“Prohibido prohibir”
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“Prohibido prohibir”

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“Prohibido prohibir”

05/10/2018
Actualización 05/10/2018 - 14:46

De allá, de la revuelta estudiantil francesa, la frase que encabeza esta entrega atravesó el Atlántico y se incrustó en los corazones de numerosos jóvenes mexicanos. Nacida en mayo del 68, aquí transfigurada en los discursos de los principales miembros del Comité de Huelga, se convirtió en la bandera del pliego petitorio que se hizo llegar a las autoridades.

Querían lo natural y decisivo, ser escuchados. La demanda mayor se centró en la destitución del jefe de la policía. Así de acotada era la petición.

En realidad y comparada con la actualidad, las peticiones se basaron en lo que hoy tenemos como permanente punta de lanza: libertad de expresión y respeto a los derechos humanos. Ahí estaba y sigue siendo el punto central.

Allá en Europa, los estudiantes querían un cambio que no sólo afectaba los planes de estudio, expresaban su descontento con el gobierno al punto de exigir la dimisión del prefecto de policía y del ministro del Interior. Aspiraban a cambiar el modelo de producción con todas las consecuencias que esto significa: alterar la forma de vida de toda la nación hasta sintetizarlas en una frase: Seamos realistas, exijamos lo imposible.

Las demandas del movimiento estudiantil mexicano eran mucho más modestas, pero se atravesó un fenómeno que terminó en una masacre: teníamos un gobierno sin contrapesos que dominaba el Poder Legislativo, el Judicial, los gobiernos estatales y, salvo un par de excepciones, controlaba y sometía los medios de difusión. No había resistencia a lo que el Ejecutivo quisiera y la oposición era sumamente débil. De este modo, una insignificante revuelta estudiantil creció como una válvula de escape de una sociedad sometida y desgastada, en la que los diferentes actores políticos formaban un gigantesco coro de adulación al presidente en turno. Solamente a manera de ejemplo, citaré algunos destellos de esa sinfonía que distorsionaba la realidad. Ante los ominosos sucesos y principalmente el del 2 de octubre, los medios difusores hablaron de una simple escaramuza entre estudiantes y la policía, que al verse rebasada tuvo que ser reforzada por el Ejército. Hoy todos sabemos lo verdaderamente ocurrido.

Víctor Manzanilla Schaffer, diputado priista, exsenador y más tarde gobernador de Yucatán, se hizo entrevistar el 4 de octubre para decir sin asomo de duda: “El régimen no podía ni debía permanecer indiferente o hacerse sordo al clamor popular de que se mantuviera el orden político. De tal suerte que las medidas tomadas por el Ejecutivo federal (Gustavo Díaz Ordaz) se justifican plenamente, ya que ante la subversión no procede la tolerancia, sino la energía firme; prefiero ver las tanquetas mexicanas y no a las extranjeras”.

El 9 de septiembre de 1969, el diputado priista Porfirio Muñoz Ledo, con la representación del Comité Ejecutivo Nacional de ese partido expresó: “Diálogo y testimonio, instante e historia, el Quinto Informe de Gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz ha empezado a cumplir su tarea en la conciencia pública… pocas veces como ahora se había visto un gobernante tan claramente decidido a señalar sobre las circunstancias del tiempo e incluso sobreponer su propia obra a las alternativas reales de la nación mexicana”.

Ante las críticas de la prensa y de organismos internacionales que daban cuenta de lo ocurrido en Tlatelolco, el 20 de noviembre de 1969, don Porfirio Muñoz Ledo les reviró con estas palabras: “Hoy, en pocos países como el nuestro, los jóvenes encuentran mejores posibilidades de identificación y de servicio dentro de la sociedad. En muy pocos podría escucharse la promesa que formuló hace casi dos lustros el actual jefe de nuestra nación, cuando afirmó que a sus contemporáneos correspondía ser el macizo puente por el que habrían de pasar las nuevas generaciones para hacerse cargo de sus responsabilidades con la patria”.

Articulistas, entrevistadores, expertos y analistas de toda suerte, dijeron según sus credos e informaciones, que el país se había salvado de una conjura comunista o de intereses extranjeros bastardos. Durante un par de años se repitió incesantemente que “Díaz Ordaz no permitió ninguna presión que mediatizara la soberanía de la nación…”.

Y todo esto ocurrió porque en el país un partido político tenía hegemonía absoluta y reinaba sin oposición sólida y sin contrapesos. Lo ya repetido, la calamidad de ser el país de un solo hombre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.