Opinión

Realineamiento republicano

1
 

 

ME. ¿Y si terminamos pagando el muro de Trump?

A diferencia de Europa, en donde las organizaciones políticas se formaron a partir de grandes centrales sindicales y se caracterizan por una ideología elaborada y un mando vertical, los partidos en Estados Unidos han tenido una base social difusa y han sido pragmáticos y poco estructurados. Son coaliciones que cambian en cada elección y en las que no hay una camarilla hegemónica ni alianzas permanentes. Tampoco se aferran a doctrinas o políticas determinadas. Eso explica que las propuestas de los candidatos sean inconexas y hasta contradictorias y que raramente los presidentes se preocupen por cumplirlas totalmente.

El realineamiento que ahora experimenta el Partido Republicano no es diferente a los que ha sufrido a lo largo de su historia. Al igual que en otras ocasiones, al surgir nuevas mayorías y liderazgos se le diagnostica una crisis existencial y se anuncia su fin inminente.

En la campaña de 1980 Ronald Reagan, que antes fue demócrata, tuvo el respaldo de grupos diversos: los veteranos de guerra que había aglutinado Eisenhower; los anticomunistas de hueso colorado de Barry Goldwater; los blancos del sur que lideraba el segregacionista George Wallace; la 'mayoría moral'; los fanáticos de la economía de la oferta, que deseaban un gobierno limitado y más barato; los empresarios moderados que habían impulsado la candidaturas de Gerald Ford y George H. W. Bush.

Sin embargo, el bloque clave para el exactor fueron los llamados Demócratas de Reagan. Trabajadores blancos del noreste y el medio oeste que habían simpatizado con Kennedy y Johnson pero que estaban decepcionados de Carter porque no pudo enfrentar el embargo petrolero árabe, la inflación y el desempleo. A ellos, el candidato los sedujo con un programa populista consistente en abatir los impuestos, imponerle aranceles altos a los productos japoneses y limitar severamente la inmigración, a la que se le achacaba la insuficiencia de las oportunidades laborales.

Con Reagan en la Casa Blanca se recobró el crecimiento y el empleo y se redujeron los impuestos y la inflación, pero a costa de incrementar el déficit. Viendo el potencial del voto hispano, dio la amnistía a miles de indocumentados.

A George H. W. Bush lo secundaron los halcones que querían mantener la política exterior agresiva, los evangélicos sureños, los empresarios favorables a la apertura comercial y, sobre todo, una clase media que quería pagar menos impuestos, sin importar que con ello se achicaran los programas sociales para los desfavorecidos.

Contra lo ofrecido, con Bush papá los impuestos y la deuda tuvieron una subida y puso su firma en la Ley Migratoria de 1990, que agravó la entrada ilegal de extranjeros. Por eso muchos Demócratas de Reagan le negaron la reelección votando por Bill Clinton.

Bush hijo es llevado a la presidencia por la derecha cristiana y por los conservadores preocupados por el bajo crecimiento. Su administración continuó con la desgravación fiscal y con la privatización de la seguridad social. Aun así, se disparó el gasto público y el país se fue a la recesión.

Desengañados por su desempeño, legisladores jóvenes formaron el Tea Party, que sin abandonar sus postulados libertarios trata de recuperar a los sureños, oponiéndose a la migración, y a los norteños, aceptando la recuperación de algunos derechos sociales.

El padre de Donald Trump fue uno de los pocos empresarios de Nueva York que en 1979 no apoyaron a John Conally sino a Ronald Reagan. Años después su inquieto hijo se hizo demócrata y amigo de los Clinton, sin dejar de reprocharle a Bill que haya firmado el TLCAN. En las tres anteriores elecciones, ya con la vista en su irrupción política, hizo fuertes contribuciones económicas a los republicanos.

Quienes siguen a Trump y a los otros candidatos populistas de su partido (Mike Huckabee y Rick Santorum) son muy parecidos a los Demócratas de Reagan: trabajadores blancos afectados por los cambios económicos y que se sienten traicionados al ver a Hillary aliada con la élite financiera. Como en los ochentas, culpan del desempleo a los competidores comerciales y a los inmigrantes. Nada extraño resulta por ello que Trump esté utilizando en su campaña el lema de Reagan en 1980: Make America great again.