Opinión

Regreso al G7

25 marzo 2014 7:26
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Así se denominaba al grupo que integraba a las economías más desarrolladas el mundo hace más de 20 años. El G7 integraba a Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón, Canadá e Italia. En la década de los años 90, desaparecida la URSS, la Federación Rusa fue invitada primero como observadora, y después como miembro de pleno derecho al club de las potencias económicas. Se llamó entonces G8.

Con el descomunal despegue económico de China en la década siguiente, la composición del grupo quedó incompleta y de hecho, poco representativa, porque otras economías en el mundo empezaron a tener desempeños más notables que la italiana o por momentos, la francesa. Pero el grupo siguió con una reunión al año con jefes de estado y otras dos a nivel de ministros.

La primera consecuencia directa para Rusia después de la anexión de Crimea, es la temporal “expulsión” de este selecto grupo de poder. El ministro ruso de Relaciones Exteriores Serguéi Lavrov intentó minimizar el impacto de la medida al calificar a sus “socios occidentales” como “club informal sin auténticos miembros” señalando al G20 como el grupo verdaderamente importante y trascendente.

Pero lo cierto es que Europa y Occidente carecen de herramientas y mecanismos para sancionar a Rusia por su flagrante violación al derecho internacional. Nadie considera declararle la guerra –Ucrania menos que ningún otro- o ejercer un boicot al viejo estilo de hace 40 o 50 años, como lamentablemente permanece el caso de Cuba.

Europa depende del gas y el petróleo ruso. El 25 por ciento del consumo doméstico de gas europeo proviene de Rusia, precisamente por varios gasoductos que desembocan en la península de Crimea, hoy en manos del gobierno ruso. No resulta sencillo para Europa ni para Alemania, con su poderío económico, salir en busca de otros proveedores de gas a nivel mundial, y cerrarle la cuenta al infractor del Kremlin. Es demasiado gas para salir de compras y garantizar un suministro estable.

Por su parte Rusia, a pesar de su evidente demostración de fuerza al integrar a Crimea y separarla de Ucrania, recibe el 40 por ciento de sus ingresos por ventas totales de energéticos, del gas que entrega y vende a la Unión Europea. Este es uno de esos mecanismos de codependencia globalizadora que tanto advierten los economistas. Están enganchados Rusia y Europa con esta relación.

Pero ese no es el caso de Estados Unidos que ha adoptado un enérgico discurso de castigo y desprecio, un congelamiento pragmático de las relaciones. El Presidente Obama está de gira por Europa para asistir a al reunión del G7 en Bruselas, y ha señalado con firmeza su rechazo al curso tomado por Rusia. Más allá de eso, hay poco que hacer. Tono frío, declaraciones enérgicas, pero en privado los embajadores buscarán disminuir el clima de tensión.

El verdadero riesgo es una escalada del conflicto debido a la grave situación económica al interior de Rusia. Hay analistas que señalan la medida de Putin, como una bandera nacionalista para exaltar los sentimientos patrios y distraer la atención de una creciente inflación, disminución del crédito, desempleo en ascenso y gradual devaluación del rublo. Si las condiciones domésticas de Rusia se deterioran, Putin es capaz de lanzar nuevas ofensivas externas para afianzar su posición, al tiempo que señala a Europa y Estados Unidos como los responsables por la situación en Rusia.

Por lo pronto Crimea será el tema central del G7 y las eventuales medidas que puedan tomar contra Rusia. En la práctica, muy pocas.