La (nueva) caída de Videgaray
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La (nueva) caída de Videgaray

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La (nueva) caída de Videgaray

07/03/2018
Actualización 07/03/2018 - 8:14

La política exterior es demasiada importante para dejársela a Luis Videgaray. El funcionario mexicano que más acceso ha tenido a la Casa Blanca en la historia, está siendo arrollado por el desmoronamiento, en cámara lenta, del entorno más íntimo del presidente Donald Trump, encabezado por su yerno Jared Kushner, con quien el secretario de Relaciones Exteriores había desarrollado un vínculo tan estrecho que hubo ocasiones, cuando visitaba la mansión presidencial, que lo metió sin protocolo de por medio a ver a su suegro en la Oficina Oval. Atado a Kushner desde agosto de 2016, Videgaray tuvo un renacimiento cuando Trump ganó la presidencia, y de la mano del yerno se metió, literalmente, hasta la cocina. No fue todo caminar sobre algodones. Su gran problema fue siempre Trump, con su torpeza y soberbia, que como hoy día no le importa atropellar a quién tanto ha hecho por su presidencia. Para él, Videgaray luce más que desechable.

La primera gran caída de Videgaray se dio en el verano de 2016, cuando en plena campaña presidencial arregló con Kushner y su esposa, Ivanka Trump, la hija del entonces candidato republicano, un viaje relámpago a la Ciudad de México para hablar con el presidente Enrique Peña Nieto. Fue una debacle política y de opinión pública, donde los decrecientes positivos del mandatario cayeron todavía ocho puntos más, no disminuyó la antipatía de Trump por todo lo que oliera a mexicano, y provocó la renuncia de Videgaray como secretario de Hacienda. Al ganar Trump, Peña Nieto volvió a recurrir a él para enviarlo a un viaje secreto a Nueva York, a mediados de noviembre, para hablar una vez más con Kushner y allanar el camino para una relación bilateral institucional.

En enero de 2017, triunfante, una vez que desplazó a Claudia Ruiz Massieu como canciller, quien se había opuesto al viaje de Trump, Videgaray se reunión en la Casa Blanca con Kushner y el equipo del presidente entrante, para organizar una visita de Peña Nieto. Fue un desastre ese encuentro, por la actitud de Trump y su entonces consejero Stephen Bannon. Uno de los presentes diría tiempo después que nunca se había sentido tan agredido y humillado como ese día infame en la Casa Blanca. Empero, Videgaray y Kushner colocaron sobre ruedas la relación bilateral, aceitada por el mexicano durante sus frecuentes visitas a Washington, donde gozaba de un inédito acceso a la Oficina Oval.

Nada era gratis. En septiembre del año pasado se publicó en este espacio la columna 'El amigo de Videgaray', donde se apuntó: “Eso de andar de ‘queda bien’ con el presidente de Estados Unidos, le debían haber dicho al diplomático bisoño Luis Videgaray, nunca ha sido una buena idea. Con el gobierno de Estados Unidos hay que seguir la máxima atribuida a John Foster Dulles, secretario de Estado en la administración de Dwight D. Eisenhower: ‘Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses’”. Plegar la política exterior mexicana a la agenda de Donald Trump sólo ha recibido desprecio como pago.

Desde que llegó Videgaray cambió la orientación de la política exterior con Venezuela y tomó partido por la oposición al presidente Nicolás Maduro. Fue el primer país que acató el llamado del vicepresidente Mike Pence para endurecer su relación con el régimen de Kim Jong-un y declaró persona non grata al embajador de Corea del Norte, sin razón alguna. Rompió también una larga posición en el conflicto israelí-palestino y cuando Trump anunció que cambiaría su embajada a Jerusalén, violando resoluciones de Naciones Unidas, México se abstuvo de censurar a ese gobierno y rechazar la medida, como sistemáticamente había hecho en el pasado y como el mundo se unió contra el presidente estadounidense. En aquél texto de septiembre, se llamó a Videgaray “el canciller más pronorteamericano que se recuerde en mucho tiempo”.

Videgaray ha torcido los principios de la política exterior, no por un pragmatismo como se hizo durante mucho tiempo, interpretando la Doctrina Estrada, con su principio de no intervención, de una manera que siempre cuidara los intereses mexicanos, sino para servir a la agenda de Trump y Kushner, quien es el encargado directo de llevar la relación con México e Israel. Con él preparó recientemente un nuevo encuentro de Peña Nieto con Trump, y cuando regresó de su último viaje a Washington con esa propuesta, dentro del gabinete cuestionaron la iniciativa del canciller y persuadieron al presidente de evaluar si era o no conveniente seguir con la invitación. Se acordó, como se publicó aquí, 'congelar la visita' porque estaban convencidos que cualquier acuerdo con Trump para no volver a exigir a México que pagara por el muro, sería roto. Luego, The Washington Post publicó que los presidentes habían discutido ríspidamente por el muro en una conversación telefónica, por lo que la reunión se había postergado.

Demasiado amor con Kushner, cuyo poder está severamente mermado como consecuencia de la lucha dentro de la Casa Blanca con el jefe de Gabinete, John Kelly. Una de las razones del declive fue que varios funcionarios extranjeros –como Videgaray–, habían querido tomar ventaja de la ingenuidad e inexperiencia del yerno del presidente para avanzar sus agendas. Videgaray lo negó y probablemente dijo la verdad. Esta semana Trump retomó las hostilidades contra México en materia comercial, inmigración y de seguridad, lo que obligó a Videgaray a responderle. Trump lo ignoró. Es lo mismo que ha sucedido en todo este tiempo, donde el canciller vivió de ilusiones, aspiraciones y de poner la política exterior mexicana a su servicio, y sin justa retribución.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.