Opinión

Recrudece guerra secreta en el país de los cedros


 
El ataque registrado en el epicentro del poder político y militar del Hezbolá confirma que Líbano está pagando y pagará un precio muy alto por ser la arena donde se dirimen las pugnas regionales, en este caso probablemente la decisión de Arabia Saudita de operar por su cuenta, al margen de Estados Unidos y con apoyo israelí, ante la derrota que están sufriendo los rebeldes fundamentalistas de Al Qaeda en Siria.
 
No es ninguna casualidad que el Hezbolá esté en la mira del extremismo sunita desde que a fines de 2013, en represalia por la negativa estadounidense a intervenir en Siria, ante la flagrante invención de un “ataque químico contra civiles” en Damasco, que en todo caso habría sido obra de los fanáticos del Frente el Nosra, financiado por El Riad y otras monarquías del Golfo Pérsico, el influyente príncipe Bandar ben Sultán, jefe del espionaje saudí ––apodado Bandar Bush por los largos años que pasó como embajador en Washington, a la vera de la dinastía texana–– amenazara con reaccionar en defensa de sus intereses geopolíticos y sectarios.
 
Para los sauditas resultó intolerable, además, que Barack Obama lograra un acuerdo preliminar con Irán sobre el programa nuclear de la potencia chiita, aliada del presidente sirio Bashar el Assad y del Hezbolá, que marcó el vuelco de la guerra en el país vecino con el envío de miles de efectivos.
 
 
Analistas
 
 
Analistas como The Vineyard of the Saker y Moon of Alabama han destacado que ante su incapacidad bélica y las escasas posibilidades de que Israel agreda a Irán sin el permiso de EU, a El Riad no le queda más alternativa que recurrir al terrorismo que ha sabido manejar muy bien desde los tiempos en que el millonario Osama ben Laden se codeaba con los nobles sauditas y sus asesores de la CIA.
 
En este marco se inscribe la agudización de la lucha en Líbano, en la que, por supuesto, el Hezbolá también ha respondido, liquidando con un carro bomba el 27 de diciembre, según todas las señales, a Mohamed Chatá, ex embajador en Washington y ex ministro de Finanzas, cercano al Movimiento Futuro del ex premier Saad Hariri, hijo de otro antiguo gobernante, Rafic Hariri, asesinado en 2005 en un golpe demoledor que se atribuyó a Siria y que determinó la salida de sus 40 mil tropas de Líbano.
 
 
Chatá, un tecnócrata que trabajó en el FMI, indicó en Twitter horas antes de su muerte en el centro sunita beirutí que el Hezbolá presionaba para obtener “poderes similares en política exterior y seguridad a los que Siria ejerció en Líbano durante 15 años” tras el fin del conflicto civil de 1975-1990. Tampoco es una coincidencia, claro está, que el 16 de enero el tribunal de Naciones Unidas para Líbano comenzará el juicio en ausencia de cinco miembros del Hezbolá sospechosos de participar en el homicidio de Hariri.