Opinión

Reflexión sobre el tiempo y el trabajo eficientista

Dr. Víctor Manuel Pérez Valera

Profesor de tiempo completo de la Universidad Iberoamericana.

Al principio del año es especialmente importante reflexionar sobre el tiempo. La calidad de la vida, que ningún gobierno nos puede dar, depende de saber asumir las dimensiones antropológicas en las que la vida se nos da, y entre ellas el tiempo. Sobre todo ahora en que el tiempo suele asociarse a la aceleración y a la velocidad.

La sociedad tecnológica ha hecho al hombre el amo del tiempo, lo ha enseñado a medirlo con precisión, pero también a dosificarlo en el trabajo de modo eficientista, cosificante, y aun esclavizante.

Esto nos puede llevar a perder la captación de nuestra finitud y de nuestro destino en el mundo: el tiempo en nuestra dimensión ética. Una frase de Anaximandro, a este respecto, y que es quizá la expresión más antigua del pensamiento occidental, nos recuerda que “de donde las cosas tienen su origen, hacia allá tienen que perecer también, necesariamente, pues deben pagar deudas y ser juzgados por su injusticia después del tiempo fijado”. En efecto, el enigma del tiempo con su carácter huidizo e irreversible está sumergido en los enigmas de la vida, de la que surgen actitudes que tienen que ver con el arte de vivir y la temporalidad: paciencia, espera, perseverancia, fidelidad, esperanza y sentido de la vida. No todo puede reducirse a la eficacia en el trabajo: el trabajo por el trabajo cultiva lo insubstancial.

En esta línea se desarrolla la reflexión de san Agustín. Para el filósofo de Hipona, el tiempo más que ser la medida del movimiento de un cuerpo, es la distensión del espíritu. El hombre no sólo mide el tiempo sino es la medida del tiempo. En efecto, en la distensión del espíritu todo tiempo de alguna manera puede ser presente: en la memoria si es pasado, en la atención si es actual, y en la espera si es futuro.

Ciertamente el hombre puede dispersarse en las cosas temporales y perderse en ellas, en vez de enfocarse más bien a una distensión hacia adelante mediante la intención que pone en lo que realiza, para superarse y construir su futuro. Más aún, trascendiendo el tiempo, el ser humano debe escrutar el “más allá”, la dimensión de eternidad, que sin embargo, no es un tiempo prolongado, sino la posesión de una vida interminable de modo simultaneo y perfecto.

En contraste, vivir en el tiempo puede disolverse en la distracción, en no asumir con seriedad los momentos importantes de la trama de la vida, sino disolverse en la fragmentación del tiempo, en un tomar la vida a la ligera y dedicarse a “matar el tiempo”, que en el fondo sería una especie de suicidio, ya que el ser humano expuesto pasivamente a la multiplicidad del tiempo, puede llegar a quedar aplastado bajo el leve peso de lo temporal.

El alma debe elevarse, ascender a la vida espiritual. Esto de ningún modo iría en contra de utilizar sanamente el tiempo libre, de dedicar tiempo al descanso y de gozar algunos momentos de diversión. Casi todas las religiones piden dedicar un día a la celebración del tiempo, y del espíritu. Los días de las fiestas religiosas vividos adecuadamente, posibilitan cortar el ritmo acelerado de los días laborables y establecer una relación armónica con las cosas, con las personas, consigo mismo y con el ser trascendente. No celebrar es signo de insolvencia, de bancarrota espiritual.

La humanidad hoy en la posmodernidad, parece dirigirse a un futuro incierto, parece emprender un camino sin esperanza de futuro, incluso prolongar la vida en la angustia o en el aburrimiento como lo expuso acertadamente Simone de Beauvoir con la vida de Foscas, en su novela Todos los hombres son mortales.

Otra característica del hombre posmoderno es estar asfixiado por la prisa. Hacer todo a la carrera ha llegado a ser como un frenesí. Un enfoque del trabajo productivo- eficientista iría por ese camino: la persona se prodiga en las cosas, se le considera como el engranaje de una máquina en una cadena de montaje. Se cae en el apresuramiento caótico. No hay tiempo para entender y gozar la vida y disfrutarla como decían los latinos con lenta prisa (festina lente). De otro modo el verdadero tiempo perdido es el que se consume en la agitación.