Un nuevo candidato llamado José Meade
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Un nuevo candidato llamado José Meade

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Un nuevo candidato llamado José Meade

11/05/2018
Actualización 11/05/2018 - 12:12

Ya tenía preparadas mis notas, las fechas y las anécdotas de lo que viví en París durante mayo de 1968, cuando se desató un movimiento estudiantil que rebasó las estrechas fronteras de los lineamientos sociales y culturales de entonces; creó nuevos paradigmas hasta alcanzar a todo occidente. La entrega tendrá que esperar dado que, en sólo cinco días de verlo y oírlo, descubrí a un candidato presidencial llamado José Meade.

No lo conozco personalmente, nunca he estrechado su mano ni le he visto los ojos. No obstante, por lo que escribiré, no faltará en estos tiempos de extrema vulnerabilidad para la razón quien pueda pensar que soy uno de sus panegíricos. No hay tal. Lo tuve en la pantalla de Televisa rodeado de distinguidos analistas: Denise Maerker, Carlos Loret, Joaquín López-Dóriga, Leo Zuckermann, Raymundo Riva Palacio, Leopoldo Gómez y René Delgado. Le llovieron las preguntas, las que todos nos hacemos. Primero sobre su persona, después sobre su incomodísima situación de representar a un partido desprestigiado y, por supuesto, sobre sus ideas, programas y propuestas. Desde que fue nominado, dudé sobre su atractivo y liderazgo, lo creí anodino y como candidato me daba la impresión de estar deslavado y con una desventaja tremenda: tan sólo cuatro meses como aspirante formal, en tanto que hay otros que tienen un par de años en spots y otro hasta tres lustros de estar buscando obstinadamente la presidencia. Lo creía dispuesto al sacrificio. Pero, ¡oh sorpresa! Lo encontré con una agilidad mental fuera de lo común, conocedor de datos y fórmulas que fue conectando como si estuviera amparado por un acelerador lineal de partículas. Relacionó a la inseguridad con un sinnúmero de carencias regionales y nacionales con otras provenientes de nuestros deformados intereses auspiciados por fallas de gobierno, que vienen de una concepción rapaz de lo que es el Estado. Saltó sobre barreras que pudieran parecer insalvables sobre la falta de educación de calidad, pésimo manejo de la empresa petrolera y la instrumentación de reformas, lo mismo energéticas que fiscales. Ofreció ejemplos de cuando fue secretario de Desarrollo Social o de Hacienda. Exhibió experiencia. No se arredró ante acusaciones sobre corrupción o de ineptitud en el manejo de presupuestos nacionales. A todo respondió en forma clara, a veces contundentemente y en otras con humor. En algunos de los entrevistadores noté el mismo asombro que yo tuve. Incluso López-Dóriga le preguntó por qué antes no había mostrado ese empuje y determinación.

Dos días más tarde el escenario se repitió ahora en Milenio televisión, con Azucena Uresti, Jesús Silva-Herzog, Juan Pablo Becerra, Héctor Aguilar y Carlos Puig, comandados por el incisivo Carlos Marín.

El formato equivalía a una reunión cerrada, casi íntima, sin mesa y con la cercanía que permitió al candidato tocarle repetidamente el hombro a Carlos Puig. La emisión fue más acalorada, movida y rápida, en la que a veces daba la impresión que ante el cúmulo de preguntas, José Meade estaba acorralado por ministerios públicos o agentes interrogadores. Abordó el valor de las encuestas, la honestidad del presidente, la disminución de la inseguridad, la desconfianza en los partidos políticos. Serios o con sonrisas, todos nos enteramos del conocimiento maestro que tiene el candidato sobre las políticas públicas: agua, mercado, valores, impuestos, desarrollo industrial, petróleo, energías renovables, estrategias sobre armas, drogas, líneas sanitarias, gestiones administrativas regionales, funcionalidad de los distintos órganos de gobierno y un largo etcétera.

En las dos emisiones televisivas, el candidato mostró determinación en la defensa de lo que consideró digno de ser salvaguardado y lo que es decisivo, en la oferta de propuestas claras y realistas que necesitamos en todos los órdenes.

Horas después, ese candidato participaba exitosamente en dos foros: uno por la Paz y la Justicia, en el que propuso un código penal único, en donde el castigo al delito dependerá del grado de criminalidad y no del lugar territorial donde ocurra; y el otro, por la educación. Ahí vi y escuché su propuesta de que el pago en las universidades privadas sea deducible de impuestos. En suma, a cuatro meses de iniciada su campaña, descubro a un nuevo candidato que no sé si tenga tiempo para que el grueso de la población lo conozca y aquilate.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.