Opinión

Relevo mexiquense

La violencia creciente en el Estado de México ha puesto sobre la mesa de forma anticipada un movimiento que los muy cercanos al círculo presidencial preveían para mediados de sexenio. Se trata del relevo de Eruviel Ávila al frente del gobierno mexiquense para su integración al gabinete presidencial. No está claro a qué cartera, pero suena más el sector social por tratarse de una sus habilidades más reconocidas.

El posible candidato relevo, aunque han aparecido otros nombres provenientes de Gobernación, podría ser Alfredo del Mazo hijo, “El Paciente”, por su perseverancia en alcanzar esa posición después de mil intentos y batallas.

Como toda decisión en política, tiene ganancias y pérdidas. El presidente Peña Nieto estaría interviniendo un estado con preocupantes niveles de violencia, que Ávila pretende endosarle por completo al efecto cucaracha proveniente de Michoacán, moviendo a un gobernador y colocando a otro, cuando todos sabemos que esa sola medida no resuelve de fondo ningún problema. Se trata de una intervención más abierta y directa de la que técnicamente ha sucedido ya en Michoacán con el comisionado Octavio Castillo. No se “retiró” al gobernador, aunque en la práctica fue plenamente desplazado de las vitales labores de seguridad, lucha contra el crimen y control policíaco y militar del estado.

La estrategia mexiquense tiene otro lado delicado. Para todos aquellos que insisten en señalar el regreso al PRI clásico de los viejos tiempos, el enroque se asemeja plenamente a los movimientos salinistas que tanto daño hicieron al federalismo. Salinas ejecutó en múltiples ocasiones durante su sexenio, el movimiento, retiro, desplazamiento de gobernadores como resultado de negociaciones políticas y partidistas. Peña Nieto correría el delicado riesgo de asemejarse a aquel con quien muchos quieren emparentarlo e incluso subordinarlo, en sentido opuesto al espíritu de Los Pinos y de su propio residente principal.

Para Eruviel es un ganar perdiendo porque dejaría una posición para la que fue designado por el voto popular, hoy -todavía al menos- de mucho mayor trascendencia que una designación presidencial, especialmente si el gobernador cultiva o alimenta expectativas de futuro político y abandona a sus coterráneos. Se integraría a un gabinete que más temprano que tarde iniciará la batalla por la sucesión con todo el golpeteo que ello implica. Pero finalmente, sería secretario de Estado.

La lección para Michoacán y su aún gobernador constitucional, es que en cualquier momento podría suceder lo mismo que formalmente sucedería en Toluca, porque en la práctica y en los hechos, Alfredo Castillo opera, dispone, decide y ejecuta como si tuviera el mandato de cargo y puesto.

¿Y la gente? ¿Los michoacanos han ganado con la llegada de Castillo y la reducción de Vallejo? Dicen que sí, que el estado se encuentra más seguro, hay una gradual recuperación de la vida familiar, del tejido social en varias comunidades, aunque en Morelia la calidad de vida se ha deteriorado sensiblemente.

¿Qué será entonces del complejo, diverso, multiétnico, marginado e industrial Estado de México? Esperaremos las respuestas, en quien finalmente sea designado para el cargo.