Opinión

Repensar

     
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Fernando Solana UNAM (Cuartoscuro)

Fernando Holguín Quiñones, un gran profesor de estadística que se interesaba por la situación ocupacional de los egresados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, nos mandó a varios de sus alumnos con Fernando Solana. Teníamos que conseguir datos sobre la proyección de la demanda de las carreras de ciencias sociales.

Considerando lo recién aprendido, estimé como “evento de baja la probabilidad” que el Secretario General de la UNAM nos atendiera personalmente para algo tan menor. Me equivoqué. No sólo nos recibió sino que nos dio un montón de información y se entretuvo explicándonos que el país tenía que prepararse para afrontar el ingreso de miles de estudiantes a la educación superior. Salí de ahí convencido de que el personaje superaba el “valor esperado”, estaba por “encima de la media”, muy por “arriba del promedio”.

Obviamente el siguiente semestre me inscribí con él, desoyendo las advertencias de que era muy estricto y, peor, “¡no es marxista!”. Y sí, nunca faltaba, siempre llegaba a las siete de la mañana en punto, dejaba mucha tarea y te hacía participar para comprobar que habías digerido las lecturas. Y no, no era marxista. Su visión de la realidad lo alejaba de los dogmas.

Lo visitaba después en Conasupo. Alrededor de la pared de su oficina tenía desplegadas gráficas que mostraban todo el proceso del maíz, desde que se siembra hasta que se consume. Estaban marcados ahí los cuellos de botella que había que liberar. Sorprendentemente, cada vez que regresaba se había avanzado un poco más.

Repetí con él en el posgrado. En medio de grandes maestros que entonces había en la Facultad, estoy cierto que los mejores cursos que llevé fueron uno sobre Robert Dahl y otro sobre Teoría de las Élites que él impartió.

Cuando me lancé como candidato a Consejero universitario, con Manuel Luna, mi compañero de fórmula, fui a preguntarle si, con su gran conocimiento de la Universidad, creía que lo que íbamos a proponer en nuestra plataforma tenía sentido. “Qué bueno que no me vinieron a pedir apoyo porque yo me tengo que mantener neutral y se los hubiera negado ---nos dijo--- pero si les puedo decir que traten de no polarizar más el ambiente (habían pasado los hechos del 10 de junio) y que propongan cosas concretas que si van a poder cumplir”.

Nunca dejaré de agradecerle ese y otros muchos consejos que me dio, ni sus comentarios sobre mis artículos en Novedades o su apoyo para ir a Yugoslavia a estudiar la entonces prometedora “Tercera Vía”.

Y siempre será mi modelo de funcionario público. En la tarde de su primer día al frente de la SEP ya tenía un diagnóstico de la situación educativa y planes para enfrentar sus muchos retos. Y en la tarde del último día del sexenio, ante un grupo de colaboradores, exhaustos pero orgullosos de haber trabajado bajo su liderazgo, pudo decir que casi todo se había logrado.

El programa “Educación para todos los niños” efectivamente cubrió la demanda de educación básica mediante un programa-comando que llegó por primera vez a las zonas críticas, generalmente muy aisladas, bajo el principio, ahora retomado, de que la escuela no puede organizarse uniformemente, sin entender su entorno.

A pesar de la crisis económica, en menos de un año ya se habían creado el Conalep, que revaloró la educación técnica, y la Universidad Pedagógica, que empezó a profesionalizar a los maestros. Tiempo después surgió el Inea, que sacó a la educación de adultos del abandono y la ligó a la participación social. Todo ello bajo la divisa de que México podía ir “tan lejos como llegue la educación”.

Me tocó luego ver el mismo modus-operandi en la Cancillería. Rápidamente cubrió carencias elementales, como que los funcionarios de Tlatelolco tuvieran información en tiempo real de lo que se publicaba en el mundo, que hubiera comunicación continua y segura con los embajadores, que los consulados contarán con un consejero de prensa.

Pero como siempre, le preocupaba más el largo plazo: la renovación del Servicio Exterior Mexicano, la vinculación con los mexicanos en el extranjero, la importancia geoestratégica de Centroamérica y de la Tercera Frontera (el Caribe), los riesgos y oportunidades de la globalización.

Fernando Solana fue un funcionario como debían ser todos: preparado y alejado de la improvisación; organizado y eficiente; honrado y cuidadoso de los recursos públicos; chambeador y responsable; sencillo y accesible; conciliador y enemigo de la grilla; con la mente siempre puesta en las siguientes generaciones.