Opinión

Realidad del transfuguismo político

 
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José Ángel Córdova Villalobos. (Cuartoscuro)

Según me enteré recientemente, el Dr. José Ángel Córdova Villalobos es candidato del PRI a la presidencia municipal de León, Gto. Se sabe que también Ana Teresa Aranda lo es a una diputación federal por ese mismo partido. A ambos tuve la oportunidad de conocer y tratar como militantes panistas, en cuyas filas fueron muy reconocidos.

Así como no me explico que personas como Juan José Rodríguez Prats hayan estado en el PRI, tampoco entiendo cómo es posible que el Dr. Córdova y Ana Teresa vayan a dar ahora a ese partido. No me cuadra. Aunque no quisiera prejuzgar respecto de decisiones personalísimas muy respetables, me parece que no armoniza su modo de ser y de pensar con lo que es y parece ser ese partido.

No opino lo mismo respecto de otros ahora expanistas, casi todos ocupantes de algún cargo público, que en las últimas semanas han desertado simplemente porque en esta ocasión no se les postuló para otro. Es un hecho cierto, lamentable desde luego, que en los últimos tres lustros ha llegado a las filas panistas un buen número de militantes de este tipo, que al no verse colmados sus apetitos personales optan por el transfuguismo. Y qué bueno, por ser muy saludable que los que sólo por eso llegaron, ahora se vayan.

Poco o nada han de saber esos desertores que antes de su arribo a las filas, hubo seis décadas de trabajo político esforzado, casi heroico, desarrollado con gran generosidad por miles de mexicanos que enfrentando riesgos, persecuciones y hasta burlas, con sacrificio de vida de familia, aportación de recursos de su peculio personal sin esperanza alguna de recibir algo a cambio, dieron y muchos aún dan –-si bien cada vez son menos-- su cuota de valioso y desinteresado testimonio al servicio de México a través de su militancia panista.

Como infortunadamente también es cierto que un buen número tiene militancia sólo porque controla –frecuentemente por los peores métodos-- los mecanismos internos que les permite seguir teniendo a su alcance lo que buscan y por lo cual llegaron, pero que cuando por alguna razón ya no lo tengan también se irán. Es ésta una verdad de a kilo y no una mera hipótesis.

Me pregunto si esos advenedizos hoy desertores, y quienes lo son en potencia, verdaderamente conocen todo cuanto costó durante seis décadas construir la obra que Gómez Morín inició en 1939. Si desconocen ese antecedente histórico, malo; y si realmente lo saben, es de imaginar cómo se burlarán de la candidez de quienes lo apostaron todo a cambio de nada para sí.

He reflexionado estas ideas durante los últimos años. Conducen a la necesidad de elaborar una teoría, rigurosa y seria, sobre lo que es y significa el priismo. Sin duda alguna éste durante ya casi nueve décadas ha permeado en la sociedad mexicana toda. Hay priistas por doquier. Desde luego en ese partido, pero también en los demás, ahora Acción Nacional incluido. En las universidades, en las iglesias, no se diga en los sindicatos y en todo tipo de organizaciones.

Se trata de una mentalidad, un modo de ser y ver las cosas, un tipo de actitudes y de conducta, claramente identificables, que cada vez cunden más por todo el cuerpo de la Nación, hoy postrada como nunca y sin una razonable explicación al respecto.

Nada sería mejor que estar equivocado en este punto. Pero a gritos todo indica que es verdadera tal correlación. No se trata de caer en un burdo maniqueísmo ni de crear un artificio para justificar el linchamiento de “los otros”. No, por supuesto que no. Pero entonces, ¿cómo explicar lo que hoy nos sucede?

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