Lo que diga mi dedito
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Lo que diga mi dedito

29/06/2018

Le dio por mostrarse besucón, sobre todo con las mujeres jóvenes como Belinda y Margarita, La Diosa de la Cumbia, y su recorrido por la pasarela para llegar al atril con micrófonos, fue el mismo que hacen los rockstar. Cadencioso, sonriente, arrogante, sinuoso. Una vez llegado, ahí ya lo esperaban las páginas de un discurso elaborado por diversas manos. De facto vimos una mutación del candidato. Leyó párrafos bien elaborados destinados a aminorar excesos y tratar de conciliar los muchos disparates que arrojó en su campaña. Desde el principio vimos que él sólo pondría los chispazos y, como siempre, las frases que buscan el bronce del anecdotario: “Juárez y Cristo Jesús; nadie será espiado; venderé aviones y helicópteros, se acabarán los gastos de la alta burocracia…”.

La esencia de la política es el poder y desde la antigüedad el precio, por alto que sea, hay que pagarlo. Incluso renegando de lo antes dicho y hecho. El espectáculo que era motivo de censura, el miércoles fue el marco generoso para mostrar que el triunfo ya está asegurado. En verdad os digo que el poder es a los políticos lo que la luz del sol es a la plantas. Lo que hacen los políticos con el poder varía como un abanico, pero la aspiración y, en este caso, la ambición, es el rasgo sustantivo que tienen en común. De ahí que buena parte de lo leído buscara apaciguar los temores de su posible gestión. Ni dictadura ni expropiaciones ni venganzas contra los rapaces empresarios. Tampoco aceptar que el país sea piñata de un gobierno extranjero. Reforzaremos valores porque sólo siendo buenos y amorosos alcanzaremos la felicidad. En su inmenso nicho en el cielo, San Agustín debió haber sonreído.

Sigan el camino que elijan para llegar a gobernar su país, su estado o su ciudad, los políticos que ganan elecciones rápidamente descubren que la realidad los supera y sus herramientas son superadas. Las promesas nunca alcanzan a cuajar porque ellos, para alcanzar votos, siempre se exceden en lo que prometen y el brillo de la victoria se extingue al paso de los días para dar lugar a la frustración de ellos, pero sobre todo de la población.

El sello del posible triunfador fue enjuiciar al gobierno por sus actos de corrupción, de ahí la censura a la reforma energética, a las inmerecidas pensiones a los cuatro expresidentes sobrevivientes, al aeropuerto internacional, así como a todo tipo de contratos y dispendios en el obrar de la administración. Pero nunca se habló de una corrupción mayor, que es la de ocupar puestos para los que no se está preparado. Procurarse o aceptar una plaza de la que no se sabe nada es, en esencia, una evidente corruptela. La curva de aprendizaje, los errores y los resultados nulos o retorcidos que se entreguen, equivalen a dispendios e ineficacias tan graves como apropiarse sumas del erario. De hecho ese tipo de corrupción se extendió tanto que hizo que la administración dejara de ser funcional, y con ello arrastrara las innovaciones y las reformas a un pasmo inmerecido. Hace casi un siglo, Max Weber indicó que quien se dedica a la política no puede evitar que en su lucha por alcanzar el poder, se dé intrínsecamente el gusto de disfrutar el sentimiento de superioridad y prestigio que los puestos confieren. En las últimas semanas lo vimos con el candidato de Morena. Ya fuera en los mítines, en las entrevistas a la prensa y en los debates, sus respuestas ambiguas, escurridizas y simplonas, no eran las de un ciudadano que aspira a superar con propuestas claras y precisas los muchos y complejos problemas que el país enfrenta. Querer a México obliga a conocer y profundizar en el gigantesco inventario de asuntos mortificantes para el grueso de la ciudadanía. Amar el terruño conlleva prepararse, ahondar en el conocimiento de personas, por diversas que sean, en franjas de problemas y, ante todo ello, armarse de conocimientos y alejarse de muletillas de lenguaje y de visiones superficiales.

¿Puede una fecha, un momento cambiar la historia?* Jawahrlal Nehru, el primer jefe de gobierno de la India, llamaba a estas situaciones citas con el destino. Y no cabe duda que las campanadas de medianoche que anunciaron la llegada del 15 de agosto de 1947, no sólo marcaron el inicio de la libertad política para India y Pakistán. Pusieron en marcha la oleada de descolonización que transformó el orden mundial.

¿Qué podemos esperar de institutos y universidades que no harán exámenes de admisión a quienes desean ingresar a realizar una carrera; dónde dejar las inversiones que en materia energética han comprometido 160 mil millones de dólares en los próximos años; cuál es la estrategia de seguridad y qué papel tiene en eso el perdón a los criminales?

Lo que hoy está en juego es saber si podremos a la vez realizar la modernización de la sociedad y mantener su cohesión, responder a las necesidades de los desposeídos como a las de justicia.

Los aviones no vuelan porque los hombres hayan aprendido a liberarse de la ley de gravedad, sino porque hemos aprendido a calcularla.

¿Esto y más lo sabrá el líder o seremos guiados de acuerdo con lo que diga su dedito?

*El fin del poder. Moisés Naim

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.