otras que fueron la ruta trazada hacia ese insigne lugar. No hubo discursos ni pancartas alusivas a la marcha. El mensaje estaba implícito. No era necesario explicitarlo. A la hora señalada, con el Zócalo pletórico, la bandera ondeando en su centro, con el Palacio Nacional y la Catedral como testigos, entonamos el Himno Nacional. Este himno tan nuestro que hizo que a muchos de nosotros se nos inundaran los ojos de lágrimas al entonar sus estrofas.

Diez peticiones concretas encabezaban cerca de 80 peticiones secundarias -excesivas en mi opinión.

Vicente Fox tardó en reaccionar y recibirnos en Los Pinos. López Obrador calificó a esa manifestación como “la marcha de los pirrurris”, denigrando con esto no a los manifestantes, sino a su propia figura de jefe de Gobierno de la ciudad de México. La indignación fue el motor de la marcha. Nuestros gobernantes –particularmente El Peje- no escucharon el reclamo de aquellos a los que se deben.

El jueves 27, a 10 años de aquel memorable evento, nos reunimos las organizaciones convocantes, poco más de diez, para rememorar el inolvidable evento y evaluar sus consecuencias ¿Logramos nuestro propósito? ¿Nos escucharon y actuaron las autoridades a la luz de la petición de cientos de miles de ciudadanos? Analicemos los resultados:

Los secuestros -y la violencia en general- no han disminuido,
por el contrario, han aumentado considerablemente. En los primeros cinco meses del año en curso, se han denunciado 695 secuestros, 6 mil 876 homicidios, 2 mil 940 extorsiones y 21 mil 213 robos de auto, según lo reporta el periódico Reforma basado en la información de Sistema Nacional de Seguridad Pública. Entre 204 y 2013 el secuestro se incrementó en 426 por ciento, al decir de los organizadores; es decir, un acumulado de 9 mil 611 averiguaciones previas en 10 años.

¿Qué ha pasado? Las autoridades de todos los partidos han sido incapaces de atender con eficiencia una de las exigencias más importantes de la sociedad y, por tanto, su responsabilidad primaria: seguridad para los ciudadanos y sus pertenencias. Muchos discursos y pocos resultados. Los casos de Tamaulipas, Michoacán y Guerrero, sin olvidar a Chihuahua, Estado de México y Morelos, son dramáticos e insultantes.

Por otra parte, la sociedad, pese a que esa marcha fue el detonador para impulsar la formación de un buen número de organizaciones de la sociedad civil, no dio el seguimiento adecuado a sus peticiones ni tuvo la exigencia necesaria a las autoridades para que actuara en consecuencia.

Una lección, una gran lección, debemos sacar de todo esto: no basta un acto espectacular que ocupe los encabezados y la atención de los medios durante varios días. La definición de objetivos a corto, mediano y largo plazos, con el debido seguimiento permanente hasta alcanzar los resultados previstos, o la denuncia en caso contrario, son indispensables. La sociedad debe continuar organizándose en forma cada vez más profesional con objetivos precisos en cada una de las organizaciones nacientes y con la mira de unirse en lo esencial frente a una causa común. La fuerza de una ciudadanía unida y responsable debe ser tal, que alcance lo que parece imposible: que el gobierno en turno esté obligado a atender sus exigencias con la más alta de las prioridades.

No más secuestros, no más asesinatos, no más extorsiones, no más robos de auto ¡Escuchen este grito de la sociedad aquellos que detentan el poder! Trabajo digno y tranquilidad para nosotros y nuestras familias, es lo que lo el gobierno debe atender con la mayor de las prioridades. Y como dijo mi amigo Alejandro Martí: Si no pueden, ¡renuncien!

El autor es presidente de Sociedad en Movimiento.