Putin y Trump
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Putin y Trump

23/03/2018
Actualización 23/03/2018 - 14:29

Los asesores de Seguridad Nacional enfatizaron en su briefing al presidente Donald Trump no felicitar a Vladimir Putin por su triunfo electoral del domingo pasado, pues las prácticas electorales rusas dejan mucho que desear. También le recomendaron tocar los puntos en contención con Moscú, como las sanciones contra Rusia por entrometerse en la elección presidencial estadounidense de 2016.

Resultado: Trump felicitó a Putin y sólo abordó los temas en que no son contenciosos como Corea del Norte y Ucrania.

¿A qué se debe que Trump, contra viento y marea, insiste en ser inusualmente cortés con Putin?

Mi propia explicación es que el presidente de Estados Unidos admira a los tiranos. Aspira a ser como ellos. Ha reconocido al presidente chino, Xi Jinping, por haber abolido todos los obstáculos para entronizase en el poder. Tuiteó en octubre, “acabo de hablar con Xi Jinping para felicitarlo por su elevación extraordinaria”. También ha expresado su buena disposición hacia Rodrigo Duterte, el presidente de Filipinas, quien abiertamente realiza una limpieza de drogadictos y narcotraficantes. En una llamada en abril del año pasado felicitó a Duterte por su manejo del problema de drogas.

Trump es un egomaniaco que aborrece la división de poderes que diseñó el constituyente de Estados Unidos. Aspira a gobernar como tirano sin cortapisas del Congreso, de las cortes y la prensa.

Más aún, debe parecerle increíble cómo Putin ha logrado utilizar su posición de poder para encumbrar a sus amigos y utilizar la fuerza del Estado para crear una nueva clase de empresarios estatales que hace parecer a Miguel Alemán y sus secuaces en los años 40 como una pandilla de chicos traviesos.

Pero hay otra explicación más peligrosa. John Brennan, quien fue director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés) de 2013 a 2017, considera que los rusos podrían tener “algo personal sobre él”.

Entre otras especulaciones se ha dicho que podría ser posible que en alguno de sus viajes a Moscú como empresario de bienes raíces haya tenido algún encuentro sexual y éste fue gravado.

Es de sobra conocido el apetito sexual de Trump por andanzas extramaritales. Esta misma semana una exmodelo de Playboy, Karen McDougal, y la ya ampliamente conocida estrella porno, Stormy Daniels, han hecho primeras planas por sus acusaciones contra los abogados de Trump quienes les han pagado por mantener silencio sobre sus aventuras sexuales con el presidente.

Si a este apetito por el sexo pagado de Trump le sumamos la principal profesión de Putin, ser espía, no hay que ser especialmente quimérico para especular que Putin tiene capturado a Trump.

Esta es, a mi juicio, la amenaza más grave a la Seguridad Nacional de Estados Unidos y al orden neoliberal de la posguerra. Trump, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, tiene una alta probabilidad de ser vulnerable a los chantajes del maestro espía y líder más poderoso, rudo e intrusivo del siglo XXI.

La elección del domingo pasado demostró que Rusia está a los pies de Putin. Lleva 18 años como el hombre fuerte y su ocaso aún no se vislumbra. Hubo una participación electoral de 67 por ciento y Putin obtuvo 76.7 por ciento. Además, cerró 2017 con una aprobación de más de 80 por ciento según la encuesta del centro Levada.

Los rusos están contentos porque Putin es un líder extraordinariamente asertivo en una región donde no gusta la incertidumbre y porque tiene un objetivo claro: devolverle grandeza al eximperio. Para lograr ese fin se vale todo: calumnia, chantaje, corrupción y asesinatos.

La semana pasada Londres se quedó sólo en su condena hacia Rusia. En territorio inglés, aparentemente Rusia cobró una cuenta pendiente con un ciudadano ruso, un exespía que acabó trabajando para el servicio de inteligencia británico, M16. El espía y su hija fueron internados de emergencia en un hospital por haber estado expuesto a un gas nervioso que sólo se fabrica en Rusia.

Ante la protesta británica, Putin cínicamente señaló, lo que no perdono es la deslealtad, “cualquier persona sensata entendería que [la acusación] es una tontería, es impensable que hiciéramos algo así”.

El bravucón de Trump parece un cordero ante Putin. No hay en Estados Unidos ni el mundo occidental un líder que pueda enfrentar a Putin. Y éste aprovecha en grande el caos y desconcierto que él mismo está fomentando en Occidente para que el imperio ruso sea, una vez más, una fuerza temible en el globo.

Con enormes debilidades personales y en su manejo del poder, Trump simplemente no está a la altura de Putin. Es una presa fácil para el lobo que gobierna Rusia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.