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18/06/2018
Actualización 18/06/2018 - 7:56

Siempre se mete uno en problemas cuando hace cosas buenas que parecen malas. Pero se pone peor cuando uno hace cosas que piensa buenas para todos porque lo son para uno, sin decirle al resto lo que piensa hacer. Esto es lo que le sucedió a Alejandro Ramírez, director general de Cinépolis y presidente del Consejo Mexicano de Negocios, que tiene ascendencia e influencia sobre 29 por ciento del Producto Interno Bruto. Sus manejos sibilinos a favor de Ricardo Anaya en la lucha por la presidencia, sin consensuar con la mayoría de sus pares en ese grupo selecto, le estalló, como se pudo apreciar en la prensa política desde el jueves pasado, donde lo señalaron de manipulador de encuestas para favorecer a quien, no sólo de corazón, sino de convicción militante, está ayudando.

Ramírez ha estado engañando a muchos con un doble juego. La primera señal de que el exitoso empresario tenía una agenda oculta para la mayoría de sus pares, fue la publicación de un desplegado en varios periódicos de la Ciudad de México, el 3 de mayo, titulado 'Así No', en el cual respondía los calificativos de López Obrador contra cinco miembros del Consejo, a los que acusó de hacer campaña en su contra. El Consejo condenó las palabras de López Obrador y dijo que era preocupante que denostara a quienes no compartían sus ideas. Varios miembros del Consejo se enteraron del manifiesto cuando lo vieron publicado, porque nunca les pidieron su autorización para suscribirlo.

López Obrador no se amilanó. 'Para ser claro', añadió como réplica al desplegado, “no quieren dejar de robar y no quieren perder el privilegio de mandar. No es sólo hacer negocio, sino se sienten los dueños de México. Tienen confiscadas las instituciones, tienen secuestrado al gobierno”. La iniciativa de Ramírez agudizó el encono a niveles inéditos y provocó que 10 días después se reuniera Ramírez con Alfonso Romo, coordinador de estrategia de la campaña de López Obrador y enlace con los empresarios, para despresurizar el conflicto, que comenzó a desactivarse días antes, durante una comida del jefe de Cinépolis con Gerardo Esquivel, el asesor externo económico del candidato, con quien coincidió en los 90 en Harvard, cuando ambos estudiaban en aquella universidad.

Las garantías de que el Consejo no apostaba por ningún candidato y trabajaría con quien resultara electo presidente, siempre fueron mentiras de Ramírez, quien llevaba meses apoyando discretamente de Anaya. Amigo cercano del expresidente Felipe Calderón, luchó para evitar que Margarita Zavala dejara el PAN, y le pidió al presidente Enrique Peña Nieto que declinara su candidato José Antonio Meade a favor de Anaya. Cuando los líderes de la coalición anayista presentaron una queja en la Organización de Estados Americanos en marzo por el uso faccioso de la PGR en contra de él, Ramírez también viajó a Washington para cabildear en los tanques de pensamiento de esa capital contra el gobierno peñista por el manejo político de la justicia en detrimento de su candidato. El doble juego que mantuvo durante meses llegó a su fin la semana pasada.

La columna Bajo Reserva en El Universal reveló el jueves que Ramírez escondió a los miembros del Consejo una encuesta donde Anaya estaba en tercer lugar, para impulsar entre sus miembros de la Coparmex, donde aparecía en segundo lugar. La columna no dio mayores detalles, pero esa encuesta fue elaborada por la empresa de Gabriela de la Riva, a quien, desde el año pasado, le comisionó el Consejo estudios de preferencia electoral, para tomar mejores decisiones para sus apoyos y financiamientos. La primera encuesta fue en noviembre, donde López Obrador tenía 30 por ciento de preferencia de voto, seguido de Anaya con 24 por ciento y Meade con 20. La siguiente fue entregada el 18 de enero, donde López Obrador y Anaya mostraban un incremento de 2.o por ciento en las preferencias, mientras que Meade estaba estancado en 20.

La encuesta que ya no distribuyó Ramírez la entregó De la Riva el 5 de junio pasado, donde López Obrador aparecía con 44 por ciento de la preferencia electoral, mostrando una estabilidad desde abril, pero con cambios significativos en el segundo lugar. Anaya apareció en la encuesta a mil 516 personas –como todas las anteriores que había hecho– con 20 por ciento de preferencia electoral, que significó una caída de 4.0 por ciento con respecto a la anterior medición del 15 de mayo, mientras que Meade aparecía con 24 por ciento de preferencia electoral, que representó un incremento de cinco puntos porcentuales con respecto a los datos de un mes antes. De la misma manera, el número de indecisos se redujo a 8.0 por ciento, casi la mitad de lo registrado previamente.

La forma como empezó a trascender en los medios la molestia en el equipo de Meade por el ocultamiento de la encuesta de De la Riva, se entiende por la necesidad que tienen de posicionar al candidato oficial en el segundo lugar y que, de esta forma, se pueda construir, en estas dos últimas semanas cruciales de campaña, la opción del voto útil. La manipulación que hizo Ramírez al proporcionar a los miembros del Consejo otra encuesta, no la que habían revisado y utilizado por meses, no fue sólo por el resultado de una preferencia coyuntural por Anaya, o la lectura de que él iba en segundo lugar.

Ramírez está jugando política a espaldas de los miembros –o la mayoría de ellos– del Consejo Mexicano de Negocios a favor de Anaya. Hizo cosas buenas, para él, que no sólo parecen malas, sino terribles, al intentar desinformar a quienes jamás debía haber engañado: sus pares.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.