Opinión

Reivindicación a los judíos

09 noviembre 2015 5:0
 
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 [Reuters] La fecha hebrea de la independencia de Israel corresponde al 15 y 16 de abril en el calendario de Occidente. 

Las raíces del pueblo judío se remontan a 3,000 años A.C., cuando las 12 tribus de Israel entraron en la Tierra Prometida de Canaán, denominación de la región de Asia Occidental, situada entre el Mar Mediterráneo y el Río Jordán y que hoy corresponde al Estado de Israel, la Franja de Gaza y Cisjordania, junto con la zona Occidental de Jordania y algunos puntos de Siria y Líbano; las tribus finalmente formaron la nación de Israel bajo los reinados de David y Salomón.

En su devenir histórico los judíos enfrentaron conflictos bélicos con diferentes pueblos de la región hasta que fueron expulsados de su territorio por los romanos, quienes destruyeron Jerusalén y su templo en el año 70 D.C., los romanos cambiaron el nombre de Israel por el de Palestina. Fue en esa época cuando surgió la Iglesia Católica, terminó griego que significa universal y que se concibió como “la única Iglesia fundada por Cristo”. El Emperador Constantino, a través del Edicto de Milán del año 315, la adoptó como religión oficial del Imperio Romano; en el Edicto se conoció que los cristianos no serían más perseguidos, en cambio la Iglesia Católica por más de 20 siglos culpó a los judíos de haber matado a Cristo, estigma que provocó persecuciones, marginación y muerte de un gran número de judíos. El poder político de la Iglesia influyó para que los gobernantes y otras iglesias cristianas arremetieran contra los judíos.

En España donde se estima que habitaban alrededor de 600 mil judíos al final del siglo XVI, cuando los Reyes Católicos los expulsaron de España mediante el Edicto de Granada, “con la finalidad de que no siguieran influyendo en los cristianos nuevos (judíos convertidos al cristianismo) para que estos se judaizaran”. La Inquisición de la Iglesia Católica había sido instaurada 14 años antes en la Corona de Castilla y 9 en la Corona de Aragón, presumiblemente para perseguir a los judíos conversos que seguían practicando su antigua fe, y en general, a los herejes. Los judíos expulsados denominados sefaradíes, en alusión a Sefarad (España), en su diáspora mantuvieron muchas de las costumbres españolas y particularmente conservaron su lengua, conocida como judeo-español (ladino) que deriva del castellano que se hablaba en el siglo XV; andando el tiempo, siempre mantuvieron la nostalgia perdida. Inicialmente la mayoría de los judíos expulsados se instalaron en el Norte de África, o en los estados cercanos, como el reino de Portugal, muchos de ellos por las persecuciones que experimentaron acabaron en el norte de Europa, sobretodo en Holanda. Finalmente, la mayor parte de los sefaradíes se fueron a vivir a los territorios del Imperio Otomano de los Balcanes y Oriente próximo.

La presencia judía en España en el presente es mínima, se estima entre 20 mil y 30 mil personas; no obstante, las actitudes antisemitas aún permean a parte de los españoles, quienes no han podido superar los vestigios de los prejuicios que la Iglesia Católica les inculcó durante siglos y alimentados ahora por la población musulmana que vive en España y por el neofascismo que ha germinado en ella, que bajo consignas antiisraelíes encubren un feroz antisemitismo. Sin embargo, en un acto de catarsis y reivindicación, el Congreso de España aprobó una ley que entró en vigor el primero de octubre pasado que concede la nacionalidad española a los descendientes de los judíos sefaradíes que fueron expulsados en 1492, sin exigencia de renunciar a su nacionalidad actual y sin obligatoriedad de residencia en España.

En igual sentido reivindicatorio hacia el judaísmo y otras religiones, hace 50 años, el 28 de octubre de 1965, se dio a conocer la Encíclica Nostra Aetate, Declaración del Concilio Vaticano II que estableció un cambio de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas; este documento de gestación laboriosa tuvo resonancia mundial en virtud de uno de los principales temas que trata; la Iglesia ante los judíos. Esta declaración fue producto de la toma de conciencia del Vaticano de los horrores del Holocausto tras el final de la Segunda Guerra Mundial, algunos sacerdotes, teólogos y laicos católicos, promovieron la revisión del tratamiento teológico que la Iglesia debe al judaísmo. En ese proceso desempeñó un papel muy importante el judío francés Jules Isaac, cuya familia fue víctima del genocidio nazi, Isaac denunció que el origen del antisemitismo se encontraba en el antijudaísmo cristiano y su “enseñanza de desprecio” hacia los judíos, el pueblo deicida, según el cristianismo; por lo que el antisemitismo nazi no hizo sino “reanudar y llevar a su punto de perfección una tradición de odio y desprecio”.

En 1959, bajo el Pontificado de Juan XXIII, el papa decidió eliminar la referencia a los “pérfidos judíos” de la liturgia del Viernes Santo y al año siguiente, en junio de 1960, recibía en audiencia a Isaac, que le había enviado un documento con un listado de propuestas que servirían de base para la revisión de las enseñanzas católicas sobre el judaísmo y los judíos. En septiembre de ese mismo año el papa encargaba al Cardenal Agustín Bea, jesuita alemán, la preparación de un documento que sirviera de base para su discusión en el Concilio Vaticano II que acababa de convocar. El documento de Bea fue rechazado en vísperas del Concilio Central y fue excluido de la propuesta sobre ecumenismo, a pesar de que contaba con el apoyo del papa, a causa de la oposición de algunos obispos, especialmente del Medio Oriente que temían que provocara represalias contra las minorías cristianas en los Estados árabes. Después de múltiples enfrentamientos en el Concilio, el documento original del Cardenal Bea fue presentado a la asamblea del Concilio y aprobado en noviembre de 1964 con 1651 votos a favor, 99 en contra y 42 peticiones de enmienda; el Cardenal Bea elaboró el documento, que finalmente se incorporó a la declaración Nostra Aetate, aprobada el 28 de octubre de 1965.

La redacción final de la declaración Nostra Aetate consigna que las relaciones entre el cristianismo y el judaísmo tienen una raíz común; el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido a la raza de Abraham y que la elección de Israel por Dios, no ha caducado, de aquí que se rechace que los judíos sean señalados “como réprobos y malditos”. Asimismo, se refuta la acusación de deicidio contra los judíos, base del antijudaismo cristiano; se afirma que la muerte de Jesús “no puede ser imputada ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”.

Desde su promulgación por Pablo VI, Nostra Aetate ha servido de guía a las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas, y sobre todo para el acercamiento entre el judaísmo y el cristianismo. El papa Juan Pablo II profundizó aún más la relación a través de su visita al campo de exterminio de Auschwitz en 1979, al que calificó de “nuevo Gólgota del mundo contemporáneo”; asistió a la sinagoga de Roma en 1986. En 1993 se establecieron relaciones diplomáticas con Israel y se emitió una petición pública de perdón por la intolerancia sostenida a nombre de Cristo. En 1964 Pablo VI se convertía en el primer papa en visitar Israel.

Por otra parte, los líderes judíos se reunieron con el papa Francisco en Roma en el 50 aniversario de Nostra Aetate, en el encuentro el pontífice mencionó que atacar a los judíos es antisemitismo, empero, un ataque al Estado de Israel también lo es. El papa Francisco es un gran amigo de los judíos y un humanista por excelencia. Las relaciones entre la Iglesia Católica y el pueblo judío están en su mejor momento.

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