EF RADAR
Opinión

Reforma petrolera: debate casi perdido


 
 
El debate a favor de una reforma del sector petrolero está casi perdido en la opinión pública. No por culpa de los reformistas, sino porque los opositores están predispuestos a creer y hacer creer lo que quieren ver: un asalto a la riqueza petrolera y el sacrificio de la soberanía. Diga lo que diga la propuesta del gobierno, el presidente Peña Nieto será acusado de 'vende patrias' y traidor a México. Hay 4 razones de la eficacia de los opositores.
 
La primera es el desprestigio de las políticas 'neoliberales' que data de los años noventa, no sólo en México sino en muchas economías emergentes. Como las privatizaciones de entonces no se acompañaron de una regulación adecuada ni de la transparencia para evitar la corrupción, en muchos casos las nuevas empresas privadas mantuvieron su condición monopólica, o bien, extrajeron rentas exorbitantes del mercado. Algunas empresas públicas se adquirieron al amparo del influyentismo y la corrupción. Esa primera ola privatizadora —que coincidió con diversas crisis financieras, en México en 1995— llevaron a que muchos equipararan reformas de mercado y privatización con crisis y desigualdad.
 
La segunda razón de la eficacia de la estridencia anti reformista es de ignorancia o táctica política. Por una parte, muchos confunden inversión privada con privatización. Por otra, es más sencillo atacar una propuesta con base en estereotipos que con razones técnicas. Que hoy Pemex esté secuestrada por algunos contratistas corruptos y por algunos líderes sindicales que hace décadas 'privatizaron' muchas actividades de la empresa, poco importa. Los malos son los inversionistas de bombín negro y abdomen profuso.
 
 
La tercera razón es de reputación: en México la inversión privada es vista con recelo por un segmento de la población: encuesta tras encuesta muestra que la mayoría rechaza la inversión privada en petróleo. Educados durante buena parte del siglo XX respecto a los empresarios como abusadores y enemigos de la clase trabajadora, hoy muchos siguen viendo con recelo que los particulares participen en actividades del petróleo. Para muchos, el gobierno es el único que debe generar riqueza, sin importar que lo haga mal o con mucha corrupción.
 
 
La cuarta razón de la eficacia del discurso anti reforma es oportunismo. Diversos grupos requieren una bandera de lucha, un catalizador para salir a las calles y presionar al gobierno. López Obrador —quien frente al Pacto por México se quedó sin discurso— necesita reflectores y hará lo necesario para subirse a la ola anti reforma, reitero, diga lo que diga la iniciativa que presente el gobierno o la que eventualmente se apruebe. Hasta Marcelo Ebrard, político más moderno e inteligente, actúa de forma oportunista con un discurso defensivo y conservador bajo una bandera 'progresista'.
 
 
También requieren una bandera de lucha 'revolucionaria' grupos como los electricistas o los maestros disidentes, para quienes oponerse a la reforma es parte de una narrativa de defensa de los intereses populares. También hay grupos radicales como policías comunitarias o incluso guerrilleros que pueden expandir su radio de acción más allá de sus enclaves regionales. Finalmente la dirigencia formal del PRD, negociadora y sensata, está forzada a oponerse con estridencia. Si López Obrador y Ebrard ya anunciaron sus posiciones, no hay forma de construir otra posición frente a un tema simbólico tan enraizado en la cultura política y popular de México.
 
 
Frente a los opositores dispuestos a tomar tribunas y calles, están los 'modernizadores': funcionarios públicos, analistas, inversionistas, académicos, legisladores —tanto convencidos como sin convicciones pero con disciplina—, entre otros. Estos no saldrán a las calles, sino apoyarán con votos o con inversiones o con ideas la reforma de Pemex. Lo más importante de la estrategia reformista es aceptar que el debate no se puede ganar, solo paliar. Podrán ganar con los votos legislativos y ojalá así sea, pero la batalla de la opinión solo se ganará si la reforma surte efecto en algunos años.
 
 
Hay un discurso potente que puede ser atractivo en la opinión pública: el de la integridad y combate a la corrupción para que la riqueza petrolera sea en beneficio de los mexicanos.
 
 
Hoy la inversión privada está proscrita, pero una parte de la renta petrolera se va en corrupción. ¿De qué sirve el nacionalismo si hoy parte de la riqueza se va a los bolsillos de algunos contratistas privados, funcionarios corruptos y líderes sindicales?
 
 
El verdadero enemigo que obstaculiza que la renta petrolera sea en beneficio de los mexicanos no es la inversión privada sino la cadena de sobornos, complicidades y abusos de algunos contratistas y dirigentes sindicales que ya privatizaron la empresa en su beneficio.
 
 
Si la reforma petrolera ataca este problema de fondo y ofrece garantías de que la nueva inversión privada se hará de la mano de una mayor integridad corporativa, algunos fantasmas pueden evaporarse.
 
 
 
Twitter: @LCUgalde