Y cómo el tiburón se comió al INE
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Y cómo el tiburón se comió al INE

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Y cómo el tiburón se comió al INE

16/02/2018
Actualización 15/02/2018 - 22:08

En 2009, el expresidente Miguel de la Madrid confesó al periódico The New York Times que las elecciones presidenciales de 1988 habían sido manipuladas para que el PRI ganara, y de qué manera, tres años después de la elección, en colaboración con el PAN, todas las boletas fueron quemadas para evitar la evidencia del fraude. Más tarde, los hijos del expresidente explicaron que su padre estaba agotado y senil, aconsejaron que sus declaraciones fueran tomadas con prudencia.

El descontento era tan grande que en su toma de posesión, Salinas de Gortari ofreció que, para dar legitimidad a los comicios, se prestarían orejas a la petición de que el gobierno ya no realizara más ese ejercicio y este fuera entregado a la ciudadanía. ¿Cómo, serían los ciudadanos capaces de organizar esta complejísima acción que involucra a millones de personas capacitándose y levantando cientos de miles de casillas, para luego tener representantes en todas ellas y vigilar que el voto fuera respetado? Manuel Barttlet, como secretario de Gobernación y operador de lo que se llamó “la caída del sistema cibernético”, lo consideraba imposible, eso de las elecciones es asunto del gobierno, punto. No obstante la resistencia y la ilegitimidad de Carlos Salinas, se realizaron reformas a la Constitución que derivaron en la creación del IFE. Al momento de su fundación, el Consejo General estuvo compuesto por un presidente, que era el secretario de Gobernación, seis personalidades sin filiación partidista como consejeros magistrados; dos diputados y dos senadores representantes de los partidos más numerosos y un número variable de representantes partidistas de acuerdo con los resultados de la última elección. Así comenzó la transformación.

Más tarde, en 1994, otra reforma instituyó la figura de consejeros ciudadanos, y para 1996 el Consejo General quedó constituido por nueve miembros con un consejero presidente y ocho consejeros electorales.

En suma, una larga lista de reformas y adecuaciones nos han dado como resultado actual un INE con una estructura burocrática, abigarrada y endulzada con presupuestos inimaginables, que llevaron a la actual dirigencia a querer edificar cuatro torres en un terreno de dos hectáreas con jardines versallescos, gimnasio, museo y amenidades como suelen venderse ahora en los grandes desarrollos habitacionales (ludoteca, cine, piscinas, etc.).

El caso es que recientemente, y como curiosa búsqueda de “blindar” los comicios del próximo julio, Lorenzo Córdova firmó un convenio con la cadena Facebook “para promover la participación ciudadana”. Este documento, contrariamente al espíritu de transparencia de un organismo ciudadano (sic), inicialmente era secreto. Ante las inevitables filtraciones, terminaron declarando que se pretendía atajar las noticias falsas por medio de la difusión de información. En esto, Facebook no se compromete a nada, vamos, ni siquiera a mencionar los comunicados del INE en su plataforma, y a cambio de ello la cadena trasnacional tendría hasta oficina en las instalaciones del INE, que comenzó a exaltar las bondades de ese acuerdo. Léase la siguiente declaración: “El día de ayer hemos suscrito, por cierto es la primera vez que ocurre esto a nivel global, un convenio de colaboración con Facebook, la red social más importante del mundo”. Más tarde otro comunicado señaló: “Facebook tiene la intención de hacer que algunos de sus productos de participación ciudadana estén disponibles para sus usuarios en México”. Como se ve, la compañía extranjera no contrae ningún compromiso por mínimo que sea. De hecho, el INE trabajará para proporcionarle material a cambio de nada. Eso no impide que cualquiera que quiera difunda las noticias equívocas, infundadas o falsas que se le ocurran. ¿Para qué sirve la supuesta intervención de la red Facebook?

Una institución que nació debido al hartazgo de que las elecciones fueran un mero trámite de las decisiones cupulares y que se convirtieran en verdaderas decisiones de la ciudadanía, ahora presenta fisuras por doquier, incluyendo la parte más valiosa, que es ofrecer la credibilidad imprescindible para tener finalmente autoridades legítimas. Ante la superficialidad o la ingenuidad, el tiburón se comió al INE.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.