Por qué perdimos Acapulco
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Por qué perdimos Acapulco

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Opinión

Por qué perdimos Acapulco

09/02/2018
Actualización 09/02/2018 - 11:21

Para mi generación, baby boomers chilangos, Acapulco tiene un apego sentimental enorme. Era nuestro lugar preferido de vacaciones, desmadre y ligue. Me dio suerte. En la costera conocí a mi esposa con la que llevo más de tres décadas casado y enamorado.

“La bahía es la más bonita del mundo, lo han dicho poetas y cantantes, escritores, compositores y los artistas más famosos del planeta. En Acapulco se arrullan los corazones”, escribe Guadalupe Loaeza y Pável Granados en Acuérdate de Acapulco. “Por todas estas razones Agustín Lara eligió al puerto para cantarle su amor a su idolatrada María Félix, mientras ella, con sus manitas, las estrellitas enjuagaba en las playas de Acapulco”.

Sigo vacacionando en el puerto. Bueno, en la zona diamante. Y siempre cavilo, incluso desde que conduzco por la carretera del Sol, ¿dónde y por qué perdimos Acapulco? ¿Dónde quedó ese puerto paradisiaco frecuentado por el jet set internacional?

Acapulco es hoy una de las ciudades más peligrosas del mundo. En los últimos tres años ha tenido el dudoso privilegio de ser la ciudad con más homicidios en México. De acuerdo con semáforo delictivo, la tasa de homicidios dolosos en Acapulco y Zihuatanejo es de 100 por cada 100 mil, cinco veces más que el promedio nacional. Por otra parte, Guerrero es el segundo estado con más tasas de homicidios dolosos después de Colima. La tasa para Guerrero es de 58.6 por cada 100 mil habitantes.

Un trabajo histórico de Marcel Anduiza, aún en preparación como tesis doctoral para la Universidad de Chicago, presenta una hipótesis central de por qué se perdió Acapulco: a través de toda su larga historia ha sido una economía monotemática, sin diversificación alguna. Por cuatro siglos, desde su descubrimiento en los 1520 hasta los 1920, basó su desarrollo en una economía de puerto. De la década de los 1940 al presente, está basada en una sola industria: el turismo.

Como economía de puerto, su comercio entre los siglos XVI al XVIII estuvo basada en el comercio con Filipinas. En el siglo XIX, especialmente en su segunda mitad, Acapulco floreció gracias a la fiebre del oro en California.

Anduiza me explica que entre 1848 y 1868, antes de la construcción del Ferrocarril Transcontinental que terminó por unir ambas costas en Estados Unidos, era más fácil viajar de Nueva York a San Francisco en barcos de vapor que por tierra. La Pacific Steamship Company llegó a hacer la travesía de Nueva York a San Francisco, a raíz de la apertura del Canal de Panamá en 1914, en dos semanas. Atravesar Estados Unidos de noreste al suroeste por tierra llevaba un mes de intensos peligros.

Un Acapulco que oscilaba entre tres mil y siete mil habitantes, llegaba a recibir hasta cuatro mil viajeros en un mismo día en ruta para California. Nunca hubo ferrocarril que conectara al puerto con la Ciudad de México. La tupida sierra de Guerrero siempre disuadió a los ingenieros. De manera que hasta los 1920 Acapulco estaba más conectado con California que con los mercados de la capital mexicana.

En 1927 se terminó la primera carretera que conecta a la Ciudad de México con el puerto. Esta conexión fue la puntilla para acabar con todo vestigio de una economía de puerto y dar paso al turismo.

En el sexenio de Miguel Alemán (1946-1952) inician los grandes proyectos para lo que pronto sería un gran destino turístico mundial. La Revolución Cubana, paradójicamente, dio un gran auge a Acapulco. Al arrancar la década de los 1960 el jet set estadounidense y de otras latitudes pierde su paraíso tropical del caribe. Acapulco se convierte en el gran destino del Pacífico, junto con Los Ángeles y Hawái.

El auge lo convertiría en un polo de atracción migratoria. La montaña y la costa chica de Guerrero eran zonas netamente expulsoras. En pocos años, de los 60 a los 80, se convierte en una ciudad sobrepoblada y desordenada. Y al igual que otras ciudades de crecimiento explosivo como Tijuana, Ciudad Juárez y más recientemente Playa del Carmen, Acapulco se vuelve ingobernable, violenta y con acusados contrastes sociales aún para estándares mexicanos.

Ya para los 1990, cuando se construye la carretera del Sol, Acapulco había dejado de ser viable económicamente. De los 90 a la fecha, el puerto es la ciudad mediana del país con menor crecimiento poblacional, sólo 0.9 por ciento. Su economía basada en construcción, comercio minorista y un turismo ramplón –hoteles y restaurantes— están a la base del atasco. En 2013, por ejemplo, es la ciudad del país con la productividad más baja. También se lleva las palmas con el PIB per capital más bajo nacional.

Fue valiente la llamada del secretario de Turismo, Enrique de la Madrid, al pedir que se legalice el uso de la mariguana en los destinos turísticos. Según el inteligente trabajo de Anduiza, sin embargo, la respuesta a la viabilidad de Acapulco está en cambiar el modelo de desarrollo económico. Es hora ya en que los tres niveles de gobierno y las élites locales se pongan de acuerdo para lograr una economía más diversificada.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.