Opinión

Representación y legitimidad

 
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Material electoral. (Instituto Nacional Electoral)

Asistimos a una creciente descalificación y descrédito de la clase política y de las organizaciones partidarias.

No es inusual escuchar con mayor frecuencia las expresiones como “todos son iguales”, “todos los políticos son una bola de corruptos” o “no nos representan” y “que se vayan todos”. La lista podría continuar, pero la conclusión es que hay una crisis de representación política y que la ausencia de los votantes en las urnas mina la legitimidad de los que resultan “electos”.

Esta es la realidad que se palpa cada día más en las conversaciones privadas, en las redes sociales, en los análisis políticos de los expertos o que está evidenciado en la falta de interés en las actuales campañas electorales.

Hasta ahora, las maneras de manifestar el descontento con la actual clase política y sus partidos es la indiferencia a sus campañas, el rechazo social expresado en los comentarios, o las “corrientes” que se han manifestado a favor de anular el voto el próximo 7 de junio o de boicotear las elecciones los más radicales.

Pero me parece que lo que tenemos que hacer es ir más al fondo del problema y que es el de buscar las causas de la crisis de representación política y la desnutrida legitimidad que actores políticos e instituciones partidarias gubernamentales o electorales están teniendo que, en resumen, lo que hace es poner en riesgo mayor a la frágil y de baja calidad democracia mexicana.

Para no irme más a la historia lejana, echemos sólo una hojeada hace 15 años, al creciente ánimo que existía con la llegada de la alternancia en la presidencia de la República y recordemos que a la democracia se le veía como la panacea y entonces ¿qué pasó para que el desencanto le ganara terreno al optimismo? Que los mexicanos vimos que la democracia no resuelve todos los problemas y que la clase política en general no tuvo los tamaños para que de la alternancia se pudiera parir un nuevo sistema político que tuviera como fundamento y cimiento de su construcción el Estado de derecho.

Por el contrario, hemos visto en estos años cómo la corrupción y la impunidad campea a lo largo y ancho del país, atraviesa todos los niveles de gobierno y no deja “títere con cabeza” de todos los partidos políticos y la “honorable” clase empresarial; seguimos con una gran cantidad de zonas y regiones en donde el crimen organizado es el que impone su ley, y el Estado es literalmente borrado de esos territorios o lo peor, autoridades se coluden con la mafia para delinquir, cobrar “derecho de piso” y quedarse con los recursos públicos que están dedicados a obras o programas que deberían beneficiar a los ciudadanos.

Y una economía que no crece, que en los últimos 15 años apenas alcanza un promedio anual de 2.0 por ciento del Producto Interno Bruto de cara a una creciente demanda de empleo, una caída en la competitividad de nuestro país, un salario raquítico -de los más bajos de los países miembros de la OCDE, más bajo incluso que en China- que lo que nos genera es mayor pobreza y desigualdad, en una palabra, una burocracia financiera incapaz de crear una política económica de crecimiento y envuelta en la arrogancia y la prepotencia sin admitir su rotundo fracaso y su incapacidad.

Si los representantes populares no admiten que esta realidad afecta a sus representados y se pega a la línea dictada por las cúpulas de los partidos, cuida su carrera política y/o sus intereses en negocios, o aún más, representa intereses de poderes fácticos, legales y no, entonces la incredulidad se acrecienta como lo mencioné al principio del artículo.

Es por ello que el 7 de junio hay que acudir a votar y mandar el mensaje de varias formas, el mensaje de que la representación política está en crisis y que la legitimidad de sus acciones está también en entredicho y que de no hacer un alto en el camino para corregir el rumbo de la débil democracia mexicana, está en un riesgo mayor. Iniciemos mejor de fondo la discusión y con las armas e instrumentos de la propia democracia, démosle una posibilidad de esperanza.

Twitter: @SamuelAguilarS

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