Opinión

Reformar los partidos

Germán Petersen Cortés
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Andrés Manuel López Obrador, líder de Morena, en su visita a Jiménez del Tul, Zacatecas, ayer. (Especial)

Tras un largo ciclo de reformas a la democracia mexicana, las elecciones del pasado 5 de junio demostraron, con ocho alternancias –entre ellas cuatro primeras alternancias–, que hoy los votantes castigan en las urnas a los malos gobiernos y este castigo se respeta.

En contraste, ha surgido un nuevo problema: la salida del gobierno de un partido que defraudó, suele dar paso a la llegada de otro partido que también terminará por defraudar –y quizá gravemente– y así dar lugar a una nueva alternancia. La transición mexicana derivó en una rotación coyuntural de partidos en un contexto de insatisfacción estructural con la democracia y las instituciones.

En el centro de esta situación está la negativa de los partidos a reformarse. La siguiente generación de reformas al engranaje electoral mexicano debe enfocarse en las estructuras, reglas y usos internos de los partidos, más que en la lógica de la competencia entre ellos.

Esta agenda de transformación requiere que los partidos rompan inercias y se renueven a fondo como instituciones, dotándose de reglas claras y que se apliquen, consolidando dirigencias rectoras mas no controladoras, acostumbrándose a la competencia interna, mejorando la calidad de sus cuadros, y aceptando la rendición de cuentas –interna y externa– como elemento esencial de la democracia.

Los presidentes de los partidos tienen una enorme responsabilidad en este sentido: Ricardo Anaya en el PAN, Enrique Ochoa en el PRI, Alejandra Barrales en el PRD y Andrés Manuel López Obrador en Morena.

Hay retos institucionales comunes a los cuatro mayores partidos –PAN, PRI, PRD y Morena–, que se suman a otros retos: ideológicos, programáticos, de arraigo social, etc.

Entre los problemas institucionales de todos los engranes partidistas está la disonancia entre las ideologías, programas y estatutos formales, y sus alianzas, decisiones internas y ejercicios de gobierno. También la relación de los partidos con sus militantes, quienes tienen espacios limitados de participación y contribuyen poco al sostenimiento financiero de los partidos. Adicionalmente, la poca transparencia, considerando que ejercen dinero público –y a manos llenas.

Además hay retos institucionales particulares de cada partido. El PAN enfrenta la prueba de traducir su discurso anticorrupción en decisiones firmes contra sus militantes corruptos, lo que a su vez precisa de la reactivación de las instancias internas de honor y justicia. También requiere romper con un faccionalismo en el que grupos de interés locales han secuestrado posiciones, candidaturas y presupuestos, sin miramientos por la institución como conjunto –un absurdo en cualquier partido moderno.

El PRI no ha demostrado estar dispuesto a comportarse de manera plenamente democrática, ni en lo interno ni en lo externo. El partido sigue atado a los viejos usos patrimonialistas, corporativos y clientelares, y acostumbrado a una verticalidad casi absoluta –con el presidente en la cúspide–, tanto en los estados como en la Federación. Además, el estilo priista de gobernar consiste, como antes, en el reparto de beneficios desde las cúpulas.

En la izquierda, el PRD es aun más que antes una arena de confrontación entre grupos, no un aparato de acción política. En la actualidad, no hay siquiera una idea de colectivo entre los miembros del partido. Reformar el PRD supone, primero, establecer reglas básicas de entendimiento y, luego, que éstas sean aplicadas por una dirigencia nacional que no esté exclusivamente sostenida por frágiles acuerdos entre grupos.

Morena es en realidad un híbrido entre partido político y movimiento social, que a su vez tiene movimientos sociales en su interior, encabezado por un líder carismático-populista. Ni siquiera es claro si a Morena –o a su líder– le interesa tener institucionalidad, competencia interna y alguna especie de pesos y contrapesos, o si se conformará con seguir siendo un aglutinador de discursos antisistema, demagógicos y polarizantes. En el remoto caso de que sí le interesara la institucionalidad a Morena, está lejos de alcanzarla.

En la emoción de quienes ganaron el 5 de junio, la tristeza de quienes perdieron y las aspiraciones de algunos que hoy están en las cúpulas partidistas, se puede pasar la oportunidad de reformar el engranaje partidista. Las opciones son reformar o seguir condenando a la política mexicana a una versión matizada del gatopardo de Lampedusa: que aunque los partidos gobernantes cambien, todo siga más o menos igual –empezando por la insatisfacción con la democracia.

El autor es estudiante del doctorado en Gobierno en la Universidad de Texas en Austin.

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