Opinión

Renacido

 
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Leonardo.

Gil salió de la bruma de una gripa perra en las mismas condiciones que el señor Glass, el personaje que actúa Leonardo di Caprio en El renacido, después de que una osa grizzly lo arrastrara con furia por la inhóspita tundra de la que huye un grupo de vaqueros; es decir, en condiciones desastrosas: sin voz, con dolores múltiples, heridas profundas, traumatismos inverosímiles. Gilga insiste en una vieja idea: el género humano desaparecerá después de una epidemia de rara gripa H2pq45.

Así salió Gamés de la gripa, pero sin la ayuda que el señor Glass tuvo de un indio muy sabio que supo curarle las heridas que la osa mayor le procuró. Este indio era una especie de ingeniero químico de altos vuelos pues logra la sanación de Glass-Di Caprio con sus propias manos y un poco de tierra sagrada. Gamés se hubiera embarrado todo el lodo del mundo para librar la tos de perro y perra, el dolor en las articulaciones, los ojos llorosos, en fon.

Aventuras

Gilga vio la exitosísima película de González Iñárritu y no pudo sino concluir que se trata de cinco aventuras filmadas con mano de seda y guión de piedra pómez. Un grupo de vaqueros dentro de un bosque inhóspito de muchos grados bajo cero huye de un salvaje ataque indio en un intento infeliz por preservar las pieles que venderán en territorios habitados por el hombre y la mujer del fin del mundo.

Esta primera aventura le caló en el alma al niño Gamés. Flechazos en las sombras, muertos, ayes de dolor, golpes despiadados, gritos sioux.

Un hombre disfrazado de mendigo (Di Caprio), grita que es de vida o muerte abandonar el bosque y abordar una embarcación que los aleje del terrible ataque indio. No el menor de los asombros de este episodio ocurre cuando el espectador cae en cuenta de que donde ocurre la acción, el director dirige a sus actores, a menos 15 grados centígrados.

Glass ha sobrevivido de milagro al ataque de la osa furibunda que cuidaba a su osezno y sus compañeros de viaje lo llevan con él a contraescarpa y bajo unos fríos inhumanos. Dominado por la desesperación y la maldad, Fitzgerald quiere terminar lo que la osa no pudo acabar. El hijo de Glass quiere impedirlo y Fitzgerald lo cuece a puñaladas ante la impotente mirada del padre moribundo.

Gil vio este pedazo de película con los ojos de plato, emocionado. Dicen los que saben que la fotografía de Emmanuel Lubezky es el estupor mismo: filmada con luz natural. Esto se lo hizo saber el Gamesito a su padre Gamés. La segunda parte de la película (por favor, nunca digan filme como si fueran críticos y esnobs internacionales) empieza cuando el indio sabio aparece en los sueños de Glass-Di Caprio. Las visiones de Glass, su esposa asesinada y su hijo en peligro atraviesan toda la historia.

Abandonado, Glass se arrastra como un mendigo a las afueras de la Catedral de la Ciudad de México. De pronto, porque así lo indica el guión, el vaquero se encuentra a un indio que come a dentelladas pedazos de un bisonte muerto. El indio le convida un pedazo de carne fresca y Glass se lo come como si fuera un bocado de cardenal, algo de la parrilla del Suntory.

Ni un médico de Houston habría curado así las heridas de Glass.

Cuando los vientos del estallido de un vortex polar amenazan con enfriarlo para siempre, el indio le construye a Glass un tipi que ni los del Grupo Higa han inventado todavía y ahí sobrevive, pero sólo para ver a su salvador colgado y con la famosa narco-manta que dice: “todos somos salvajes”. Sí, en efecto, Gil pensó que se trataba de un puente peatonal, pero no nos desviemos, estamos en el viejo oeste, entre vaqueros, donde la vida salvaje termina convertida en unos tacos al pastor, sin piña.

Sueños indios

La trama sigue fina, como un curso de arena sobre la pantalla. Perseguido por indios inauditos, Glass y su caballo robado caen desde un farallón. ¿Les gustan unos veinte metros? Pues dirás la misa incrédula, pero Glass se levanta como si se hubiera caído de una silla y siente frío, mucho frío. Entonces Glass tiene una idea genial, se le ocurre vaciar al caballo de entrañas: le saca su hígado y su intestino, su estómago y sus pulmones, su corazón y su tracto digestivo. Luego lo usa como abrigo. Sí, se mete dentro de esa gruesa piel y se pone a hibernar.

En ese momento de la historia, Gamés se puso de pie, se quitó el sombrero y exclamó como el gran crítico de cine que siempre ha sido, desde su más tierna infancia: ¡no mamemos! Sí, Gamés ya sabe que la historia está basada en una novela, que por cierto debe ser inmamable.

Gran final

Glass sobrevive porque Dios y el espíritu indio son grandes. Persigue a Fitzgerald, el asesino de su hijo, y lo mata después de una lucha a navajazos como las que se ven los fines de semana en las calles oscuras de Tláhuac.

Ne soyons pas roñosos, no seamos roñosos: la película de González Iñárritu al menos roza la épica, retrata al héroe trágico y trae a Lubezki. De este señor saben cineastas como Burton, Malick, los Coen, Cuarón, ¿más?

La máxima de Ettore Scola espetó en el ático de las fases célebres: “El cine es un espejo pintado”.

Gil s’ en va

Twitter:@GilGamesX

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