Opinión

Regreso a clases, regreso
a la realidad


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Se ha diluido el sopor veraniego. Estamos en esa etapa del año donde todo regresa a su flujo normal, volvemos a nuestras actividades cotidianas, a la realidad. Los niños regresan a la escuela, lo que a muchos padres nos trae tranquilidad, al mismo tiempo que se reactiva el mundo del arte con las inauguraciones de las grandes exposiciones de otoño, ferias y bienales internacionales como la London Frieze para octubre o la 14ª Bienal de Estambul, la cual abrió el fin de semana pasado.

Pero esta vez, nos reincorporamos a la rutina diaria sobre el escenario sombrío y absurdo del peso devaluado; los precios del petróleo mexicano a la baja; un repulsivo precandidato a la presidencia de los Estados Unidos que humilla y ofende constantemente a México, a las mujeres, a la humanidad; la inconmensurable ola de refugiados sirios que llegan a Europa; la cereza del pastel con el Tercer Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto… me hace preguntar si realmente todos vivimos en la misma realidad, en el mismo planeta.

Pero, ¿qué tendría que ver todo esto con el arte contemporáneo? La forma en que estéticamente nos relacionamos con la realidad nos determina, no sólo como individuos, sino como sociedad. Para ejemplificar esto, Oscar Wilde en su obra teatral La decadencia de la mentira (1889) -más que una pieza de dramaturgia es un ensayo estético y de filosofía del arte-, testimonia que la vida imita al arte mucho más que el arte a la vida “la naturaleza es una creación nuestra, las cosas existen porque las vemos, y la forma en que las vemos depende de las artes que han ejercido influencia en nosotros”.*

Cuando escuchamos las declaraciones de Virgilio Andrade, secretario de la Función Pública, negando el conflicto de intereses en la compra de las casas en Ixtapan de la Sal y Malinalco por Peña Nieto y Luis Videgaray, respectivamente, podemos identificar un fenómeno donde ya no entendemos lo que pasa, cancelando la posibilidad de relacionarnos con lo que vemos y oímos, por la extrañeza y sinsentido de la interpretación del otro. Y cuando Virgilio Andrade asume que los periodistas que sacaron a la luz la investigación sobre la 'casa blanca' también tienen “intereses”, sin querer (o no) equipara el interés de buscar la verdad con el interés a salir impune. Me pregunto si el señor Andrade alguna vez leyó a Victor Hugo, a Mariano Azuela o a Immanuel Kant, si alguna vez contempló un Francisco de Goya, un Siqueiros o un Orozco... qué clase de productos culturales habrán dado forma a sus conceptos de ley, justicia, equidad…

En este ajetreado ambiente de vuelta a la realidad y regreso a clases, mis hijos me traen la novedad de Vat19 (www.vat19.com). “Panditas” y gusanos de gomita gigantes, plastilina de imán, enormes balones, son algunos de esos productos -pues ciertamente no los puedo llamar juguetes- que oscilan entre el sarcasmo, el absurdo, el pastiche y la autorreferencia posmoderna. Los videos promocionales son irónicos, pero sin dejar claro si estos objetos son una sátira al consumismo o una alabanza, al más [puro] estilo de Andy Warhol o Jeff Koons, se festeja el inminente afianzamiento de un capitalismo que como el ouroboros se come su propia cola. Como Guy Debor, en La sociedad del espectáculo lapida: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. Esta relación social está decretada por las imágenes que el mismo espectáculo produce, así la vida imita al arte, que habla y se cierra sobre sí mismo.

Por eso, cuando decimos que nuestro acercamiento a la realidad determina nuestro comportamiento social, es una advertencia a ser perspicaces, no sólo con los acontecimientos del mundo, sino a las imágenes que lo acompañan, para que a cada vuelta de rueda no nos topemos con una realidad cada vez más ajena.

* Oscar Wilde, La decadencia de la mentira, Madrid, Siruela, 7ª edición, 2013.

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