Opinión

Reforma política o modernizadora


 
Ahora que el Pacto llegó a su nivel de incompetencia y que el PAN y el PRD prefieren acotarlo para sobrevivir sus dirigencias, las posibilidades de un acuerdo para la reforma del modelo de desarrollo podría trasladarse a otros niveles.

 
Hasta ahora existen quizá sólo dos propuestas que van más allá de las reformas cosméticas: la definición de presidencia democrática que delineó Enrique Peña Nieto durante su campaña y que luego completó con sus de reformas estructurales y la iniciativa de un gran acuerdo nacional que definió Manuel Camacho Solís en su libro El desacuerdo nacional, de mediados del 2006.
 
 
La posibilidad de fusionar ambos proyectos podría conducir a la definición de la instauración democrática como paso siguiente de la transición lograda en el 2000 y refrendada en el 2012. Por sí solo, como ya se vio en las frustraciones del Pacto por las condicionalidades del PAN y del PRD, ninguna fuerza política podrá convencer a las demás de sumarse a las propuestas originales.
 
 
El 22 de mayo del 2012, en plena campaña presidencial, el candidato priista delineó los diez puntos de su oferta de “presidencia democrática”, entre los cuales hubo el reconocimiento a nuevas realidades sociales y políticas, pero también la necesidad de reorganizar el poder en función de los objetivos de combatir la desigualdad. Las reformas estructurales de Peña se deben ver en el sentido de redefinir el modelo de desarrollo.
 
En su libro de 2006, Camacho Solís aborda el problema de los desentendimientos políticos en el poder y por tanto de la falta de objetivos comunes capaces de ser negociados en aras de definir un proyecto plural. En el texto incluye una frase que podría resumir el fondo de los desacuerdos como tragedia nacional: “México está necesitado de un acuerdo nacional que nos ayude a salir de los males históricos”. En el esquema de opciones que ha trabajado Camacho Solís como politólogo hoy más que nunca se percibe la urgencia: ni derecha ni izquierda, sino una hegemonía de centro que trascienda las limitaciones ideológicas de las reformas.
 
En el debate de este año, Camacho Solís fue el arquitecto de la iniciativa de reforma de régimen que propusieron las bancadas del PAN y del PRD en el Senado, aunque ese programa de reformas no fue considerado en el Pacto. De ahí la posibilidad de que la presidencia democrática de Peña Nieto y el acuerdo nacional de Camacho Solís, ambos con sus reformas estructurales para la modernización política y productiva de México, puedan juntas ser la última oportunidad real para salir del estancamiento del desarrollo.
 
El México actual sólo puede crecer a tasas menores a 3 por ciento anual, con tropiezos de desaceleración, por el acotamiento del viejo modelo de desarrollo estatista y constitucional. Por tanto, el salto industrializador podrá darse únicamente si existe un acuerdo nacional para modificar la trípode del viejo régimen priista: el sistema político, el modelo de desarrollo y el pacto constitucional.
 
Si el PRI aislado no va a poder avanzar, si el PRD carece de un proyecto alternativo y si el PAN tardará en reconstruir su derrota del 2012 y su fracaso de dos sexenios en la presidencia, el proyecto de acuerdo del desarrollo que debiera completar la transición electoral sólo podrá alcanzarse si hay acuerdo en las élites en función de un nuevo desarrollo. Ahí es donde encajaría un entendimiento Peña Nieto-Camacho Solís, si acaso los dos líderes en posiciones de poder pueden trabajar una propuesta viable de reforma de régimen a partir de compromisos ya delineados.
 
La salida del desarrollo se encuentra más allá de Salinas de Gortari y de López Obrador y por encima del PRI y del PRD. La encontrarán sólo los modernizadores y comenzaría por un acuerdo político de ciertas élites.
 
 
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