Opinión

¿Renovación o cambio de personal?

 
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Ricardo Anaya aseguró que quien cometa actos de corrupción se irá del partido. (Cuartoscuro)

Los tres principales partidos de México –PRI, PAN y PRD– fueron los tres grandes perdedores de las elecciones de junio. Los tres perdieron millones de votos respecto a 2012, notablemente el PRD. El PAN cayó a su punto más bajo en la Cámara de Diputados, aunque sus números son mejores en las elecciones locales. En el caso del PRI perdió muchos ayuntamientos y diputaciones locales. Que haya obtenido más de 200 curules en la Cámara de Diputados no significa que sea el ganador de la contienda –aunque sí lo sea el presidente Peña Nieto quien tendrá una cómoda mayoría para navegar las aguas de la segunda mitad del sexenio.

Además de los votos perdidos, todas las encuestas muestran una tasa creciente de rechazo a los partidos. Según el diario Reforma, el porcentaje de mexicanos que expresan poca o nula confianza en ellos pasó de 71 en agosto de 2013 a 82 la semana pasada. Otra encuesta de GEA muestra que la confianza en los partidos cayó a 9.0 por ciento en mayo de este año, una cifra sumamente baja que contrasta con el 15 o 20 por ciento que tenían hace apenas un par de años.

Además de los daños ya sufridos, la ola de candidatos sin partido emergerá en 2016 con mayor fuerza y es probable que tengamos más gobernadores “independientes”, así como algunos alcaldes y diputados locales. Es muy probable que en 2018 haya algún candidato(a) competitivo sin partido –que incluso bajo ciertas condiciones podría ganar la presidencia de la República–. Y no obstante ello, salvo el PRD, los otros dos grandes partidos parecen no tomar nota de la acechanza que enfrentan.

La propuesta de campaña del casi seguro presidente del PAN, Ricardo Anaya, es una plétora de adjetivos y lugares comunes: un partido abierto a los ciudadanos, unido, reconciliado e incluyente, moderno, fresco y renovado, que haga buenos gobiernos para la gente. Hay dos propuestas concretas: un PAN que combata la corrupción empezando en casa y un partido que se oponga con firmeza y valentía a los abusos y los errores del gobierno. Son poco creíbles por la simple razón de que quien las propone no las ha ejecutado ni como presidente interino del partido ni como coordinador de sus diputados. ¿Por qué ahora sería diferente?

En el caso del PRI, la gran propuesta de su futuro presidente ha sido una nueva cercanía con el presidente de la República –según él la sana distancia que propuso el expresidente Zedillo en 1994 es la causa de la derrota del PRI en 2000–. Ha dicho que su misión es apoyar la implementación de las reformas estructurales pero nada sobre el futuro del PRI o sobre el papel de ese partido para combatir la corrupción de muchos de sus cuadros, ni tampoco nada respecto a nuevas formas para acercarse con los millenials, quienes son el futuro demográfico del país.

El PRD parece más serio en su intento de renovación, al menos en la palabra. Durante el fin de semana discutieron varios problemas que han afectado al partido, entre ellos la corrupción de sus delegados en el Distrito Federal o de diputados locales, muchos de los cuales han sido cooptados por gobernadores por medio de dinero; la política de selección de candidatos mediante repartos de cuotas entre tribus; y la falta de vigor para actuar como partido de oposición. Dijo Carlos Navarrete que una de las causas de su debacle había sido la firma del Pacto por México, cuando en realidad ese ha sido un punto favorable.

La agenda del PRI en los próximos tres años será apoyar al gobierno federal y administrar las elecciones. La renovación no es parte de su agenda. Aunque pueda tener éxito relativo en las elecciones de 2016 y 2017, la presidencial de 2018 luce sumamente difícil de ganar. Que siga siendo la principal fuerza electoral no significa que el PRI camine por la ruta correcta. La falta de nombres para la presidencia nacional de ese partido muestra una enorme crisis de liderazgos. El presidente Peña Nieto corre el riesgo de truncar su legado justamente por la incapacidad para recrear nuevos líderes.

En el caso del PAN, es previsible un proceso de mayor deterioro. La lucha interna por mantener el control del aparato, la dificultad para hacer un deslinde de los cuadros que lo han dañado por presuntos actos de corrupción y la política de cooptación que han realizado algunos gobernadores y que se prolongará hasta 2018, hacen muy difícil que ese partido se sacuda las malas prácticas y renazca como la conciencia de la honestidad de México, como se vendió por muchas décadas.

Como ocurre en la vida de las organizaciones, adaptarse al cambio es sumamente lento y doloroso. Los cuadros dirigentes tienden a subestimar la gravedad de los problemas y patear la pelota. En ese marasmo, los ganadores serán los candidatos sin partido y Morena, que se vende como un partido antipartidos, o como el único partido de oposición.

Twitter: @LCUgalde

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