Opinión

¿Reelección de Peña
en 2018?

Enrique Peña Nieto es un misterio para observadores del presente y lo será para los historiadores del futuro. Un hombre intelectualmente limitado que ha sido el más brillante estratega legislativo en décadas, logrando lo impensable: reformas transformadoras con un Congreso fragmentado. Adora los reflectores pero carece de esa campechanía y espontaneidad del político nato, quizá porque salirse del guión le ha salido muy caro en la era de YouTube. Es impresionantemente vanidoso (han vuelto los tiempos de El-Señor-Presidente-esto-y-aquello) pero permite que brillen sus colaboradores (¿Cuántas veces se habla de Luis Videgaray como la materia gris del régimen?).

Carlos Salinas de Gortari fue el último gran transformador. Llegó a la Presidencia joven (40 años) y dispuesto a hacer lo impensable. Peña juró el cargo con 45 años. Su agenda transformadora promoverá un fuerte despegue económico a partir de 2016-17. Es muy probable que entonces, como con Salinas en 1992-93, empiecen a cantar las sirenas reeleccionistas –música celestial para los oídos presidenciales.

Y, a diferencia del sexenio salinista, hay factores internos y externos que apoyarían la noción de reelección por una sola ocasión (sumando 12 años). Por una parte, por más que López Obrador se obstine en creer lo contrario, los votos se cuentan y cuentan. Salinas llegó a Los Pinos con la sombra del fraude. En 2018, de serle permitido presentarse de nuevo, Peña puede ser derrotado, como estuvo cerca de ocurrirle recientemente a Santos en Colombia y podría suceder con Dilma en Brasil.

América Latina presenta varios casos de naciones democráticas que cambiaron la ley para permitir a un presidente exitoso tener otro turno consecutivo en el cargo: Brasil (Fernando Henrique Cardoso), Colombia (Álvaro Uribe) o Argentina (Carlos Menem). Puede argumentarse que el andamiaje institucional de México es sólido, evitando fenómenos autoritarios como Chávez en Venezuela o Fujimori en Perú (que volvió a prohibir la reelección consecutiva después de la experiencia). Dicha solidez fue evidente durante la intentona golpista (no merece otro nombre) de AMLO en 2006.

Por otra parte, en el ámbito nacional, nociones constitucionales que parecían intocables como la explotación petrolera en manos del Estado o, de hecho, la no reelección consecutiva de legisladores federales, ya fueron modificadas en el huracán reformador peñista. Podría pensarse que lograr la modificación constitucional para permitir la reelección presidencial es imposible, pero lo mismo se decía sobre abrir el sector energético a la inversión extranjera.

¿Por qué no hacerlo? De entrada, porque 12 años son muchos. Los períodos presidenciales de 4-5 años se adaptan mejor a la reelección que el sexenio (como lo demostró el caso de Francia, que en 2000 redujo el período presidencial de septenio a quinquenio). Además, está el problema del presidente-candidato en un país en que cualquier atisbo de propaganda electoral por parte de alguien con un cargo público es causa de profunda sospecha. ¿Dónde acabaría el presidente y empezaría el aspirante?

Ni modo que Peña, en plena campaña reeleccionista en 2018, termine todo acto diciendo: “este programa es público, ajeno a cualquier partido político, incluyendo el mío. Tengo prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa”.

Una alternativa más realista, políticamente factible, sería permitir la reelección no consecutiva. Peña podría presentarse en 2024, con 58 años de edad, la misma que tenía Vicente Fox en 2000. La posibilidad de encabezar otro periodo de gobierno, como Alan García en Perú o Bachelet en Chile, estaría abierta sin todos los cuestionamientos de la reelección consecutiva.

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