Opinión

Reforma ¿por fin?

Desde que nos apareció petróleo en abundancia en la cuenca de Burgos y a la OPEP se le ocurrió la brillante idea de decretar un embargo petrolero, a los mexicanos no han dejado de ocurrirnos desgracia tras desgracia. Salvo un reducido número de políticos norteados, que opinan que deberíamos mantener a la petrolera bajo el control total del gobierno y no ceder nada ante la iniciativa privada nacional y menos contra la extranjera, el resto de los mexicanos, si se atrevieran a informarse bien y a fondo, estarían de acuerdo en que hagamos lo posible por mantener al gobierno lo más alejado posible de la empresa. Simplemente recordemos lo que sucedió a finales de 1982 y que ahora tiene todos los ingredientes para repetirse.

Fue una lección muy sencilla que los mexicanos, y menos el gobierno, no hemos aprendido: los elevados precios dan viabilidad a programas de investigación para buscar fuentes alternativas de energía y para utilizar en forma más eficiente un recurso escaso y por lo tanto caro. Aquí nos decidimos a hacer una reforma en la materia justo antes de que iniciara la debacle en el precio, ahora propiciada por ambos lados de las pinzas del mercado, la oferta creció mucho y la demanda ha disminuido considerablemente. En marcado contraste, en México mantuvimos un absurdo subsidio al precio de la gasolina y le tiembla la mano a la autoridad para diseñar y aplicar toda una serie de medidas para que la gente deje de utilizar el coche, en especial las señoras y licenciados que se las dan de mucho poder y traen enormes e ineficientes camionetas, para quienes debería imponerse un impuesto ecológico que haga verdaderamente caro usarlas. Hasta a la junta de gobierno del Banco Central le daría gusto esta medida, ya que su efecto inflacionario sería mínimo, de corta duración y les bajaría la temblorina que les da nada más pensar que en hacienda tengan otra brillante idea de elevar el déficit y el endeudamiento.

Lo que también ya en necesario pensar, y muy en serio, es en como despetrolizar a las finanzas públicas; esto es, que los ingresos del petróleo en vez de representar 45 centavos de cada peso gastado, pasen a menos de 10. No hay de otra; como lo han dicho una y otra vez los clásicos y algunos no tan clásicos de la economía: hay que hacer una reforma fiscal a fondo y exigir al gobierno, en todos los niveles, que sólo gasten lo que recauden. La solución es sencilla, para una economía tan sui géneris como la mexicana, por no decir bananera y tropical: elevar la tasa de IVA hasta un módico 22%, ver la forma de bajar la tasa de ISR, sin retomar la absurda idea de la consolidación, ni REPECOS, ni estímulos para la inversión y el empleo, pero eso si, eliminando toda una serie de programas de gasto absurdos, que sólo sirven para que algunos funcionarios y gobernadores se luzcan y muchos líderes de bajo calibre se enriquezcan. Claro, para esto hay que tener voluntad política (al parecer así se le llama ahora a los productos de gallina), legitimidad, (que puede ganarse metiendo a algunos corruptos a la cárcel) y convicción (que al parecer ninguno de los noveles miembros de las dinastías políticas jurásicas tiene). Claro que ayudaría mucho contar con la opinión de expertos en la materia, en especial de alguien que no tenga interés en hacer carrera política, porque esos son un peligro.