Opinión

Reformas, acuerdos: un Pa(c)to cojo


 
En el lenguaje político estadunidense se asume el pato cojo al presidente en el último año de su segundo periodo cuando carece de poder por la imposibilidad de una tercera reelección. Así ha quedado el Pacto por México en la segunda fase de su implementación.
 
Luego del saldo positivo con las reformas educativa y en telecomunicaciones, los resultados en la hacendaria-fiscal-presupuestal fueron menores y dejaron un ambiente de pocas certezas sobre la reforma energética que sigue en la agenda y sin una claridad en torno a la reforma electoral.
 
 
En este sentido, el Pacto por México aparece como un pato cojo al estilo estadunidense: una iniciativa que perdió el consenso original, con partidos que vieron la reforma del proyecto nacional pero que carecieron de cohesión interna en cada uno de ellos como para reformar el Estado que debió de haberse rehecho en el 2000 con la alternancia partidista y con puntos pendientes subordinados a las divisiones internas y las luchas por el poder en el PAN y en el PRD.
 
 
Si se revisa el ánimo que llevó al Pacto, la definición de un espacio coincidente en las agendas legislativas abrió la posibilidad de entrarle a las reformas estructurales del Estado priista que siguió vigente en los doce años panistas y el PRI como una minoría de un tercio del poder político electoral. El pivote del Pacto lo significaba el PRD que hasta ahora, con jaloneos internos y presionado por un López Obrador que ni siquiera es ya del PRD, ha podido mantener la cohesión, pero con un PAN sin rumbo político, en disputa por su dirección nacional.
 
 
La reforma energética será la madre de todas las batallas políticas por las reformas. El Pacto significaba la posibilidad de reconocer la inviabilidad del modelo de desarrollo priista, del Estado priista y de la Constitución priista. El PRD de Los Chuchos logró dar el paso decisivo para replantear proyectos ideológicos y desembarazarse del lastre que ha representado para la izquierda la Revolución mexicana.
 
 
Sin embargo, el PRD aparece atenazado por una pinza cuyos extremos representan los mismos intereses del viejo régimen priista: el neopopulismo de López Obrador y el neocardenismo de Cuauhtémoc Cárdenas, el primero apostándole al fracaso de un proyecto económico que no descansa en la manipulación ni la capitalización de la pobreza y el segundo más bien en defensa de la herencia histórica que respondió a un tiempo político-histórico que ya no existe.
 
 
El país enfrentó en 1982 el final viable del modelo de desarrollo estatista, aunque el salinismo introdujo reformas neoliberales incompletas, sin reforma política y con engaños ideológicos; de entonces a la fecha, México ha transcurrido entre una globalización capitalista sin adecuación nacional, con una estrategia de estabilización macroeconómica con creciente empobrecimiento social. El salto democratizador de la alternancia fracasó por la falta de rediseño del proyecto nacional de desarrollo.
 
 
El Pacto fue la oportunidad para sepultar definitivamente el proyecto nacional priista diseñado por la Revolución Mexicana y construir un modelo de desarrollo modernizado bajo la rectoría del Estado. Sin embargo, los problemas al interior del PAN, las presiones polarizantes de López Obrador y Cárdenas y la ausencia de un PRI propositivo y más bien pasivo han dejado al Pacto como pato cojo.
 
 
El Pacto va a continuar porque es un espacio de no-ruptura pero podría liquidar sus posibilidades de largo plazo si la reforma energética no le entra al debate de los puntos constitucionales. La propuesta de Peña Nieto fue la de la reforma del proyecto nacional priista, pero PAN y PRD parecen más interesados en defender el modelo populista del viejo régimen priista que se niega a morir.
 
 
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