Las lecciones de Margarita
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Las lecciones de Margarita

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Las lecciones de Margarita

18/05/2018
Actualización 18/05/2018 - 12:23

Ella partió de algo que todos veíamos. El triunfo era imposible. Y resultaba casi inexplicable porque a fines del año pasado disputaba, con éxito, la posibilidad de ganar la presidencia. Ocurrió que Anaya modificó el procedimiento interno del PAN para designar candidato y erigirse él mismo como abanderado. Ella no tuvo más remedio que renunciar a su partido y buscar recorrer el camino, inventado por el INE, que no lleva a ninguna parte.

Tratar de obtener donaciones económicas privadas y contar con solamente 23 spots diarios cuando sus rivales tienen millones de esos promocionales, le hicieron ver que de continuar con ese modo se quedaría sin seguidores, quizá se quedaría con una docena de simpatizantes. Abandonar la contienda fue lo correcto, pero fue más allá de ello y quiso brindar algunas lecciones.

La primera consistió en establecer que se retira por un principio político. Estaba en la contienda porque no le gustaba ninguno de los tres principales aspirantes, en consecuencia, no apoyará a nadie pues los tres han formado lo que llamó paquetes electorales. Es decir, los tres recogen lo que pueden, incluso lo opuesto que dicen sustentar. Sirvan tan sólo como ejemplo de los miles de casos los siguientes: debido a su desprestigio, el PRI se vale de un candidato al que hace llamar 'ciudadano', que no está en su lista de militantes; el PAN se alía con su contrario natural, el PRD, debido al éxito electoral pero no programático que tuvo el año pasado en siete gubernaturas. Morena acepta a dos expresidentes del PAN, Manuel Espino y Germán Martínez, así como a todo tipo de causas (como la de la CNTE) e individuos patibularios y de muy dudosa reputación.

Segunda lección, la diferencia de género. A lo inequitativo del sinuoso camino trazado por el INE, se añade nuestro conocido machismo que data de territorios lejanos y tiempo inmemorial: bien lo entendió la emperatriz Irene cuando le dijeron que el carolingio (Carlomagno) no la respetaba. “¿Por qué?” -preguntó ella-. “Porque usted es mujer” -le respondieron-. “¿Sólo por eso?” -volvió a preguntar-, y resolvió el problema emitiendo un decreto que decía: “A partir de hoy, la emperatriz Irene es un hombre”.

Tercera lección, hemos perdido los ejes ideológicos. Ya no existen diferencias entre partidos ni entre candidatos. Todos defienden lo indefendible y se refugian en propuestas numéricas: más pensiones, aumento de presupuestos para lo que sea, transportes gratuitos, gasolinas baratas, salarios multiplicados, obras grandiosas, cielos azules y libres de contaminación. Los referentes ideológicos totalmente ausentes, por no decir inexistentes.

Cuarta lección, la falta de valores éticos. Esto último es despreciado por todos los políticos, están reñidos con la ética a la que consideran despreciable. Ella, Margarita, la expone como la plataforma sustantiva en la crítica que hace al actual estado de cosas y de manera subrayada al sistema electoral, en el que todo se vale para llegar a tener votos. El pragmatismo por encima de la razón y de los valores. El poder como suprema recompensa. La obtención del botín en un marco que se dice democrático y donde cualquier trapacería es justificable. Las instituciones reducidas a fierros retorcidos y a engaños constantes; todos los candidatos haciéndole creer al pueblo que aquello que desea o necesita, es posible. Una y otra vez se ofrecen cifras y promesas de nuevas leyes que procurarán satisfacciones inmediatas. El político sabe que no será factible y lo peor es que quien escucha también lo sabe. Así, de escalón en escalón, descendemos en lo que somos, caminamos de manera inercial hacia una acariciada vacuidad saturada por la estridencia de porras, gritos, papel picado, cachuchas y camisetas con logos y artificios diseñados por publicistas mediocres. La gente se deja convencer por la incoherencia y la irresponsabilidad; está dominada por el placer de escuchar banalidades y promesas inalcanzables. Mientras más aduladores y mentirosos, los demagogos son más aceptados. Orestes decía que no temía al juicio de los dioses sino al de una asamblea popular. La ética que debiera ser luz y barrera de contención ha desaparecido en todos los partidos, en todos los candidatos. Finalmente, Margarita acudió desde el principio de su despedida a los valores: libertad, coherencia, calidad, lealtad, entrega.

Todo aquello que hoy desconocemos como auténtica sociedad decadente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.