Opinión

Relojeros en el fango

 
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México Cuba

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil encuentra en las páginas de sus periódicos, en las imágenes de sus televisiones y en los sonidos de sus radios las amonestaciones y las repulsas que los candidatos adversarios se tiran a la cara unos a otros. El asunto que toma peligrosamente la delantera y cuya profundidad habrían envidiado Montesquieu y Locke podría llamarse “filosofía relojera”.

Gil lo leyó en su periódico Milenio: las irregularidades en el arranque de la campaña electoral llegaron hasta el Senado, donde el coordinador parlamentario del PAN, Fernando Herrera, le tundió al dirigente del PRI, César Camacho, al que calificó de llorón por pedir al INE que sacara del aire la transmisión de un espot en el cual se critica su colección de relojes. Herrera se puso la toga y el birrete y dijo: “Me parece que el presidente del PRI es exageradamente sensible, tiene la piel delgadita, muy llorón, tiene que ser respetuoso de la libertad de expresión. Hay que alentar la comunicación”. Los relojes de Camacho son un monumento al mal gusto, correcto, cuestan muchísimo dinero, de acuerdo, pero llamarle “llorón” al dirigente priista le da un interesante nivel a la contienda a la que el senador panista podría añadir: “¡Quiere llorar, quiere llorar!”. “Camacho, mariquita”, “Aguántese como un macho, Camacho”. “Calzón chino a Camacho y que no llore como niña”. Desde luego, estas frases acompañadas de sus acciones le darían un alto nivel a la contienda, la altura conceptual que en ocasiones requiere la lucha electoral. Es que de veras.

Encinas

Por su parte, el senador Encinas lamentó que el INE se extralimite en sus atribuciones al censurar los espots del PAN sobre Camacho: “La ley es muy clara cuando establece que no se puede caer en la calumnia, injuria o en el descrédito del adversario en el proceso electoral, pero no implica que se censuren los mensajes políticos de los partidos”. Encinas tiene razón, pero, pequeño problema, Gilga todavía no ha visto mensajes políticos en la propaganda electoral. Hay de todo, desde promociones con dos dedos de frente hasta luchas en el fango, pero mensaje, lo que se dice un mensaje no ha asomado la nariz. Al mismo tiempo, el presidente del PAN, Gustavo Madero, opinó que la suspensión de esa propaganda “es un atentado contra la libertad de expresión y el libre debate de las ideas”.

En un gesto histórico, Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: gran debate de ideas; el reloj de Camacho y su relación con el Estado mexicano; los relojes de Camacho y su influencia en la transición mexicana, y así. En todo caso, convendría llamarle a las cosas por su nombre, esa propaganda es una denuncia, lo cual no está prohibido por la ley. Gamés ha notado, como la lectora y el lector, que la raíz de la propaganda electoral es siempre para desacreditar al adversario, nunca para proponer nada, así sea una frase coherente.

Los creadores de las campañas dirán que las propuestas no venden, la efectividad de una campaña descansa en el cabezazo a la nariz, en la patada en los huevos, en el descontón, en el rompelesumadre, en el escupitajo en la frente. Hay una alta probabilidad de que estos estrategas tengan razón y, al mismo tiempo, de que sean contribuyentes muy principales al muladar en que se ha convertido la vida pública. No dejen de quemarse la sesera con sus campañas, amigos, van bien.

Liópez

Desde luego, Liópez reprobó también la decisión del INE de suspender la transmisión de los espots en los que el PAN critica el gusto de Camacho por los relojes costosos. Oigan a Liópez: “El que nada debe nada teme, se le revierte al partido que lo impulsa, pero si es verdad, la gente lo debe saber, porque Camacho tiene relojes de un millón de pesos y eso es verdad”. Eso que ni qué, lo que sea de cada quien. Caracho, la profundidad de Liópez es como para levantarse la tapa de los sesos. Gil añadiría estas frases de gran intensidad analítica: todo cabe en un alcalde sabiéndolo acomodar; pa los toros del jaral, la bancada de allá mesmo; el que nace pa maceta no pasa de la curul. Gamés se derrumbó en el amplísimo sillón del mullido estudio, ¿o cómo era? Y pensó: en mosca cerrada no entran bocas. En fon.

La máxima de Novalis espetó dentro del ático de las frases célebres: “Las palabras son la configuración acústica de las ideas”.

Gil s’en va

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