Opinión

Reformas y futbol

La gran fiesta llega a su fin, hemos visto casi de todo: lucimiento, elocuencia, estrategia, grandes jugadas, articulación, confusión, denostación, chapuza, engaño, goles, penalizaciones, banalidad, enfrentamiento, desorientación, justificaciones y discursos; lágrimas y risas y un gran público expectante, colmado de adrenalina y, a pesar del ruido, mudo. La incertidumbre y el desconcierto se confunden con la esperanza y el renovado anhelo de todos los tiempos en un ciclo que se repite inexorable. ¡El próximo será nuestro!, grita la pasión; ¡ganaremos!, dicta la esperanza.

Pese a la estadística y a la experiencia, la afición se aferra, de manera natural, a la promesa de triunfo, a la expectativa de mejoría, de éxito, de futuro. La afición no repara en ciencia, no hay tiempo para ello, acude al carisma y a la oferta, a la declaración. A la promesa sentida y actuada.

El director tiene todo calculado, es su función y el experto, no sabemos su estrategia magistral. A lo más, la lucubración se asoma en los expertos de las charlas de sobremesa. Los eruditos hacen las predicciones para alinear los mejores cuadros y advertir las mejores soluciones. La tele de las 10:30 P.M. nos seduce y nos induce al maravilloso Matrix. Los legos siguen a sus piojísimos directores y confían, fanáticamente en su sabiduría, llevada a la excelsitud académica. A tal fin, la nación ha depositado en estos cruzados, de más cualidad pedestre que de calidad científica o cualificación ética probada, su fe. Son los “mejores de cada casa” que van a defender el honor común de todos en sólidos combates por la presente y futura salud patria, sin reparar en sacrificios propios ni en la renuncia a beneficios personales.

Se diseñan complicados escenarios, técnicos y científicos, las más de las veces acompañados de prometedores resultados, que los profanos no alcanzan a entender a cabalidad pero que asumen como propios dadas las virtudes de sus guías y expertos dirigentes. La sabia verbal irrumpe impetuosa, elocuente e inspiradora, “la patria entrega el refrendo de su virtud, inmortalizada en los colores nacionales, a sus más preclaros vástagos, quienes asumen la alta misión de poner en la cima del universo su inmaculado honor”. Han de lograr, con la más alta dignidad, con la magia de sus dones, así sean sus agraciadas y potentes extremidades inferiores, los más caros anhelos, los más firmes propósitos de felicidad y progreso de toda una nación, que vive hoy y que tratará de vivir mañana.

¡¡¡Goooooolllllll!!!, grita la afición ante la agitación de las redes de la portería, no repara aún, sumida en el éxtasis de la esperanza, que la pelota ha invadido su propio marco y que el balón ha sido introducido en su propia portería, de manera consciente o por error de sus jugadores.

El error en la propia anotación, tendrá el castigo perenne de la conciencia en el jugador y, sin duda, tratará de reivindicarse asumiendo una actitud de triunfo para reparar su culpa, consecuencia natural del límpido sentido humano.

Por contrario, la actitud lesiva y consciente del jugador, sabedor de la falta voluntaria que protagoniza, cometida premeditadamente por interés propio, no tendrá culpa para sí, será exitosa a su veleidad y satisfactoria a su instinto, pese al daño cometido contra todo el equipo y contra la afición inmensa. Su interés individual en el campo de juego y el de su grupo será satisfecho. Se asumirá exitoso por los logros así obtenidos. Este juego es su negocio y el que no lo juegue de esa manera y aproveche de él, será un gil.

Acre actitud tan cotidiana y perniciosa en nuestro estadio…

Si las reglas establecidas al juego no son favorables, siempre será posible que evolucionen con un pensamiento modernizante y proactivo, siempre y cuando sean remontables en el terreno de la realidad.

Para el aficionado un buen juego no es el que se gana, sino el que mayor espectáculo ofrece, más adrenalina y mayor diversión. Prioridad del pueblo.

Para el directivo, un buen juego es el que mayor rendimiento ofrece, el más lucrativo y el menos costoso. Prioridad del príncipe.

¿Apuesta romana?, ¿pan y circo?

Pero, dejemos la política y vayamos al futbol, eso importa.

Indefectiblemente el mejor es Alemania. Felicidades.