Opinión

Reagan, Uber y Mancera

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Aplicación de Uber en México. (Bloomberg)

Ronald Reagan sentenció con ingenio y precisión: “La visión gubernamental de la economía puede resumirse en unas cortas frases: si se mueve, póngasele un impuesto. Si se sigue moviendo, regúlese, y si no se mueve más, otórguesele un subsidio”.

La frase viene a colación por la polémica que se ha desatado en torno a la plataforma Uber; una aplicación que pone en contacto –a través de un teléfono inteligente– a una persona que desea transportarse con un chofer particular que lo lleva a su destino.

Los taxistas en México, y otras partes del mundo, han calificado este modelo como “taxis piratas” y exigen, en consecuencia, que se les prohíba y se les saque de circulación, porque serían una forma de competencia ilegal.

La cuestión está en que el sistema Uber no se puede equiparar al de taxis, porque no presta un servicio abierto a toda la población, sino sólo a aquellos que se han inscrito en la plataforma como usuarios –mediante un teléfono inteligente y una tarjeta de crédito– y como choferes privados –mediante el registro de un vehículo y la aprobación de una serie de pruebas de confianza y capacidad.

En ese sentido, Uber es un sistema completamente regulado por disposiciones internas que opera con mayor calidad y rigor que los sistemas de regulación pública, al menos en el caso de México.

Las bondades de Uber se pueden enumerar fácilmente: es un servicio más seguro y de mejor calidad que un taxi, porque tanto el usuario como el chofer, saben en todo momento con quien están tratando y pueden reportar inmediatamente cualquier abuso o anomalía.

Este asunto no es menor en una ciudad donde los “taxis piratas”, ésos que circulan con logo y papeles falsos, se han transformado no sólo en fuente de abusos, sino de robos y hasta de asesinatos.

Otra ventaja es que en ningún momento se maneja efectivo y el sistema registra el recorrido, establece la tarifa y hace el cargo correspondiente en la tarjeta del usuario. No cabe, en consecuencia, la posibilidad de un abuso. Y si éste ocurre, por incompetencia o mala fe, el usuario puede quejarse y obtener la reparación correspondiente.

Los autos que se utilizan en Uber son nuevos o seminuevos y están en muy buenas condiciones. Pero lo más importante es que ingresarlos a la plataforma tiene un costo mínimo y es relativamente sencillo. De ahí que el sistema sea un fuerte generador de autoempleo y empleo con un requerimiento bajo de inversión.

De hecho, el sistema opera como se supone que deberían operar los taxis, ya que las placas para el servicio público deben ser otorgadas de manera gratuita a quien las solicite. Pero eso ocurre sólo en el mundo ideal, porque en la realidad son concesionadas discrecionalmente, generando un mercado negro –una placa de taxi puede cotizarse hasta 500 mil pesos o más.

Otra de la ventajas de Uber, dada su confiabilidad y eficiencia, es que contribuye a sacar coches de circulación. Muchos de sus usuarios son personas que utilizan su auto para transportarse de su domicilio a su trabajo y prefieren hacerlo con un vehículo que no es propio y que no es necesario estacionar en ninguna parte.

Hecho este resumen, la pregunta cae por su propio peso: ¿pero quién diablos se puede oponer a tan ubérrimo modelo? Y la respuesta cae, también, por su propio peso: los intereses corporativos, la burocracia y algún extraviado que los considera “taxis piratas”.

Más aún, las utilidades generadas a través de Uber sí pagan impuestos, a diferencia de lo que ocurre con los propietarios de los taxis regulares y piratas. Se trata, en suma, de un esquema eficiente frente a la sobrerregulación del modelo corporativo.

Así que Uber, que funciona a las mil maravillas, no debería ser tocado ni con el pétalo de una regulación, sino protegido, alentado y tomado como modelo para simplificar la regulación del servicio de taxis.

Sin embargo, el gobierno de Miguel Ángel Mancera ya ha anunciado que emitirá un reglamento de regulación. La cuestión está en si será una forma ligera y funcional o se estrangulará a Uber hasta hacerlo ineficiente y costoso.

¿Tendrá Mancera el temple y la inteligencia para ponerse del lado de los ciudadanos, la eficiencia y la innovación? Yo no lo creo, pero acepto apuestas.

Twitter: @sanchezsusarrey

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