Primer aniversario del buleador
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Opinión

Primer aniversario del buleador

19/01/2018
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Donald Trump
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Mañana sábado 20 de enero Donald Trump cumplirá su primer aniversario en la Casa Blanca. Un año en la montaña rusa. Escándalos, groserías y amenazas. Energía desbordante de un Ejecutivo que requiere estar al centro del show y tuitear a horas prohibidas ataques y descalificaciones.

Un año que nos permite percatarnos que detesta el diseño constitucional de pesos y contrapesos. No le es suficiente que su partido tenga mayorías en ambas cámaras legislativas y que la Suprema Corte ya tenga una mayoría conservadora, a raíz de la confirmación, en abril pasado, del juez Neil Gorsuch.

Trump aspira a ser un tirano. Los admira. A Vladimir Putin, de Rusia y a Rodrigo Duterte, de Filipinas. Aquí radica su mayor amenaza. Un evento catastrófico como un ataque terrorista en suelo estadounidense de grandes dimensiones o un conflicto nuclear con Corea del Norte o una seria escalada con Irán, podrían otorgarle una situación de excepción para gobernar como aspira, sin ataduras.

La mayoría de analistas en Estados Unidos siguen pensado que las sólidas instituciones –el Congreso, las cortes y la procuración de justicia–, así como los “perros guardianes de la democracia” –los medios de comunicación– impedirán su entronización.

Me cuento entre los pesimistas. La manera en que mentes privilegiadas y liberales de Estados Unidos se alinearon con la respuesta militarista y tramposa de George W. Bush a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, me hace pensar que, ante una seria eventualidad, Trump recibirá la misma carta blanca. Más aún, Estados Unidos no se escapa de la ola de nacionalismos populistas que recorre el mundo. El lema de campaña de Trump –Hagamos a América grande otra vez– es destilado de nacionalismo.

Hemos observado una acusada insistencia a no tomar en cuenta la tradición y alejarse lo más posible de la refinada y siempre cerebral conducta personal de su predecesor, Barack Obama. Mientras Obama representaba el posracismo y un respeto manifiesto por la igualdad de género, Trump es racista declarado y misógino.

De una compleja personalidad narcisista destaca su perene disposición a bulear a todo aquel que se cruce en su camino; más aún, a no dejar pasar cualquier provocación o crítica y contestar, como dice Melania su esposa, “diez veces más fuerte”. Esta es una disposición de vida que aprendió de su maestro, un abogado genial y tenebroso, Roy Cohn, quien ayudó al senador come comunistas, Joseph McCarthy, a llevar a inocentes a la silla eléctrica. Cohn le inculcó al joven de los bienes raíces que la mejor defensa es el ataque desproporcionado.

Trump tiene escasos principios e ideología. Es menos conservador que su base y esencialmente es un oportunista. Sin embargo, tiene ideas fijas, como el nacionalismo económico. En una entrevista con la revista Playboy en 1990, el joven empresario contestó a la pregunta qué harías en tu primer día en la presidencia, “implementaría impuestos para cada Mercedes-Benz que llegue al país y a todos los productos japoneses”. Es decir, su animosidad ante el libre comercio con México es fija.

En relación con México ha ladrado más que mordido. Pero como me explica mi amigo y coautor, Jorge Domínguez, profesor de la Universidad de Harvard, Trump está mermando seriamente la relación con México a través de tres elementos. El primero es el celo con que está nombrando jueces conservadores por todo el sistema de cortes; esto es especialmente dañino para nuestros migrantes. Lo segundo es el zafarrancho que está causando en las regulaciones, regresando a un capitalismo salvaje. Finalmente, como Ejecutivo tiene la discrecionalidad de retirar a su país de tratados internacionales.

La salida de Estados Unidos del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) trastocó seriamente lo que sería el más preciado logro comercial de México después de la negociación del TLCAN. Y la salida del acuerdo de cambio climático de París está disminuyendo drásticamente las posibilidades de heredar a nuestros hijos y nietos un planeta sostenible.

No hay mal que dure cien años. Trump se irá en algún momento en los próximos siete años. Sin embargo, quien lo suceda, republicano o demócrata, no volverá a retomar el liderazgo de Estados Unidos sobre el orden liberal que predominó en el mundo occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Trump llegó a la presidencia porque hay un profundo malestar en las clases medias y bajas, entre la población rural y los que no tienen una educación universitaria. El optimismo americano cimentado en la seguridad de que la siguiente generación viviría mejor que la anterior, se ha disipado. En su primer año de gobierno, gracias a sus más sonados triunfos –la quita impositiva y desbaratar la ley de salud de Obama– agravará la polarización política y social.

En conclusión, el pueblo estadounidense, más enojado y polarizado por los excesos de Trump, será una barrera infranqueable para que su sucesor retome el liderazgo benévolo de Estados Unidos durante los últimos 70 años y que le valieron al mundo una paz duradera.

Twitter: @RafaelFdeC

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.