¿Qué nos enseñó el segundo debate presidencial?
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¿Qué nos enseñó el segundo debate presidencial?

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¿Qué nos enseñó el segundo debate presidencial?

25/05/2018
Actualización 25/05/2018 - 11:42

En la época de elecciones en el mundo democrático se organizan debates. Yo mismo organicé uno en abril de 2005 para el Canal 34 de TV, entre tres candidatos que aspiraban al gobierno del Estado de México. Ellos fueron Yeidckol Polevnsky, por el PRD; Rubén Mendoza Ayala, del PAN, y Enrique Peña Nieto, del PRI. Lo hicimos sin pedir permiso a ninguna autoridad electoral, en el estadio de basquetbol del ITAM Edomex, con la participación de más de 300 estudiantes y profesores entre los que pudieron preguntar, sin mediar ningún filtro, 14 de los ahí presentes. El tiempo destinado fue de tres horas sin ninguna interrupción y nunca se les puso un reloj para que cada uno tuviera un tiempo semejante. “El que tenía más saliva, tragó más pinole”. Los tres salieron satisfechos con esa modalidad.

El que se hizo el domingo pasado en Tijuana fue particularmente rígido. Lo vieron, aunque fuera un minuto, 12.6 millones de personas, y la CNN hasta pudo contabilizar el número, que no la calidad, de las palabras usadas por cada uno. Meade utilizó tres mil 655; Anaya, tres mil 249; El Bronco, tres mil 110; Yuriria Sierra, dos mil 606; AMLO, dos mil 434, y León Krauze, dos mil 304. Cómo referente, Cervantes en El Quijote empleó más de 28 mil diferentes palabras.

La idea del debate, por consenso, anida en el corazón de la democracia, aunque bien sabemos que consensos y unanimidades son signos preocupantes porque ocultan la verdad de los desacuerdos. La democracia se fundamenta en un supuesto generoso: todos los hombres son iguales. Honra nuestra humanidad y nuestro proyecto de sociedad pensar que lo son. Esto significa que la voz del sabio valdrá exactamente lo mismo que la voz del analfabeta. Pero si sabemos que por cada erudito hay en promedio tres mil desvalidos, ¿acaso esto equivale a que siempre ganarán los ignorantes?

La democracia republicana trata de resolver el asunto de la injusticia formal, la que hacía que los pocos pudieran imponer su voluntad y prejuicios a los muchos. En su lugar, la mayoría podrá decidir lo que quiere cambiando a la oligarquía por el despotismo de masa. En 1835, en La democracia en América (*), Tocqueville adelanta que en las elecciones todo concurre para dar la impresión de que el interés de la mayoría está en juego, “las facciones multiplican su ardor y todas las pasiones artificiales se agitan sin que las verdaderas necesidades puedan ser valoradas”. En la segunda edición, en 1836, el autor indica: “Al instituir el principio de igualdad, se libera la avidez. Se trata de deseos mucho más que teorías o de creencias; se multiplican las ambiciones en lugar de las ideas. Esto pone en peligro la libertad, pues se dan a conocer satisfacciones vulgares, superficiales y de esto depende el mantenimiento de la democracia o su regresión al despotismo, ahora por un solo individuo”.

Esto es precisamente lo que nos mostró el segundo debate presidencial: un trato superficial a problemas de gran calado como son la migración o el comercio internacional. Dada su experiencia como canciller, Meade pudo ir un paso más allá, pero Anaya batalló para encontrar tornillos y pernos de una maquinaria compleja y decisiva para el bienestar general. López Obrador se refugió en que abatir la corrupción será el remedio. Anaya, con datos, buscó ejemplificar que las inversiones dependen del clima interno, pero eso no lo es todo, la mundialización está en cada camisa que compramos o en cualquier trabajo que desarrollamos.

En esto llamado democracia en que hemos avanzado considerablemente en los últimos treinta años, aunque muchos no lo sepan o quieran ignorarlo, se da el fenómeno que Tocqueville llegó a apuntar, pero jamás pensó lo que haría la tecnología. Él documentó que la masa es moldeable por la palabra del líder aunque se valga de verdades a medias, a la ausencia de verdad o francamente en falacias que la masa espera llegar a tener como ilusiones o necesidades por satisfacer.

Los argumentos, las estadísticas y las constancias de que la política exterior es fundamental para lograr el desarrollo complementario y salvaguardar nuestros intereses allá tras las fronteras, sólo fueron medianamente tocados por Anaya y Meade. El candidato AMLO estuvo ausente y fue evasivo; ¿lo hizo por desdén, ignorancia o cansancio?

* La edición de La Democracia en el FCE fue en 1957.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.