Opinión

Reglas de origen

         
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TLCAN. (Especial)

Como comenté en dos artículos previos (“El TLCAN de Trump”, del 29 de septiembre y “¿Qué pasará con los tratados?”, del 16 de diciembre), desde hace años, mucho antes de que el actual presidente buscara la candidatura, legisladores republicanos y demócratas ya se quejaban de que las reglas de origen en el Tratado eran “demasiado laxas”, “insuficientes o transgredidas” y pedían revisarlas.

En el borrador de la propuesta de renegociación, que la Casa Blanca envió al Capitolio la semana pasada, ese uno de los temas principales.

Contra lo que comúnmente se piensa, los acuerdos comerciales no pretenden liberalizar mercados, sino más bien protegerlos de una forma limitada y previsible. El mejor ejemplo de ello son las reglas de origen. Por medio de estas, se establece una fórmula para determinar el valor económico que se va añadiendo a un bien o servicio cuyo proceso productivo se despliega en más de dos países. En función de ello se fija un mínimo de contenido nacional o regional (México-Estados Unidos-Canadá, en nuestro caso) para que puedan ser elegibles para concesiones tarifarias. Es un mecanismo orientado a evitar que terceros países lleven sus mercancías a una de las naciones del Tratado y las reexporten sin pagar el correspondiente arancel.

Aun respetando los mínimos determinados, es una barrera para incorporar partes de origen extranjero, porque implica un enredado, tardado y oneroso papeleo para los gobiernos y para las empresas: elemento por elemento debe ser catalogado y seguido en cada etapa productiva, asignándole un costo respaldado por la respectiva documentación.

Lo que había antes de 1994 era el Sistema Generalizado de Preferencias, que concedía beneficios sólo hasta un volumen determinado de exportación. Estaban además los acuerdos sectoriales, como el agrícola o el textil, que año con año cambiaban las cuotas permitidas. Eso impedía que las empresas crecieran y se interesaran por el mercado externo.

En las negociaciones de 1990-93, México resguardó a sectores sensibles y consiguió condiciones ventajosas no sólo en manufactura sino también en servicios (como la construcción). Tan es así que en 2003 y 2005 se negociaron rebajas para permitir que un grupo adicional de productos recibieran trato favorable.

La industria automotriz se expandió aquí espectacularmente porque se incluyó en un capítulo aparte, con una liberalización muy gradual, destinada a proteger a los proveedores locales de autopartes, y un alto requerimiento de contenido regional, dispuesto para limitar la participación de fabricantes de otros continentes.

En cambio, en textiles las reglas llevaron a que empresas estadounidenses fueran proveedoras dominantes de la confección de ropa en México.

LA PRETENSIÓN DE EU

Alegan los americanos que, aprovechando los que consideran bajos niveles de contenido regional exigidos por el Tratado, los asiáticos han inundado el mercado de artículos baratos de ínfima calidad, que compiten deslealmente con los originados en el ámbito del TLCAN.

Se quejan particularmente de que componentes electrónicos chinos, importados a México, se desvían a Estados Unidos y desplazan a los elaborados allá.

Para reducir el déficit comercial y elevar el empleo, el presidente Donald Trump quiere que la industria manufacturera regrese a su país. Va a ofrecer menores impuestos y facilidades para repatriar capitales. Al mismo tiempo amenaza con nuevos gravámenes a las compañías que produzcan fuera de EU.

Le interesa en particular la industria automotriz, porque representa la cuarta parte del déficit comercial y porque algunas plantas reubicadas en México estaban originalmente en los estados que le dieron el triunfo. Esa fue además la principal razón por la que ordenó abandonar las negociaciones del Acuerdo Transpacífico, en el que se había fijado un nivel de 45 por ciento en vehículos.

Prometiendo estímulos e intimidando vía twitter, logró ya que Ford, General Motors e incluso la japonesa Toyota, cancelaran proyectos en nuestro territorio.

Algunos legisladores pugnan porque además de elevar el contenido regional (en automóviles de 62.5 a 75 por ciento) se imponga un mínimo de contenido nacional para EU.

Considerando que hoy se arman coches con más de la mitad de su valor incorporado en México, eso implicaría una reducción drástica de las ventajas de seguir siendo parte del Tratado. Si se aprobara un esquema de ese tipo, sólo tendríamos un trato preferente como proveedores de materias primas o de equipos y accesorios de bajo valor agregado. Seríamos, otra vez, sólo maquiladores. Hay que buscar alternativas que convengan a ambos.

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