Opinión

Reclusión

10 febrero 2014 4:20 Última actualización 24 octubre 2013 5:2

 
Ricardo Márquez
 

Antes de empezar a escribir reviso por enésima vez el video en el que una supuesta maestra maltrata físicamente y con gritos histéricos a un indefenso menor de tres años que llora desconsoladamente.
 

Es un ejercicio obligado porque he leído algunas notas y comentarios periodísticos que se refieren al mismo hecho pero que parecen ver en él acciones y sucesos radicalmente distintos. Mejor revisar una vez más.
 

No es necesario que transcurran los 14 segundos de duración del video para confirmar la conclusión alcanzada desde la primera ocasión en que lo observé: la persona que aparece maltratando al infante debería estar recluida en una prisión o en institución de rehabilitación mental, ya sea por mandato de la autoridad o por voluntad propia.
 

A pesar de la evidencia pública donde aparece abusando de un menor, Elena López Fernández se queja de ser víctima de un linchamiento colectivo virtual, es decir, en las redes sociales donde, como era de esperarse, el video propició un tsunami de indignación generalizada.
 
La señora López Fernández ha buscado defenderse de distintas maneras pero la evidencia, el video, es francamente abrumador. Sólo con una buena dosis de complacencia, o bien de complicidad, los hechos y acciones que aparecen en el video pueden interpretarse de manera distinta a lo que simple, directa y llanamente se observa: una persona adulta, histérica y fuera de sí, abusando y maltratando a un menor en llanto e indefenso.
 

Ha resultado todo un personaje de colección. No niega que sea ella la que aparece en el video (sólo eso falta), pero a pesar de la abrumadora evidencia derivada de las reveladoras escenas, se asume como víctima y afirma que se comete una injusticia con ella. Difícil pensar en otra cosa diferente al cinismo patológico acendrado en los delincuentes de alta peligrosidad.
 

Le dio por nombrar a su negocio Caracola Montessori pero en el circuito de los centros educativos Montessori no tienen noticia alguna de él. Tampoco cuenta con registro de incorporación a la Secretaría de Educación Pública y como justificación de ello dice que tal cosa no era necesaria debido a que su establecimiento no es guardería ni preescolar sino simplemente un “centro maternal”. Sin embargo, al menos públicamente no se conoce licencia o permiso de alguna autoridad para operar en tal modalidad.
 

Habría que ver, además, si alertaba de tal carencia a quienes tuvieron la mala fortuna de confiar a sus pequeños hijos a esta dizque directora-maestra-guía Montessori, que con el mayor desparpajo confiesa que ni su conducta y mucho menos sus acciones están avaladas o sustentadas en algún método pedagógico ni en algún instructivo Montessori. ¿Así o más patito?
 

Habría que hacer de este caso un ejemplo de impartición de justicia. Una sentencia ejemplar cuya contundencia y severidad inhiba hasta donde sea posible el abuso y maltrato de menores indefensos. Los niños de México, no tengo duda, nos lo van a agradecer.